sábado 17 de octubre de 2009

!Si me los tocás... te mato!


Un cuento de JC Sánchez D.

La Gota e’ Grasa es un boliche superviviente a la posmodernidad y al turismo que puede ser encontrado con cierta dificultad en la Avda. Mitre al nosecuántos del pueblo de Mina Clavero, en la Córdoba de Traslasierra frente al Hotel Rossetti. Alguna vez tiempo atrás Don Abdón Zazú, uno de entre tantos pioneros árabes que fueron llegando al valle instalando sus comercios, adquiriendo los terrenos céntricos y los campos fértiles, abrió un almacén de ramos generales del cual se abastecía gran parte de los pobladores de la zona. Recuerdo haber ido muchas veces al almacén durante mi niñez acompañando a papá y a mamá o a alguno de mis tíos: Justo Pastor, José María o Juan, en sulky o a caballo a hacer la provista que incluía desde harina y caramelos hasta alambre y alguna caronilla para reemplazar la gastada del Morocho, el gran caballo moro que solía montar en mis aventuras serranas.
Cuando se murió Don Abdón los muchachos abandonaron el negocio. El pueblo comenzó a llenarse de supermercados y de ferreterías especializando el comercio y la casa permaneció cerrada durante años, acumulando tierra y olvidando historias. Por eso quiero contar esta, para que no se pierda como se perdieron tantas otras que formaron parte de la tradición de los típicos poblados serranos.
Uno de los hijos de Don Abdón, tomando parte de su herencia a cuenta, amontonó en un estrecho espacio del viejo local del almacén, una parrilla, una heladera carnicera, un mostradorcito de madera, algunas mesas y sillas rejuntadas y una cuchilla carnicera de amedrentadoras proporciones y filo efectivo y se la rebuscó con “La Gota e’ Grasa”, churrasquería al paso.
El sistema de marketing de la empresa gastronómica fue y es simple: tirar el humo del asado para afuera, para la calle, para que entren los tentados; logrado, invitar al cliente a que elija el pedazo de carne que será asado para su consumo y hacer todo ello sin apuro. Sobre todo esto último que no es cuestión, por el simple hecho de transformarse en empresario, de perder la identidad.
Al boliche el nombre le vino de rebote y simplemente porque el dueño olvidó comprar un trapo rejilla y detergente cuando abrió y todo, absolutamente todo: mesas, sillas, piso y mostrador, estaban llenos de las gotas de grasa que chorrearon de las tiras de asado del primer día y que, por supuesto, al iniciarse la actividad al día siguiente sobrevivían firmes en su sitio natal. Un poeta y bohemio telúrico se sentó sobre algunas de ellas manchando el vaquero y medio enojado, medio socarrón, protestó: “¡Che...! ¡...Esto no es un comedor... es una gota e’ grasa...! Y de allí quedó el nombre. Alguna vez quisieron cambiarlo pero no hubo forma. Cuando algo se entraña en el pueblo, no sale ni con purga.
Una noche de veranito anticipado y de moscas haraganas allá por Octubre lo invité al Bachi Arias, el pintor, poeta, periodista, ensayista, crítico y activista —pero sin apuro tampoco— de cualquier cosa que mereciese ser cambiada por razones políticas o filosóficas o simplemente por aburrimiento, a tomar unos vinos y a comer una tira de asado a La Gota e’ Grasa. El Bachi es un fenómeno de la inventiva racional y del equilibrado y sano dislate místico. Estar con él es uno de los pocos placeres de los cuales no puedo ni quiero privarme cuando estoy en el valle. Acepta la vida tal como la vive, con filosofía desde una perspectiva cristiana sin por ello abandonar su genialidad profética, condición que le es tan propia como las arrugas del rostro o el gusto por el tinto en damajuana. Las primeras, las arrugas, una herencia genética y el segundo una apropiación personal: una ontológica incorporación vitivinícola.
Desde sus múltiples programas radiales —Bachi fue el pionero de la actividad radiofónica por FM en la zona fundando La Radio del Aire Libre a la que inundó de humo de cigarrillos apenas inaugurada—, compartió con la audiencia frases y pensamientos célebres de su inventiva, de los cuales recuerdo vívida-mente dos: “Es imposible matar a quien ha elegido vivir eternamente...” dijo una mañana refiriéndose al concepto de eternidad que tiene muy claro por su formación religiosa y “...Cuando Dios creó la luz, yo ya debía dos facturas...” resignado ante el corte de energía en la planta transmisora que por falta de pago le hizo la Cooperativa Eléctrica en medio de un programa, sacándolo del aire.
Así que siempre que puedo paso a buscarlo para compartir algo, especialmente ideas y algunos recuerdos, si con vino, mejor.
Esa noche de veranito anticipado de Octubre y de moscas noctámbulas y bobas el Bachi me contó esta historia.
José María y Teresa se habían casado hacía más de doce años. Lentamente construyeron su propia historia familiar. Pusieron un negocito en su casa y progresaron sin apuro. Vinieron los chicos: cuatro. Primero dos, que ya eran grandes al momento de la historia que les cuento y los pequeños, algo tardíos. Después de una buena temporada turística, de esas que parece que no volverán, compraron un autito chalchalero —por lo fiero y cantor de puro ruidoso— con el cual viajaban a la Capital a buscar mercadería y paseaban por las sierras los fines de semana.
Cristianos por educación y convicción, no faltaban a Misa ningún Domingo ni a las Fiestas Patronales de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro ni olvidaban rezar el Rosario diario en familia. La familia toda estaba arregladita con el Señor y el futuro pintaba tranquilo. No para tirar manteca al techo, pero sí para tenerla en la mesa untadas en las tostadas, en los desayunos con mate cocido para los grandes y leche para los chicos.
Fue un mediodía de Enero, un Domingo, cuando ocurrió todo. Concurrieron a Misa de diez y enseguida cargaron un asadito en el autito para comerlo en familia junto al río.
A la salida del pueblo hacia el sur como quien rumbea para Nono o el Dique La Viña se había construido una costanera insensata. Era una de esas obras para las elecciones, mal señalizada y con una bajada de ripio inseguro que terminaba en una curva cerrada que enlazaba con el camino costero al río.
A metros del curvón en bajada y hacia el norte hay un sauce grande, uno de los pocos árboles viejos respetados por las inundaciones. Allí estacionaron el auto, descargaron las vituallas, pusieron a la sombra la heladera portátil a hielo con las bebidas y José María y los mayores fueron a buscar leña para el fuego. Teresa y los chiquitos bajaron la barranca hacia el extenso arenal que bordea el Río de los Sauces, de aguas transparentes y cálidas que hace las delicias de los turistas. El paraje estaba casi solitario, con algunos veraneantes por aquí y por allá que no les quitarían privacidad. Al menos, no habría mucha bulla. El sol picaba como nunca ese verano fuerte y después de un corto paseo por las aguas Teresa y los chiquitos volvieron, buscando el amparo del sauce.
José María y los dos muchachos encendieron el fuego y cortaron finitas rodajas de salame colonia para la picada. Los chiquitos, algo al costado, buscando sombra entre los raigones del sauce, jugaban con unos palitos a tirarse tiros imaginando revólveres de policías y armas láser de la Guerra de las Galaxias. Teresa, viciosa del mate, bajó hasta el río en procura de agua para llena la pava. Desde allí, horrorizada y mientras un grito estrangulado le atenaceaba la garganta, pudo ver todo.
La vieja y destartalada camioneta venía por la bajada que daba al río, velozmente y patinando sobre el ripio. En un instante que a ella le pareció una eternidad, su conductor perdió el control y se desplazó haciendo un medio trompo, hacia el auto estacionado. Con un estruendo aterrador impactó contra un costado del pequeño vehículo casi levantándolo por el aire. En ese instante, la escena desapareció de la mirada de Teresa y un estallido de colores deslumbrantes ocupó su campo visual, mientras sentía que el mundo se terminaba.
— ¿Dónde están ellos?— Pensó en José María y los chicos, mientras luchaba por recuperarse, lográndolo a medias.
Tropezando y temblorosa subió el bordo y se acercó al lugar donde habían preparando el picnic. Fue recién en ese momento y al ver lo que jamás hubiese querido ver en su vida, que el grito logró salir de su garganta y el llanto explotó junto a un dolor grande, muy grande, tan grande que creyó no poder soportarlo.
Su esposo y los dos mayores estaban ensangrentados y quietos, semi aplastados por los dos vehículos y los chiquitos, tirados junto al sauce, también sangrando, respiraban muy suavemente y sin abrir los ojos.
Lo que siguió fue casi un sueño. Rechupadazos, con borrachera de la noche anterior, espantados y a los gritos, el conductor y los pasajeros de la camioneta trataron de sacar los cuerpos de entre los restos y algunos turistas se arrimaron presurosos, listos para ayudar. La policía y la ambulancia de la CLEMIC, la cooperativa de electricidad, llegaron enseguida avisados por un paseante que tenía teléfono celular. Su familia fue trasladada de inmediato al hospital y Teresa, después de los calmantes de rutina, supo que había quedado viuda, que los dos mayores habían muerto y que los chiquitos tenían alguna muy leve esperanza de recuperación.
Soportó el velorio y el entierro como corresponde a una mujer de valor aunque sin escatimar lágrimas y rezos y, cumplidas las formalidades, se instaló a cuidar los chiquitos o, al menos, a hacerles compañía desde los sillones del pasillo de acceso a la terapia intensiva.
El parte del médico fue dudoso tirando a desesperante. Estaban en coma y delicados, tenían fuertes golpes internos y no evidenciaban signos de recuperación. El tiempo jugaba a favor, dijo, pero había que esperar. Que estaban haciendo todo lo posible pero que en definitiva, quedaban en manos de Dios. La frase la golpeó duro. “En manos de Dios...”
Teresa, como en un sueño, salió caminando del hospital con rumbo a la Parroquia. Caminó las ocho o nueve cuadras cordobesas que la separaban del templo y entró en silencio, sin saludar al Cura Manuel Pereira que la miró desde el portal entre asombrado y preocupado.
Por el centro de la moderna nave caminó hacia el altar lateral en el que se encuentra el Sagrario que contiene las formas consagradas. Se puso en presencia del Dios vivo al cual amaba desde lo más profundo de su corazón y más que a cualquier cosa de este mundo y sin una lágrima, sin enojo ni violencia, con una voz calma pero con una seguridad escalofriante, oró.
— Lo de José María, pase... Es de ley que los mayores nos muramos primero. Lo de los pibes grandes, también. Ya está hecho... Pero... a estos dos... ¡Si me los tocás, te mato! —dijo— ¡...Te mato...! —y dándose vuelta, regresó al Hospital.
En La Gota de Grasa, sentado frente a mí, el Bachi hizo silencio, indicando así que el relato había terminado pero que aún faltaba algo, su reflexión personal. Tomó un largo trago de tinto con soda hasta terminar el vaso, lo depositó sobre la mesa suavemente y me miró.
— Los chicos se salvaron— dijo, masticando las palabras y yo escribo exactamente las que él uso, porque quedaron grabadas imborrablemente en mi memoria—. Empezaron a recuperarse enseguida; de un día para el otro. Dicen que fue un milagro...— y agregó— ...yo, personalmente, te digo, creo que Él... Él se cagó.
Levanté mi copa, terminé mi vino de un trago, serví nuevos vasos. Brindé en silencio por un Dios de inexplicables comportamientos que no quería morir en ningún corazón. Estuvimos en silencio mirando la nada hasta levantarnos para ir a dormir.

De "Bajo la Piel" - Cuentos

domingo 20 de septiembre de 2009

José Frydryk, Sacerdote de Jesucristo

Misionero de La Salette y responsable de la Renovación Carismática Católica de la Arquidiócesis de Santa Fe, partió a la Casa del Padre el Día de Todos los Santos. Todo un signo. Y hay más… Mucho más.
Los protagonistas de este cuento que les cuento son muchos, José, Vicente, Karol y los otros.


Por Juan Carlos Sánchez Dodorico
(Nota en reedición en la Fiesta de Ntra Sra. de La Salette)

No escribiré la historia larga y fecunda en Santa Fe de José Frydryk, que otros se ocupen de esos menesteres necesarios. Este chaqueño nacido en el monte de Pampa del Infierno y nunca del todo resignado a ser un inmigrante, merece de mi parte y respetando la profunda amistad que nos une, simplemente un testimonio existencial.

Digo amistad que nos une en presente pues creo en la comunión de los santos -lo somos por el bautismo los vivos y lo son quienes merecieron compartir el pan y el vino nuevo en la mesa que sirve Jesús- y en que pese al abismo que separa a la Iglesia militante de la triunfante y de los condenados, si los hay, existen sutiles formas de comunicación que no ofenden la sana doctrina. Ya les contaré y verán.
En presente, repito, tal como dediqué mi libro “El Abbá, la Morada y el Acacio” a mi maestro, compadre y amigo, Fray Vicente Grases Millet, OP que “me espera en la Morada del Abbá” (cito el libro) y a quien le escribí desde la portada esto: “…Y con un abrazo grandote y lleno de nostalgia, en el recuerdo y en la alegre y vivacamaradería de la Iglesia, a mi compadre y amigo el Padre Vicente, a cuyos pies estuve como discípulo y que no tuvo tiempo de escribir el prólogo al cual se había comprometido, porque partió de apuro rumbo a la Casa del Padre. ¡Después charlaremos de esto, Vicente… Después charlaremos!”
Vicente y José y por lo que sospecho ahora también Karol, estaban unidos por la hermandad del sacerdocio, por la amistad y por mí en ese libro. Pues también la introducción donde cito a Vicente, lo hago con José. Transcribo:
“Al P. José Frydryk, Misionero de La Salette, mi amigo, pastor y herrero, dueño de una personalidad áspera, fuerte y dura que esconde un tesoro de Caridad que se empeña infructuosamente en ocultar.”

Y por allá arriba escribí “y por lo que sospecho ahora también Karol”. Sigan leyendo la nota y entenderán. Les anticipo solamente que a mi me pareció muy natural y coherente el episodio que les relataré acá mismo.

Mezclo personajes. Acaso esté repitiendo eso que dijo de mí César Actis Brú, DP con su espléndida pluma en el prólogo de libro: “Finalmente no puedo –tal vez tampoco quiero- eludir una mirada a la transparencia del alma del autor quien, rayano en la auto – referencia obsesiva, se nos muestra sin pudor con desnudez franciscana retomando el camino de regreso, mostrando como Ulises (u Odiseo) su fuerza y su cansancio, su vigor y su alegría, pero solamente reconocible por sus heridas devenidas ahora en cicatrices.”
Amontono a todos los que amo y que me aman, vicio de autocomplacencia y confirmación en la fe que, también sin pudor, expongo desde mi espiritualidad caminante y en permanente conversión con placer. Esto, que parece un folleto propagandístico de un libro que no fue presentado nunca en Santa Fe, mi ciudad natal y sí en Mina Clavero por otro gran muerto, el Padre Manuel Ignacio Pereyra, y que también jamás será puesto a disposición de mis comprovincianos al menos en su versión original pues se agotaron las ediciones, viene a cuento porque sin José Frydryk entre tantos, no habría existido.


Somos amigos sin concesiones José y yo.
Él me pide algo ahora que no revelaré. Yo le pido que me contenga en la alegría de la Eucaristía que tantas veces celebramos en comunidad y en la cual nunca comí. Hoy Domingo por la noche que escribo estas líneas que terminaré no se cuándo, es el primero en que comulgué, previa confesión porque algo había, en el gigantesco templo edificado por el Padre Paprosky en Santa Fe, otro sacerdote polaco como José y Karol. Para mí un signo. Presidió la celebración Fernando, párroco en La Banda, Santiago del Estero a quien conocí y compartí pan y vino en la casa parroquial de La Salette y en la mía, en familia, como debe ser entre cristianos. Volveré sobre este Domingo y esta Misa.
Retomo el relato: somos amigos sin concesiones José y yo.

Siempre fue obsesivo en el respeto por la libertad en la esclavitud del amor.
Cuando resolvimos dejar de compartir andanzas (de las buenas) y mesas de familia nos comprometimos al secreto pero nunca dejamos de estar unidos y en contacto. Ni siquiera ahora lo abandonamos. Mi hija Cristina, la mayor, me contó algo que después les cuento y que tiene que ver con esto.
José, como todo polaco y chaqueño montaraz, áspero y rudo, jamás calló. No le importaba lo que pensaran los demás de la verdad que él exponía. Yo, por más que lo intente, nunca lograré ser como él, soy más político, diplomático como se dice. En eso radicó la necesidad de no seguir compincheando por un tiempo, ahora retomamos el vicio ya libres de ataduras mundanas.
José exige algo, estoy dispuesto a complacerlo. A cambio, viejo amigo, ocúpate para que la morada que me toque habitar cuando nos reencontremos tenga una buena conexión de banda ancha de Internet que aún me quedan muchas cosas por hacer.


Este Domingo XXXI del tiempo ordinario fui luego de seis años de nuevo a Misa a La Salette. Como dije antes, presidió Fernando. ¡Cómo creció espiritualmente ese muchacho! Lo conocí de cachorro y ya es un cura maduro que dará que hablar.
El primer lagrimón lo sequé con un dedo, disimulando. Fue al comienzo no más, viendo la sede vacía del amigo. Los siguientes vinieron en seguida, cuando pedimos perdón cantando y me acordé de José que me dijo que era ese el momento en el cual debía dejar de lado las culpas por el pecado porque el Señor me recibía en su casa perdonándome. Con el dorso de la mano bastó para el disimulo. Pero cuando canté el Santo batiendo palmas con alegría como lo hice tantas veces en La Salette, sede de la Renovación Carismática Católica de la ciudad sede de la Arquidiócesis, ni con las mangas de la camisa alcanzó y me despreocupé del tema. Total, ¡tantos lloraban…!
No lloraba al amigo muerto, lloraba por el reencuentro. Era consolación, era oración.
Porque José me enseñó a orar, con alegría, con entusiasmo, con todo el cuerpo, a cada momento, dialogando con un amigo, Jesús, que no exige protocolos para charlar con otro amigo.
Pasamos largas horas en silencio ante el Sagrario, otras caminando en el patio entre las plantas. De Mamerto Menapace aprendí -y adquirí la costumbre- de saludar a nuestra Mamá María apenas levantado y camino a la cocina para preparar el mate. Frente a la imagen de la Inmaculada que nos regaló el Padre Vicente simplemente saludo con una frase cortita: “Que hoy no me meta en lo que no me llames ni me niegue cuando me necesites, amén.” Al santazo de Alberto Hurtado, SJ le robé otra. Cuando llego a la redacción del diario y antes de sentarme ante la computadora, frente a un crucifijo grande tallado en madera misionera digo: “Contento Señor, contento…” y arranco en la vida.
De José lo que aprendí fue a charlotear con mi Abbá en todo momento, lo repito, con alegría, contento, sin molestar con pedinguñerías comunes sino dándole gracias, alabándolo y felicitándolo por lo bueno de sus creaciones: la planta, el viento, el sol, la familia, la vida. Me da paz. (Probalo, vale la pena, te ayuda a entender la vida, a quererla, a cuidarla. Le da sentido, no acaba con la flor que envejece y cae sino que permanece incansable en el pimpollo.)


Desordenadamente retomo la comunión de los santos. Mi abuela Filomena Novello, nacida en Santa María la Longa, casada con mi abuelo Antonio Dodorico y migrada a la Argentina ambos jóvenes y con los primeros hijos a cuestas en el barco, según contaba mamá y mis tías, despertó una noche y avisó a mi abuelo que había muerto una hermana suya. Dos meses después llegó la carta anunciando el fallecimiento ocurrido a la misma hora en que mi abuela se enteró. Decía que la hermana la visitó. Yo creí.
Hace veinte años sentí la urgencia de viajar con mis padres a Córdoba para visitar a la hermana de papá María Ignacia, religiosa Esclava del Corazón de Jesús. Armé viaje para el día siguiente y salimos los tres para allá. Para satisfacción espiritual de mi padre dolor aparte, llegamos a tiempo para acompañar a mi tía en su partida a la Casa del Padre. ¿Casualidad?
Cuando murió mi padre, luego de acomodar el velorio, consolar a mamá y avisar a algunos amigos fui a casa a llorar tranqui. Lo estaba haciendo a ciencia y conciencia y de pronto sentí la voz de mi padre que me decía “¿Por qué lloras? ¿No ves que estoy bien?” Levanté la vista y él estaba en el parque trasero de la casa, sonriéndome, más joven o al menos sin las canas de bigote y cabello. Le pregunté a José y a Vicente si era posible eso o mi imaginación había funcionado, ambos me respondieron que nada es imposible para Dios. Lo que más me llamó la atención fue la gran consolación que sentí, como si mi padre y alguien más me abrazaran dándome mucho amor.
Días después viajé a Mina Clavero. Bajé de la camioneta y saludé como si nada a tía Elma, viuda de un hermano de papá. Lo hice ex profeso despreocupadamente pues quería darle la noticia de la muerte del cuñado más querido con prudencia por sus años. La vieja me miró y dijo simplemente “El Ignacio no está más…” y me invitó a rezar un Rosario por él. Ya lo sabía… ¿Me explico?
Más de una década después murió mamá, casi sorpresivamente. De rama pasé a ser tronco sin estar preparado para serlo, tronco de la familia, el último. Cremamos a mamá y la llevé a casa en una especie de urna - sopera de plata. Cada vez que paso frente a sus cenizas alabo al Señor. Josefina López, Carmelita Misionera que ayudó a morir a Vicente, alguna vez con alegría me dijo que ese era un regalo que me hacía mamá, que alabara a Tata Dios en su memoria. Será…

Confieso que a tres años y medio aún no terminé de elaborar el duelo y que hay momentos de profunda angustia.
En tres oportunidades de dolor más profundo, una de ellas en Navidad y otra en mi cumpleaños, me sorprendió el olor a quemado que había en la casa. No lo reconocí como papel quemado o cubiertas de algún piquete cercano. Era madera y me preocupé por los pisos de pinotea antigua, las bibliotecas y los muebles. Recorrí toda la casa y ningún indicio había de incendio pero el olor me perseguía hasta que lo reconocí: Olor a fuego de hogar pero el hogar estaba apagado, nunca se encendió. Era más fuerte en la habitación donde están depositadas las cenizas de mamá, y entendí. Y nuevamente la consolación.
Como si eso no bastara, luego de dos años largos de no abrir el ropero donde se conservan las ropas y algunas pocas pertenencias de ella y en otra situación depresiva, hice de tripas corazón y abrí el mueble. Me invadió el olor del perfume de mamá. Pregunté si alguien más lo percibía con respuesta negativa. Curiosamente era el del llamado Mary Stuart que mamá usó durante años hasta cambiarlo por otro más suave y fresco seis o siete años antes de morir.
Revolví todo buscando el frasco olvidado y no lo encontré. Cuando al día siguiente volví a abrir el famoso ropero el perfume no se percibía. Entendí y pude sonreír al fin ante los recuerdos de mi madre.


Vuelvo a José, que esta larga recopilación de recuerdos me lleva a él.
Cuando murió tía Elma a quien cuidé dentro de mis posibilidades viajando dos veces al mes a Mina Clavero durante su enfermedad, yo recién había regresado de una de esas visitas. Me llamaron por teléfono para que concurriera al velorio, que lo demorarían hasta que llegara. Les respondí que hicieran todo como debía ser porque no viajaría. Me perdí un velorio de aquellos, con asado, bebidas fuertes, mate y vecinos. La Cooperativa Eléctrica de Mina cuida a sus asociados.
Ese mismo día charlando con José lamenté no haber concurrido y él me respondió con una de sus frases habituales: “Hiciste lo que podías en vida, los muertos son de Dios” y descorchó una botella de tinto de la que nunca tomaba un trago pero que compraba para mi homenaje.
Siempre pensé lo mismo y no soy de veloriar. No voy o al menos lo evito todo lo posible.
Cuando José enfermó para morir visité el sanatorio sin poder verlo, visitas prohibidas primero y mucha gente después. El “Gallego” Manuel López, compañero de estudios del La Salle pasó a avisarme de su muerte una hora después del deceso, levanté la nota en este diario y decidí dos cosas: Que no iría al velorio y que pese a la morriña que me invadiría irremediablemente, debía mantener la alegría que a José habría de agradar.
Pero no cumplí lo primero. Impulsado por una fuerza interior poderosa fui a la parroquia y me quedé largo rato frente al cadáver que esbozaba una leve sonrisa. Aún no discerní del todo el hecho ni tampoco el haber concurrido a Misa este Domingo a La Salette pero se que José quiso que volviera a sentir toda la alegría que emana de la celebración eucarística de esa comunidad invadida por el fuego del Espíritu. Era su modo de consolarme y de decirme algo. Una enseñanza nueva desde la comunión de los santos.
Pero…
No desensille que se nos quedó la overa… o si quiere no cambie la cebadura que llegan visitas…

Nuestra hija mayor, Cristina María Victoria, quiso más que los otros hijos a José y él la prefería, me aconsejaba sobre ella y hasta la vigilanteaba en sus andanzas pre adolescentes en la Plaza Pueyrredón con sus amigas.
No me sorprendí y hasta sonreí cuando Cristina, mi esposa, me contó lo que a ella le contó a su vez nuestra hija: “Me contó ‘la Gata’-así la llamamos desde nena por sus hermosos ojos- que la madrugada del día en que murió José tuvo un sueño. Soñó con él, que le hacían una despedida porque iba a visitar al Papa… ¿Sabés que Papa era? –Cristina, la grande, estaba por contarme algo que intuí, que ya sabía- ¡Juan Pablo II…!
Jajajajaja. Perdonen la carcajada. Karol apareció al fin de la nota. ¿Entendieron ahora?

Dos curas polacos están de chamuyo en la mesa que sirve Jesús. Seguro que se les arrimará tarde o temprano un catalán, Vicente, de buen paladar para el tinto.
Por primera vez en su vida José beberá vino fuera de la Misa, es que ahora, esa Caridad que lo quemaba por dentro, se le hizo visible. Al fin. (Te envidio, José, ya charlaremos…)


Todo esto se los cuento para que crean, son libres de hacerlo o no, es mi segundo testimonio para la comunidad de La Salette. Yo, por mi parte, no pienso desperdiciar mi vida a causa del racionalismo ni de la incredulidad.

Hay demasiado amor y belleza y consuelo en todo lo creado como para ignorarlo y perdérselo.

http://www.diario7.com.ar/
05 Nov 07
Republico esta nota adhiriendo memorioso de esta manera a la Fiesta de Ntra. Sra. de La Salette.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Ernesto Day - Ni burro tuerto ni mula esbelta

No te lo pierdas... Enciende los parlantes y disfruta.
Video de una reunión de amigos en El Pacara (San Luis, Salta Capital) y un chamamé imperdible.
Ver y escuchar...

Link directo a YouTube

Publicado en http://juancastarcreaciones.blogspot.com/

jueves 3 de septiembre de 2009

Carta a un preso (de colega a colega) – A Eduardo Ramos


¿Cómo crees que se ven los muertos? Aburridos. No te veo aburrido.
(Te debía esta carta, amigo Eduardo “el Curro” Ramos desde el día del amigo pero la Gripe “A” o como se llame o la del chancho rengo postergó el festejo así que aquí va.)

Por Juan Carlos Sánchez Dodorico

Veo que no te aburres. No estás muerto. No lo está quien pelea.
Si callaras lo estarías, ¿recuerdas que lo dijo un alto magistrado judicial? Cuando Ramos calle, morirá...
¿Cómo haces para no aburrirte allí adentro, en Las Flores? Al menos en Bomberos, donde pasaste tus primeros tres años y chirolas de preso político eras útil, cocinabas, limpiabas, incluso una noche de incendios y accidentes quedaste a cargo del cuartel ¡Y NO TE FUGASTE... BOLUDO...! Por no hacerlo terminaste en Las Flores junto a asesinos, violadores, choros de cuarta, vos, todo un represor, un genocida. Merecías una cárcel de estilo, no esa pocilga con cocina de rancho whichi y raciones de Capitanich.
Allí te mandaron abogados de ocasión que años antes, en tiempos de inundación, se desgranaban en alabanzas por los favores que les hacías. ¿Carlitos Renna por ejemplo? Un miembro del Honorable Tribunal oral que no tuvo las pelotas ni de renunciar como su colega Martín Gutiérrez ante las presiones del gobierno ni de sostenerme la mirada el día que firmé la caución por tu libertad ordenada por el tribunal superior. Un tipo que vive del presupuesto desde que me acuerdo y que nunca podrá emitir un fallo que te beneficie porque tiene que defender el puchero. ¿Será así? Ya lo sabremos.

¿Verás fútbol gratis este fin de semana? No me digas NO porque en la Argentina de los DDHH todos tienen los mismos derechos, hasta los presos inocentes. Diviértete. No habrá un tren bala en tu futuro pero sí un celular como el que te llevó el 1º de septiembre a la sala del juicio de la vergüenza. Y rejas.

¿Vergüenza? Claro. Allí se juzgará como asesinos y anti patria a los que pusieron el pecho cuando los esbirros que te acusan peleaban contra Perón y la república. ¿Sabías que programaron el asesinato del General? Imagino que sí, estás informado, sos un buen investigador.

Hoy pasó algo jocoso, amenazaron a la familia del fiscal de tu causa, el abogado Candioti. Lo hicieron escribiendo algo sobre la foto de su familia que la esposa tenía sobre su escritorio ¡en el juzgado de Reconquista...! ¡Que los tiró de las patas a estos represores y genocidas...! Tienen gente adentro... ¡Cuidado! ¿Sabés? Me recuerda ese ataúd que tiraron frente a LT10 la radio universitaria con un mensaje inculpador a Pinculi, el ComMy Rebechi pidiendo que lo metieran preso y el pobre ya era finado.
¿Por qué el recuerdo?
Hombre, porque aquella vez y pese a la opinión publicada por la prensa adicta a la pauta publicitaria oficial, todos supusimos que el zurdaje rico inventó el episodio para hacerlos aparecer, a vos y tus compañeros de prisión, como miembros de una fétida organización poderosa aún vigente. ¡Huevones...! Si fuera así los denuncieros no lo serían.
Este otro asunto de las amenazas a Candioti habría que empezar a investigarlo también al revés de como se empezó, quizá se descubra al autor o autora. No lo afirmo, lo supongo nada más porque los años no los tengo en el lomo alpedamente y como buen periodista que soy, supongo... Tengo derecho. ¿Sabés qué?
La forma rápida y coincidente en la cual los encolumnados en el derechohumanoidismo vernáculo salieron a solidarizarse con la familia agraviada me huele a aprovechamiento, a oportunidad. Son gente de la política basura y del “todo vale” cuando de aparecer en cámaras se trata. Nadie dijo (o al menos no lo escuché) que una vez investigado el asunto y expedida la justicia, opinarían. Todos –creo que todos- salieron a culpar indirecta o directamente a tu mafiosa y poderosa organización. “Miente, miente, que siempre algo queda...” ¿Te suena conocido? Ya les colgaron el Sanbenito a los infames represores.
¿Represores?

Alguna vez, creo recordar, vos explicaste el sentido propio de la palabra represor. Hay re-presión cuando alguien ejerce presión, es una respuesta. O sea, alguien empieza y otro actúa en consecuencia.
Leelo a Orlando Gauna en su blog, lo linkeamos en PyD; hace una excelente crónica sintética de la carrera delictiva del abogado Jorge Pedraza tu principal motor acusador. De pendejo no se negó nada si de atentados se trata. ¿Vos lo denunciaste por homicidio? ¿Era a él? ¿Y nuestros jueces de la democracia impoluta no te dieron bola? ¿Y quién te crees que sos vos para pedir justicia?
Él ejerció presión y ahora es funcionario público del gobierno de la Nueva Alianza Santafesina. Su sueldo lo pagamos todos, no importa, tiene derecho a no ser un desocupado; Binner tiene derecho a nombrar a quien quiera, pero... ¿Por qué a vos, ciudadano ilustre por el Rotary por tu actuación solidaria durante la inundación de Santa Fe del ’03, no te designan en un buen puesto público? Al fin de cuentas si vos te cargaste algún terrorista fue en defensa de la comunidad y Pedraza lo que hizo fue contra los santafesinos. Así pagamos.

Leelo a Orlando. ¿Que no tienes Internet en la cárcel? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no tienes derechos humanos? Bah, quizá ni les interese que seas humano. ¿Lo sos?

Quizá no pudiste ver lo que fue el cirko exterior del primer día del juicio, el de la calle. Lo relaté en una nota hace dos días. Patético. Pensar que lo pagamos nosotros. Si se lo cobraran a ellos no existiría.
Vieras los planes sociales arreados haciendo bulto totalmente desinteresados del asunto. ¡Mi patria...! ¡Nuestro pueblo! Les hicieron perder el sentido de la dignidad a fuerza de hambre y clientelismo. Eso es hijodeputismo político, una formal renuncia a la dignidad del político. Todos perdieron, los arreados y los arrieros. A los primeros se los puede rescatar, son el pueblo; los segundos serán siempre irredentos, son la nueva oligarquía que no es puta –D’elia dixit- sino simplemente atorrante. Ni para puta les da el cuero. Perdoname el exabrupto pero pienso en mis hijos y nietos y me embronco. Nos están dejando un país en llamas y destruido. Mucho nos costará salir de esta.

Te dejo hasta la próxima. Cuando tengas tiempo escribime. Jaja, ¿tenés tiempo?
Y no mirés fijo a los acusadores ni a los jueces, pueden hacerte otra causa más por re-presión.

Un abrazo:

JC

E-mail del autor zschez@yahoo.com.ar
03 Set 09

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miércoles 2 de septiembre de 2009

Saludar y enviar pretensión "literaria"

Publico en mi blog personal este relato de un comprovinciano, camarada y amigo, Edie Daniel Duré. Quiero guardarlo además de en mi memoria, en este archivo digital compartiéndolo con quienes se atrevan a reconocer como propio este áspero espacio de nuestra patria. - JC

Mi estimado amigo y comprovinciano
D. Juan Carlos Sánchez:


Revisando mis archivos encontré algo que creía perdido, un cuento "baratito" por no decir otra cosa, que supe escribir mientras me encontraba acampando al pié del cerro Olga en los Antartandes antárticos.

Metido dentro de la carpa, con temporales continuos de 10 a 15 días, con temperatura 20° a 30° bajo cero y vientitos superior a los 320 Kms, recursos propios de esta niña que se llama Antártida.

Ella nos tiraba con todo lo que tenía a su alcance. Me puse a escribir cuentos cortos, sin tener pretensiones académicas o literarias, solo, escribir,, ya que la carpa no daba más que, para estar sentado o acostado, por lo que me convertí en un experto en tomar y cebar mate, de acostado.

Hoy, solamente y haciendo uso de este medio tan generoso que es Internet, te lo hago llegar como una muestra de afecto para vos, Cristina y toda la tropa,

Un fuerte abrazo

Edie Daniel Duré


Revelación


Cansado de dar vueltas en la cama, me levanto, no podía conciliar el sueño. Miré el reloj, las agujas marcaban las dos y treinta de la mañana del 21 de junio de 1969.

Cada vez, que miraba el reloj, no podía dejar de pensar en mi esposa y en mis hijos. Este cronómetro había sido un regalo especial de ella, no solamente para que me entere de la hora, sino, para ser utilizado como una herramienta de trabajo en mi especialidad de topógrafo, por sus manecillas en minutos y segundos, con números grandes, detalle que no traían todos los relojes.

Sentado frente a la ventana de doble vidrio, cubierta por floridas cortinas, observaba el escaso moblaje del dormitorio que se me había asignado a mi llegada, hacía seis meses, a la Base del Ejército "Esperanza" en el Sector Antártico Argentino.

Mi compañero de habitación, dormía plácidamente, él, había llegado casi dos meses antes que yo a la base, oriundo de Caucete en la provincia de San Juan.

Para él, "Caucete" era el "Ombligo del Mundo", Caucete era la Capital de San Juan y esa benemérita ciudad, había dado dos próceres. Por supuesto él y un señor muy conocido que vaticinaba el tiempo y que no recuerdo su nombre.
Tenía un carácter muy especial, tranquilo, jovial, con pretensiones de guitarrero, un fiel amigo, con un sentimiento de hermano, habíamos estado destinados juntos en el Batallón Geográfico Militar en la provincia de Buenos Aires, donde nos recibimos de topógrafo, y seguíamos juntos en aquellas lejanas latitudes australes.

Era un manso con carácter para acollarar un arisco, que siempre fui yo, como lo pude comprobar en pleno Antartandes
A él quiero dedicarle un recuerdo muy especial, con su pelo hirsuto y su barba en punta parecía un criollo salido de las antiguas películas nacional ya que juntos realizamos una patrullas extensas en la Tierra de San Martín en el Continente Antártico, la misma duró ciento un días. A lo que se debe agregar que unimos por Continente las Bases de Ejército "Esperanza" con la Base del Ejército Chileno General D. Bernardo O'Higgins.
En ella iba como Jefe de Patrulla. Espero poder escribir algún día sobre esta misión, que tantas enseñanzas y experiencia me aportó.
Compartimos muchos días de terrible ventiscas, tormentas, y fríos, más allá de lo que hoy, pudiera soportar, amén de las privaciones y zozobras por las traicioneras grietas que eran parte del “pan de cada día” en nuestra ruta, en esos largos e interminables días de vivir en carpas y refugios.

Amigo Silverio Rodríguez. (Pichichú), bravo suboficial infante, mí cariñoso recuerdo y afecto.


Apoyado displicentemente en la pequeña mesa que usábamos como escritorio y con una repentina somnolencia que dominaba mis confusos pensamientos, trataba en vano de hallar él porque a muchos Interrogantes.

Cuales eran entre otros muchos, por que abandoné a mi familia para realizar esta “Patriada”. Tiempo después obtendría algunas respuestas y que hoy son parte de mi orgullo personal.
En esas cavilaciones me encontraba cuando pequeños golpes en el vidrio de la ventana me volvieron a la realidad.

Separo las cortinas. Nada. Sólo el grito aislado de alguna Skúa o el vuelo rasante de algún Albatros que se dejaba mecer en caprichosos vaivenes en la suave brisa que bajaba del Glaciar próximo al Monte Taylor o los tranquilos pingüinos que dejan escuchar algún graznido en sus roquerías.
Esto me dio la oportunidad de quedar absorto observando el maravilloso paisaje enmarcado en perspectiva, por el tosco marco de la ventana.
Al frente el glaciar imponente con su blancura de siempre, reflejaba destello de plata cual bruñido espejo. La luz de la luna, convertía la noche en día.

No hay palabra para describir las noches antárticas, libres de tormentas y nubes y en la cual la luna señorea por el espacio gélido; su luz se refleja por toda la superficie del continente con un tono especial que inunda el espíritu de una tranquilidad que envuelve los sentidos.

El mar quieto con sus verdosas aguas, algunos que otros escombros de hielo, témpanos de suave color cielo se mecían perezosos como barco a la deriva.

Como Tripulante de ellos algunas focas peleteras o de "Wedel" dormían esperando que su reloj biológico les indicara el inicio del día solar.
A la derecha el Monte Flora con su olla (cráter de un antiguo volcán) cubierta de acartonada nieve parecía que quería incrustarse en el cielo con su pico cual aguja.
A su alrededor, diseminadas "morenas" cuidaban en su interior fósiles que eran parte de un lejano tiempo en que la vegetación era lujuriosa y tropical, difícil de creer pero estos fósiles son las pruebas de que realmente la Antártida fue exuberante en plantas y clima.
Los perros, atados a la maroma, quiebran el silencio de la noche con sus aullidos, como saludando a la luna que coqueta se mira en el amplio espejo de la superficie o en las quietas aguas del mar.
Sin haber observado nada en particular volví las cortinas a su lugar y con la esperanza de poder conciliar el sueño me disponía a meterme en la cama nuevamente.
¡Tóc! ¡tóc! ¡tóc!. ¿Quién puede golpear la ventana con tanta insistencia? Todos duermen, pensé, en ese instante.
Venciendo la inquietud que me dominaba observé a través del vidrio, quedé pasmado de temor. No daba crédito a lo que veía.
Mi primer impulso fue cubrir la ventana, despertar al "Pichi", diminutivo de "Pichichú" como le decíamos a mi amigo. El temor a hacer el ridículo, hizo que lo dejara seguir durmiendo, si era una falsa alarma, quién lo aguantaba al día siguiente.
Mi curiosidad era más grande que mi temor.

Del otro lado una figura fantasmagórica se desdibujaba en caprichosas formas. Parecían pequeñas volutas de humo o nieve. Se armaba y se desarmaba y parecía tomar forma humana hasta que se estabilizó.
Su rostro era viejo, muy viejo, profundas arrugas lo surcaban, cubierto de una blanca y larga barba que lo mismo que sus cabellos le llegaban hasta la cintura.
Era su tez de una rara y radiante blancura como rara era la túnica desflecada que le cubría hasta los desnudos pies.
Con las manos flacas, huesudas hacía señas y con sus dedos finos y largos me señalaba el exterior, siempre sonriendo, pero ¿era una mueca o una sonrisa? En ese momento no lo sabía y hoy a pesar del tiempo transcurrido, tampoco.
Me vestí como pude y a los tropezones dejé la casa, salí al exterior por el lado de la cocina y ahí se encontraba parado o suspendido en el aire, estaba tan confundido que no supe cual era su posición, más aún, ni el frío de la noche sentía sobre mí.
Los perros aullaban, ateridos de temor y él, impasible, con su rara sonrisa o su mueca me observó curioso y complacido por tenerme a su merced. Extendió su mano en dirección al cielo, el mar, los montes cercanos y todos los que mis ojos atónitos podían ver y dijo con rara voz:
"Este es mi reino, yo soy el Señor de todas estas comarcas y son mis fieles vasallos, el viento, el granizo, la nieve y el hielo, las ventiscas, el blizzar y el blanqueo”.
“Es mi fiel amiga la muerte".
"De este lugar salen ellos a todos los confines de la tierra, llevando mi helado mensaje."
"Los pobres, los ricos, saben de mí y aquél que me ignore paga caro tributo”.
"Yo soy quién hará inclinar tu soberbia cabeza sobre tu pecho y haré doblar tu espalda en sumisa reverencia."
"Cegaré tus ojos, cuando directamente quieras verme en las grandes nevadas, y cuando el tiempo pase y creas que me tiene dominado, grietas profundas te estarán esperando; blizzar y temporales serán tus custodios para hacerte pagar tu osadía de querer ignorarme".
Mientras él hablaba mil cosas pasaban por mi mente, no atinaba a decir nada, su profunda mirada me tenía inmovilizado y el frío empezó a acariciarme y hacerse sentir hasta en los huesos.
Me miró fijo y sus ojos cual dos gotas de rocío escarchados, fue lo último que vi.
Una fuerte ráfaga de helado viento me hizo doblar como haciendo una torpe reverencia y sentí su cavernosa carcajada de satisfacción mientras decía y al mismo tiempo se esfumaba en blondos copos de nieves o de nubes - "Yo soy...

No necesité escuchar más, ya lo sabía, más que eso, lo presentía. Desde que puse los pies por primera vez en el Continente Blanco lo sentía dentro de mí y lo sentiría mientras durara mi estadía en él.

¡Era el invierno!

Han pasado los años y aún hoy recuerdo mi primera noche en la base del Ejército Argentino “Esperanza", baluarte de nuestra nacionalidad, donde esforzados hombres velan las esperanzas de la patria, de integrar efectivamente ese sector del Continente Blanco a nuestro patrimonio Nacional.
Recuerdo vividamente las patrullas, la vida en carpas, cuando la nieve las cubría totalmente y no nos dábamos cuenta de ello, cuando el calentador se apagaba por falta de oxígeno o se nos hacía difícil respirar, los refugios con sus pies de hielo, las tormentas de viento y nieve, el aullidos de los perros, el canto de las gaviotas o a lo lejos, las dorsales de algunas orcas, ballenas, las focas sobre los bandejones, ni que decir de los pingüinos que prácticamente convivían con nosotros.
Los días que estuvimos perdidos, las grietas profundas, el acampar dentro de los vehículos porque la tormenta no nos permitía armar carpa, la visión de la bahía "Dusse" desde lo alto de la cordillera Antártica. Los famosos "Antartandes".
Su paso en el viaje de ida, cuando estaba totalmente congelada e iniciamos la marcha desde el Refugio Güemes. El descenso de una ladera de 45 grados surcada transversalmente de grietas muy profundas, la angustia de escoplar, para poder cruzarlas, la alegría de encontrar el refugio "Independencia".

El encuentro con una patrulla chilena, a quiénes ayudamos a sacar con nuestros dos vehículos, un vehículo con trineo de arrastre, que se le había fondeado en una grieta, en las proximidades del Cerro Olga.

Las visitas que hicimos a la base Chilena O'Higgins, las atenciones que recibíamos en gesto de reciprocidad.
Hoy todo ellos, son solos hermosos recuerdos que me llenan de orgullo, y, algunas veces, me traicionan.
¿Vi en realidad al anciano de luengas barbas blancas, y blancas vestiduras desflecadas por el paso del tiempo o son cosas que me las imaginé?
Para el caso, hoy, no tiene importancia, a veces creo que realmente lo vi, otras, que lo imaginé
Pero como sea tuve en cuenta sus advertencias y pude volver con los míos.
Por lo que le estoy muy agradecido.

Dedicado a mi estimado camarada y hermano antártico, el siempre recordado con sincero afecto, Sargento de Infantería Topógrafo Silverio (Pichichú) Rodríguez, oriundo de Caucete, la primera Ciudad de la República, pertenece a San Juan.
Caucete, “el Ombligo del Mundo” según él, ¿o San Juan pertenece a Caucete?
Por su intermedio y después de tener que soportarlo con sus pretensiones de guitarrero y cantor, por 365 días de vivir juntos, en nuestro Territorio Antártico Argentino, me vengo a enterar que en un ignoto lugar de San Juan, existe un pueblo, pueblito o gran ciudad, que se llama... CAUCETE.
Según Carlos Illianes, otro Sanjuanino, camarada antártico de la misma dotación, “comentaba que en una oportunidad va un circo a Caucete y se suspendió la función porque se habían sustraído el león, primera figura circense y decía que al mismo se lo habían comido después de un reñido partido de futbol”.
Hermosas flores que se tiraban estos buenos amigos y camaradas en esa larga patrulla, en la que también Carlos Illianes participaba junto a Matheu.
Broma aparte, haber participado de una invernada en la base Esperanza en el año 1969, y lograr tener un compañero habitación, de patrullas, leal, valiente, excelente amigo por sobre todas las cosas y un muy buen profesional topógrafo, es algo que siempre me ha llenado de una sana satisfacción.
Lo recuerdo con su sana sonrisa, su mirada franca, los pelos rebeldes y “chuzos”, la barba negra y puntiaguda, que siempre se me hacía que era una gaucho “matrero”, su porte noble y bien parado, robusto , pero por sobre todas las cosas un enorme corazón.
Todo ello, me ha permitido sentirme honrado, de contar con su amistad.
Algún día nos volveremos a encontrar y le entregaré este cuento... no tan cuento.
Atentamente

Córdoba, 12 de Junio de 1974.

Edie Daniel Duré
Subof Pr (R)
Ejército Argentino
Antártico

Especialista en Servicio Geográfico
Expedicionario al Desierto Blanco

lunes 24 de agosto de 2009

Nueva edición del libro del Prof. Rípodas Márquez

El Prof. Ing. Qco. Sergio Doroteo Rípodas Márquez acompañado de su familia visitó Santa Fe e hizo entrega a nuestro editor Juan Carlos Sánchez Dodorico de un ejemplar de la nueva edición de su libro “Proyecto 20-20” que lleva el prólogo de este último.
La obra, de intensidad inusual, transita en sus casi 500 páginas por la política, la ciencia y tecnología y la historia del hombre desde esta última perspectiva y es soporte del apotegma que defiende exitosamente el autor de que “La ciencia precede al acto político” abriendo una ventana al asombro.
Aborda cuestiones que pese a que convivimos con ellas solemos ignorar y que el responsable de comunidades ha de tener en cuenta para una gestión adecuada a la posmodernidad y con perspectivas positivas.

“Proyecto 20-20”
Por el Prof. Ing. Qco. Sergio Doroteo Rípodas Márquez

Palabras desde el umbral

Abordar el libro que tan generosamente me ha pedido que introduzca el periodista, escritor y profesor universitario Ing. Qco. Sergio Doroteo Rípodas Márquez es introducirse a un mundo fantástico de reflexión y sorpresas.
Porque aún reconociendo que la ciencia no es un absoluto, Rípodas Márquez logra persuadirnos de realidades con las que convivimos pero que, a precio de acostumbrarnos, no las meritamos lo suficiente. Bastaría una observación medianamente curiosa del mundo que nos rodea para advertir los principios enunciados por el autor, pero… ¿quién al momento de abrir la canilla del agua se conmociona por el largo proceso que la misma ha transitado desde su fuente natural hasta esa canilla?
La simplicidad del hecho y su habitualidad nos desconecta con el otro anterior y mucho más importante, que es el científico y tecnológico que descubrió los peligros del agua no tratada para la salud humana y la forma de potabilizarla y distribuirla eficazmente.
Luego vino la decisión política de crear estos sistemas. ¿Qué novedad nos asombrará mañana?

Lo que nos dice Rípodas Márquez en un texto autoreferencial, es que día a día, minuto a minuto estamos cambiando y que lo que nos cambia es ese misterio de la co-creación con el Padre Alfarero que es el producto del trabajo humano, de la inteligencia aplicada, de la ciencia y la tecnología como emergente constante de la inteligencia.

No acaba aquí lo que se descubre en este libro que promete ser un clásico en su género. Preanuncia el asombro para el instante inmediato. He aquí otra sorpresa. Veamos.
El libro fue trabajado allá por los primeros años de la década de los ’90 y es por ello profético: Lo que el autor propone es exactamente lo que pasó y lo que no pasó es porque se abandonó inconscientemente el modelo analizado en este libro. Un modelo que a más de político es de supervivencia elemental de las personas y de la comunidad nacional.
Esto es porque nadie que ignore o se aparte de la ciencia y sus descubrimientos y aplicaciones podrá ni autosatisfacerse a conciencia ni gobernar un país con eficacia.
Mañana ya no es lo mismo, todo puede haber cambiado. La crisis energética puede ser un mal recuerdo, la sub alimentación y la desnutrición un pecado olvidado, enfermedades mortales pueden pasar al archivo histórico o la comunicación una simplicidad gratuita. Todo esto solamente por algún descubrimiento científico y la voluntad moral de aplicarlo.

Esto último creo necesario recalcar ya que se me ha pedido que, como periodista no científico que no distingue un neutrón de un tornillo, especializado en temas políticos, sociales y teológicos o del pensamiento humano, aporte estas humildes Palabras desde el Umbral para una obra que avanza hacia el futuro extremo del hombre avizorando horizontes aún desconocidos pero previsibles y posibles.
Rípodas Márquez, reitero, no considera a la ciencia y a la tecnología como absolutos pero le da su justo lugar. Posición que en el país que analiza, la Argentina, ha sido dejada de lado por el desinterés en la investigación, la inversión, la incorporación de nuevas tecnologías y por un prurito ideológico nefando que considera enemigos al capital internacional y a las empresas que aplican tecnologías de punta. Y aquí interviene lo moral para regularlo todo.
No se puede caer en la simpleza de creer -el autor no lo hace- que todos son buenitos en el mundo. Tampoco en que cuando colisionan los descubrimientos científicos con el dinero ganará el primero. Lo que sucederá es que a la larga o a la corta se logrará un equilibrio entre ambos y que indefectiblemente la novedad descubierta o inventada ganará la batalla. Algún día no lejano -y esto vale a modo de ejemplo- los motores de combustión interna a base de petróleo serán objetos de museo. Para adelantar este proceso y tantos otros es necesaria la conducta moral y emergente de ella, la solidaridad.
Cuando el bien común sea plenamente asumido por los que mandan, la política será una canción como dice Jaime Dávalos y los beneficios de la co-creación con el Padre Alfarero llegarán a todos.

Rípodas Márquez pronostica que este compartir será consecuencia -al menos en parte- de la presión social. Nada más cierto al observar la conmoción creciente del mundo ante la desigualdad, y reclama ese cambio moral necesario para que se abandone el gasto superfluo en pro de beneficios políticos para abocarse a solucionar los verdaderos problemas del hombre.
Nos advierte de un nuevo escenario laboral inevitable, de una nueva civilización y también de un tiempo de transición hasta llegar a una sociedad más equilibrada.
Así el libro puede leerse como una larga meditación que viniendo desde el pasado, se adentra hacia los confines de la historia del hombre, navegando en esa nave espacial llamada Tierra.

Destacable en este libro es la importancia que el autor da a la educación, a la investigación y al auto respeto que debe tenerse el político y el funcionario. El hombre para Rípodas Márquez es mucho más que un ejecutor de la coyuntura, alguien a quien lo sorprende el hecho y entones actúa a modo de respuesta. Coincide plenamente con Perón ya que este sostenía en sus clases de formación política que el acontecimiento no debe sorprender al conductor sino que este debe producirlo.
Esta es otra perspectiva desde la cual puede leerse este libro y reflexionarse la frase reiterada hasta el cansancio de que “la ciencia precede al acto político”, muletilla del autor.
Solamente aplicando conocimientos universales pueden evitarse catástrofes que cuestan vidas humanas y desastres económicos. Conocimientos que están a disposición de todos, que no es menester ser experto para buscarlos, porque la sabiduría no se mide por la cantidad de conocimientos que se tienen sino por la humildad de peguntar para saber. Nuevamente el hecho moral planea en un libro que parece ser de corte científico y tecnológico.
Hecho moral que cuestiona al Estado corrupto y fortalece la idea de que mucho de lo muy bueno que está disponible en el mundo no es aprovechado, al menos por los argentinos y otros pueblos desgraciadamente sometidos al gobierno de incapaces o deshonestos, simplemente por una cuestión de intereses o de haraganería cívica.
El hombre y la sociedad que integra no son artefactos, son personas y es necesario que estas admitan y asuman su dignidad para dignificar aquello que les es confiado, el gobierno del Estado por ejemplo.

En el final de su obra Rípodas Márquez referencia el gobierno del Dr. Carlos Menem. No puedo ni quiero dejar de hacerlo desde estas palabras desde el umbral.
Si hoy, pese al derrumbe de los últimos años, aún gozamos de ciertos privilegios existenciales sobre dos tercios del mundo civilizado es gracias a esa década infamada. No abundaré en el tema, el lector tendrá por probado este aserto al leer este libro y al observar la realidad que nos inconcluye como personas.

Mucho más hay para decir pero es preferible que el lector se sumerja en el libro, una obra prodigiosa y encomiable, síntesis de una vida esforzada y de clara visión.

Los dejo con Rípodas Márquez.

Santa Fe, 2008

Juan Carlos Sánchez Dodorico
Es periodista y escritor.
Editor propietario de los sitios Web http://www.politicaydesarrollo.com.ar/ y http://www.diario7.com.ar/
Ocupó diversos cargos en administraciones provinciales y nacionales siendo el último de estos la titularidad del COMFER (Comité Federal de Radiodifusión – Presidencia de la Nación).
Es egresado del Instituto Arquidiocesano de Ciencias Sagradas dependiente de la Arq. de Santa Fe de la Vera Cruz.
Disertante y conferencista en congresos internacionales y encuentros en general, es publicado por diversos medios del mundo.

domingo 16 de agosto de 2009

Hola Juanca


Solo quería saludarte, darte mi pésame por la abuela que falleció hace una semana y querías tanto y comentarte que como tenía una rato libre me metí en tu blog y leí los cuentos cortos.

Escribe Nora Barletti


Con la llegada de Manolo al cielo y el brillante final del lagrimón que se le escapa y le cae al nene... que resultaría ser su padre... qué te puedo decir???, a mí también se me escaparon las lágrimas, pero además me impactó tu manera de expresar la inexistencia del tiempo conocida por el hombre como tal.

El cuento es realmente bueno, tiene la fuerza de la pureza, la ingenuidad el arrepentimiento y el perdón. Es como si pretendiera a través de sus líneas hacernos olvidar de ésta cruel realidad cotidiana y recordarnos que aún hay esperanza, que Dios es eterno y poderoso, que el ciclo de la vida es inacabable y que nosotros pasamos por el tiempo ''como la libélula vaga de una vaga ilusión'' parafraseando a Rubén Darío.

Así que naciste con forceps? ...Yo también, pero del derecho, a mí me apretaron la cabeza... será por eso que quedé medio turulata y no entiendo mucho a éste mundo cruel que se empeña en hacer daño a lo más débiles.

Seguí escribiendo Juan Carlos, desde la sacristía, desde el patio de tu casa, desde la editorial, no importa, siempre que lo hagas desde el corazón.

Te mando un fuerte abrazo.

Nora

miércoles 12 de agosto de 2009

Carta de un amigo preso por el día del amigo - I

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Recibí esta carta desde la cárcel.
La firma un amigo, Eduardo Ramos, colega escritor y preso político de la Argentina.
Irá a juicio oral desde el 1º de Setiembre de este año y pese a que la Cámara Penal ordenó su libertad por segunda vez, seguirá en prision.
No la publiqué antes por temor a provocarle más daño pues esta "justicia" tuerta y desaforada puede tomar venganza si un preso ejercita su libertad pese a ser inocente al no pesar sobre él condena alguna en firme. ¿De la Constitución alguien se acuerda?
Y aclaro que aunque lo condenen, para mi y muchísimos más seguirá siendo inocente.
No es rebeldía ni facismo ni neuro procesismo, es simplemente realismo.
¿Quién cree en la justicia de la Argentina? Vean las encuestas.
JC

NOTA: Piquen sobre la imagen para agrandar y leer cómodamente.Va en dos notas para que pueda verse en tamaño leíble.

Carta de un amigo preso por el día del amigo - Cont.

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domingo 9 de agosto de 2009

Cuando mueren las abuelas


8 de Agosto de 2009, 18:30 más o menos.
Parte hacia la Casa del Padre Hilda Nicolasa, la “Abuela Hilda”, mamá de Cristina, abuela de nuestros cinco hijos y una de las mejores mujeres que conocí.

No gasten en necrológicas, no hay duelo, hay nostalgia, morriña, historia y memoria.

Nació campesina en Hernández Provincia de Entre Ríos hace 74 años. Vino a Santa Fe a trabajar, se casó, tuvo dos hijos, nos hicimos amigos y se murió. Poco hay por escribir sobre ella, en realidad no hace falta. Quienes necesitan de muchas palabras para justificar su vida, para explicar para qué vivieron, es porque poco dejaron. La costumbre hace que de los grandes muertos se llenen bibliotecas y lo malo para ellos es que para recordarlos hay que leer lo que se escribió de ellos. Los muertos ilustres son aquellos a quienes se extraña sin necesidad de acudir a la biblioteca.
La Abuela Hilda será una de esas.

Hace cinco años perdí dos madres y amigas. Cuando la Abuela Hilda hizo su primer ACV que la desconectó del mundo también murió la Abuela Ñata, mi madre. Se había hecho amigas las veteranas. Piel adentro me duelen las mujeres amadas que se van.

Hago memoria.
Sin la Abuela Hilda no hubiera habido hogar ni casa en su familia. Ella aguantó pared adentro lo que le dolía pared afuera, paredes que levantó ladrillo a ladrillo. Construyó.
Sin la Abuela Hilda algunos reencuentros no hubieran sido posibles en la familia. Ella supo aceptar la voluntad de los otros pese al dolor.
Sin la Abuela Hilda nuestro hijo menor, Mariano, no hubiese rezado conmigo todas las noches (o casi todas) pidiéndole a la Mamá Grande -la muchachita de Nazareth, Mamá de Jesús y Mamá nuestra- por las mamás de la familia: La Abuela Ñata que ya estaba con Ella en la Casa del Padre, la Abuela Hilda que estaba enferma, la abuela “Mami”, Cristina, mi esposa; la mamá menor, Cristina María Victoria, “la Gata”, nuestra hija mayor y mamá de Tiago.
Sin la Abuela Hilda a muchos de mis viajes a Mina Clavero le hubiera faltado “algo...”
Sin la Abuela Hilda no hubiese yo conservado la esperanza de algún día tenerla de nuevo en casa de visita y ante su muerte no tendría ahora la paz de saber que al fin estamos de nuevo juntos, aunque esperando el reencuentro.
¿Juntos? Claro...
Porque ya no hay barreras, porque no hay forma de separar a dos almas que se quieren, una libre (ella) y otra aún atrapada (la mía).
Porque hay comunión, una especie de pacto secreto que nadie más que los protagonistas conocen.

Así somos... Los que no necesitan palabras como ella y los que gastamos las palabras, como yo. Así somos...
A veces en silencio, inexpresivos, nos sentimos juntos. Muchas veces, rectifico. El amor es así. Omite lo evidente. El contacto se produce a la distancia y es mágico. Rectifico: Milagroso. Es una donación, un regalo, una Gracia que se guarda muy adentro. Recién ahora me atrevo a contarlo.

Me despido de ella escuchando su risa, fuerte, sólida, contagiosa.
Hubo quienes tuvieron el atrevimiento de acallarla pero fue por un momento, siempre resucitaba, siempre resonaba invadiéndolo todo. Pese a los que la fueron matando de a poquito con el olvido y el desprecio, ella despertaba la alegría.
Despertaba a la alegría.
Despertaba la alegría...

Cuando mueren las abuelas comenzamos a darnos cuenta de que nosotros también estamos en la lista y que ellas, que son el principio de lo que será la historia que construirán nuestros nietos, así como nos enseñaron a vivir aquí, nos preceden para esperarnos y enseñarnos a vivir allá, donde vamos. ¡Qué bueno...!
¡Tener una abuela que sabe reír esperándonos...!

Gracias Abuela Hilda por engendrar a Cristina.
Gracias por tu mirada de amor última, hace ya cinco años.
Prometo extrañarte, promete esperarme.
Hasta vernos, Abuela Hilda.

JC

A nuestros amigos les pido una oración en su memoria para que la generosidad del Padre y su gran Misericordia perdone sus pecados y la siente a la mesa de familia donde están su amiga la Abuela Ñata, el Abuelo Nacho (mi padre) y tantos otros que la conocieron y amaron, en la que Jesús sirve el pan recién horneado y el vino nuevo.
Y una más para que la lágrima furtiva de Cristina sea de consolación y esperanza. (Y también la mía). Gracias.

Juan Carlos Sánchez
08 Ago 09

Algunas fotos de las dos abuelas.
La Abuela Ñata y la Abuela Hilda en mi casa paterna.

lunes 3 de agosto de 2009

¿Por qué negarme el placer de publicar este correo-e?


Nora Barletti me escribe siempre y esto que me llegó me acelera. ¡Gracias Norita!
Me entretengo escribiendo y lo sabes.
Solamente quiero observar algo de tus líneas: Cuando Jesús dice: “Tengo otras ovejas que no son de este rebaño” nos está diciendo “Denle crédito a Buda”.
El Señor habla siempre, desde siempre y lo hará siempre; escribe derecho sobre líneas torcidas, hay semillas de verdad en todas las religiones. Te conducen, son pautas de convivencia. Eso sí, Jesús dice de sí mismo que es Dios y pone como testigo al Padre que para dar testimonio lo resucita y hace de la “piedra” que es Pedro la comunidad de hermanos (Iglesia) más maravillosa de la historia del hombre, que perdura en el tiempo PESE A NOSOTROS.
Y no me horrorizan tus ideas, en serio.
Un beso:
JC

El correo-e de Nora:

Hola Juan Carlos,

quiero decirte que no me cabe la menor duda de que sos un muy buen periodista pero déjame decirte o mejor dicho ''repetirte'' que eres mejor escritor...
Empiezo a leer y no puedo parar!!!! ...me enrolla por completo el argumento,
me envuelve la trama y la vivo en carne propia, bellísima la descripción de la pérdida de tus padres y la sensación o vivencia de su presencia... a mí me pasaron cosas parecidas.

Te envidio la fe, yo creo en Dios, un Dios único y verdadero para todo el mundo, para todo el universo, no creo en la religión, en ninguna, aunque respeto a todas. Para mí son pautas de conducta y merecen tanto crédito Buda como Jesús... ya se, estás horrorizado, bueno, es lo que siento, al menos soy honesta.

Bueno, volviendo al punto, tenés que publicar un libro de cuentos cortos para empezar, no sé... buscá ganarte el premio Planeta o cualquier otro que te permita ganar un dinero para darle más tiempo a ese trabajo que para vos no es trabajo, es simplemente relatar tu vida o la de gente que has conocido, te fluye como agua de manantial...

Ojalá te decidas, vos todavía no te diste cuenta de que sos un muy buen escritor...
Un abrazo de oso marrón (pero bueno).

Nora


jueves 30 de julio de 2009

Alguna vez fui sólo barro...

En la foto: Mi primer año de vida con papá y mamá.

Me moldearon estas dos personas de ensueño que son mis padres, papá Nacho y mamá Ñata que entre ayer 29 de Julio y mañana 31 cumplirían 101 años de vida. El casamiento de mis viejos con toda la familia.

Ellos están donde el tiempo ni siquiera es espera sino plenitud y Presencia.

Hace tiempo fui de barro
vivir me hizo de piedra
¡Ay Diosito de mis padres...
desgastame, seré arena...!
Y en la huella de tus pasos
caminaré hacia tu mesa.

No hay rumbo que no se encuentre
viviendo como Vos quieras...

En recuerdo agradecido y nostalgioso a mis "viejos" comparto con los amigos que visitan este blog estas fotografías.
Aprendí a cantar y tocar la guitarra con ellos en el patio de nuestra casa, entonaban viejas canciones de nuestra tierra: "El arriero va", "Yo vendo unos ojos negros", "Linyera soy", "Virgen de la Carrodilla" y tantas otras que llevé años luego a los escenarios de mi Patria.
Aprendí de ellos que la vida puede vivirse como una canción, a veces desentonada, otras veces mágica.


Y que no importa donde estamos sino hacia donde vamos.


Ocasiones soy de barro
pero otras veces de piedra
no se queje si le duele
cuando a pegarme se atreva...

Mi homenaje a D. Ignacio José Benjamín Sánchez González, mi padre, poeta y hombre escuchable al decir de César Actis, oriundo de Villa del Tránsito, luego Villa Cura Brochero; ahijado de Bautismo de Aurora Brochero de Aguirre (hermana del Cura), hijo de D. Juan Sánchez (primer capataz del Cura en las obras del Colegio de las Niñas y de la Casa de Ejercicios Espirituales entre utras tantas y de Da. Margarita González. Terciario Domínico.

Y a Da. Asunta María Dodorico Novello, mi madre, la "Ñata" (o la "Señorita Ñata"), santafesina nacida de los inmigrantes friulanos Antonio D'Odorico y Filomena Novello, ex alumna del colegio de las HH Adoratrices de Santa Fe y maestra y Vice de la Esc. Mariano Quiroga, Terciaria Domínica y gran rezadora del Santo Rosario hasta en sus horas finales.

Ocasiones soy de barro
y en ocasiones de piedra
y seguiré siendo así
hasta el momento en que muera.

Juan Carlos Sánchez Dodorico
Santa Fe, Julio 30 de 2009

lunes 27 de julio de 2009

Saludar


Me he metido en tu "Blog de JC" – En ocasiones de piedra, y he leído lo referente a tus padres y te aseguro que se me ponía la piel encrespada, ya que creo y vaya si creo en esas cosas hermosas, producto del amor de nuestros seres queridos, que están en la casa del Padre.

Me escribe Edie Daniel Duré


Mi estimado y querido amigo y también comprovinciano:

Hace un día regresamos con Aída de las Termas, Fuimos a abrir un poco la boca y de paso a meter los "güesos" en el agua termal. Tengo una tendinitis que me tiene a mal traer.

Hace un par de hora que he regresado de hacerme una Resonancia Magnética en el hombro derecho.

En fin supongo que deben ser cosas de los años, ya que hasta los 72 recién cumplido, no había tenido nada que me embromara la salud y doy Gracias a Dios y a su Santísima Madre María del cual soy un ferviente devoto y sin pecar de soberbia, por las cosas que me han sucedido en la vida, diría que quizás un poco su protegido.

Me he metido en tu "Blog de JC" – En ocasiones de piedra, y he leído lo referente a tus padres y te aseguro que se me ponía la piel encrespada, ya que creo y vaya si creo en esas cosas hermosas, producto del amor de nuestros seres queridos, que están en la casa del Padre.

También leí, lo que escribe sobre esa niña de 15 años llamada María. Una hermosura de relato.

Tuvo valor, tuvo santidad, para hacer que su novio se banque una situación que a ella le podría haber acarreado la muerte, por parte de los moishes de la tribu.

La vida me ha permitido tener agradables experiencia y que son las que siempre han fortalecido la Fe y la templanza de mi espíritu. Y las cosas que suceden son por que siempre tienen su razón de ser.

Cuando tenía dos años, me operan de pleuresía, y me cortan dos pedazos de costillas, fue una operación muy difícil para la época y una convalecencia larga y con una santa madre que siempre estaba a mí lado, mi vieja jamás me dejó solo durante los dos meses y medio que duró mi recuperación.

De esa operación 9 niños de cada 10 morían y he visto a amiguitos míos operados y fallecer al poco tiempo. Cada vez que el doctor que me operó tenía un congreso yo era el florero obligado para demostrar su pericia médica.

La otra... tenía algo así como cinco años, carnaval, todos jugaban a la orilla del río, tirándose agua y como nadie me daba bola me meti al agua y ésta, me iba chupando y llevando al interior del río cuando aparece un muchachón de unos 14 o 15 años salido de la nada y me saca.

Nadie sabía quien era a pesar de que todos nos conocíamos. Una vieja amiga de mi Madre, curandera ella, que había visto como me iba "tragando el agua" y que de la nada aparecí en la costa, decía, que era el ángel de mi guarda. Cosas de Dios.

Ya grande casado, siempre dormí en el costado izquierdo de la cama matrimonial y cerca de la ventana.

Una noche a eso de las cuatro o cinco de la mañana me despierto y veo una señora inclinada mirándome, su tez era aceitunada, grandes ojos negros, su ropa era de una hechura burda y de hilado grueso, color marrón, parecía una prenda muy antigua, tendría unos 35 años, una hermosa mirada tierna, me miraba y se sonreía. Y no se porqué, siempre la identifique con la Madre de Nuestro Señor. Cosas, quizás, que solamente a mí se me ocurriría, Y si hoy se me hace la pregunta, digo con total seguridad, que era Ella.

En fin estimado amigo, hay algunas cosas más, pero sería hacerla larga, solamente quería decirte que al leer en tu Blog JC, me los bajó del disco duro y por obra de Dios, me lo puso en la pantalla de mi memoria.

Te mando un fuerte abrazo y el saludo cordial con un beso para nuestra querida amiga Cristina y resto de la Tropa.

Edie Daniel Duré
Córdoba - Argentina

lunes 13 de julio de 2009

La satisfacción

Salió a la calle sólo por caminar un poco sin destino fijo, ¡Cristo! ¡Qué a quien le importa donde! Llegará a algún lado quizá o no, no tiene importancia, en realidad ya llegó desde que dio el primer paso, ese paso es la meta, el camino es la meta, llega y empieza de nuevo paso a paso, le gusta así, tiene que esperar poco hasta el siguiente paso, quizá hasta esté vivo para llegar, quizá no le falten fuerzas, quizá el bastón no resbale en la humedad de las baldosas ni tropiece en las veredas desparejas. Se sabe atrapado en lo inmediato, en eso de nunca ir más lejos de lo posible con la imaginación que imaginar es desear o ir al encuentro o morir de angustia si no llega o se hace lo imaginado. Está resignado a lo inmediato y la inmediatez le da seguridad, es previsible, no tiene que esperar demasiado tiempo. Está resignado y satisfecho, tiempo cumplido, todo cerca, a un paso de distancia, apenas un segundo más o menos. Resignado y satisfecho porque va hacia nadie y hacia nada.
Oscuramente siente el deseo de programar el paseo y lo reprime. ¿Para qué? Así todo está bien, vivir el momento sin quedarse. ¿Para quién? ¿Hay alguien esperándolo? Los hay, pero si camina llegando siempre sin llegar nunca, andando sin ir, en algún momento los que están estarán demasiado lejos y lo olvidarán. Todos olvidan, todo se olvida.
Él mismo olvidó tanto ya que ni se acuerda de cuanto. Olvidó por qué se enamoró tantas veces y ni un amor lo acompaña en el andar. Recuerda los momentos, no las razones del amor por más que siempre las encontró para justificarse, pero como los momentos pasan también olvidó muchos de ellos, no los suficientes, piensa.
Piensa. En el siguiente paso que lo aleja acercándolo al siguiente. En aquella historia con hijos y hogar que una muchacha tonta que de buena y mansa pasó misteriosamente a arrogante y engreída, demolió una madrugada a los gritos llamándolo cornudo delante de los pibes. Piensa. En aquella otra a la que dejó por esta gritona inmadura y que hubiera sido su lugar donde reposar. Piensa.
Esa muchacha tonta…
Cuando a él le sobraba el dinero ella era una calesita y él lo mejor que le pasó en la vida. Se lo escribió en una tarjeta junto al tradicional “te amo” para algún cumpleaños, pero cuando las provisiones empezaron a escasear por esas cosas de la vida ya transcurrido cuarto siglo de pareja, ella no perdió oportunidad de gritarle que era lo peor de su vida. Tiempo antes se ocupó de atender en la cama matrimonial algunos asuntos personales con la excusa de que él hacía lo mismo en hoteles, sin ella. Descubierta y asustada pidió perdón y siguió gastando dinero y sábanas con él, pero las sábanas se rompen, el dinero se acaba y el amor también. Nada lo salva, ni calentura ni cortesía.
Piensa y camina. Un paso tras otro. Cada vez le cuesta más partir y llegar, se está aburriendo como le pasó antes de sus gritos y su indiferencia. No termina de entenderla ni siquiera culpándose de todo y disculpándola. Sirve culpar al otro, no a uno mismo. Perdonar sirve, lo sabe, perdonó siempre, aunque no es para dos el beneficio si el otro no aprende a perdonar.
Demora los siguientes pasos y disfruta del Otoño, de ese olor húmedo que disuelve la siesta, de las hojas de los árboles tan iguales a él, tan cayendo, cayendo, cayendo, opacas; de la levedad del sol. Mira las ventanas de los edificios del otro lado del amplio boulevard e imagina historias; detrás de los vidrios hay personas, hay vida y hay muerte, hay gozo y hay otoños, hay memoria y olvidos. No hay hojas que caen. Por un instante le gustaría estar ventana adentro, ser dueño de un momento para mirarse caminando y saludarse a modo de despedida. Al menos no estará tan solo. Ansía un café y una mirada, el roce de chinelas sobre la alfombra y que no sean las suyas, algún ruido, cualquiera sea, algo que se rompe, una puerta que se golpea. De nuevo en la realidad cruza la calle y avanza. Más mujeres, más amores… Los recuerdos…
Aquella niña del campo tan sinceramente fresca, tan auténtica, tan simple, tan bella por eso mismo a la que conoció por casualidad y se aferró arrobado. Ese fue su amor más puro, no puede olvidarlo pese al olvido de todo, de todo, que intenta, que intenta. Estudiante de abogacía en la UNL que se embarazó con audacia y a la que se le murió el niño en el vientre pasado el tiempo del nacimiento por un médico borracho que un viernes a la noche recetó calmantes por teléfono y convino una visita al consultorio para el lunes porque no hacía visitas a domicilio y el lunes fue tarde para nacer. Aquella que lo amó sin reproches ni siquiera cuando la abandonó por esa otra muchacha tonta. Que años después lloró sobre su pecho la muerte del padre que a él le recordó ese otro llanto por el hijo. Aquella por la que hizo canciones y escribió poemas.
O esa otra que apareció cuando él ya estaba harto de la muchacha tonta; deslumbrante, inteligente, bella vestida o desnuda y que fue la mejor ayuda para su alma y sus hijos cuando esa muchacha tonta hizo las cosas por las que pediría perdón. En otra de sus malas decisiones la dejó por creer arrepentida a la muchacha tonta y por los hijos.
O esa pequeña tarambana que quería algo más que salidas furtivas, algo serio, que se conociera su amor, o esa de una sola noche porque era tan atrapante que de haber habido otras no hubiese escapado nunca. O esa… O esa…
Esa también muchacha de campo de la que está enamorado desde los quince años, desde el primer beso frente al lago hace ya tanto tiempo y con quien vive la permanente aventura de encontrarse y desencontrarse, de amarse y desenamorarse siempre, siempre… Cobardemente siempre.
Que bueno, piensa, haber amado, haber sido amado, que bueno. Haber triunfado por momentos y fracasado siempre, de haber huido siempre. Haber gozado y dado gozo. Haber gozado siempre. Pudo ser feliz, enteramente feliz pero… apareció esa muchacha tonta. Fácil, donante, donada. Perdía la ropa con constancia y rapidez, inusitada rapidez; experta desnuda y tonta vestida. Por aquello se quedó, por esto se atrevió a ser feliz con otras. La familia que vino cerró la jaula pero también lo hizo creer en su misión de sacarla de la calle, quitársela a los otros y de darle sábanas respetables para siempre, una obligación moral para no ser como todos los que la conocieron. Suavemente y con desgano ríe. No sirve intentar la redención desde el pecado. Apenas se aventura a deducir que quizá el tonto es él y no ella y apresura el siguiente paso para no consentirlo.
Camina y piensa. Piensa y camina. ¿Qué es primero? No se piensan los pasos, se dan…, se dan… Quisiera perder los recuerdos o perderse en ellos y no caminar más, no ir. Levantó la vista hacia la copa de los árboles viejos, viejos de siglos; allá arriba, lejos, hay otra luz, de un sol sin desgastes, sin sombras, sin historias; luz nueva. Intenta un pequeño salto y no la alcanza. Baja la vista a las baldosas y camina. Otro paso y otro y otro. De repente se detiene, siente miedo, ya sabe hacia donde va… hacia esa muchacha tonta que no lo espera, va con esa muchacha tonta que no está… que no lo acompaña, que no está. Tuerce la boca en un rictus que quiere ser una sonrisa y sabe que está condenado, que no volverá sobre sus pasos, que ya le dio todo, hasta la honra y que no pedirá vuelto, la idea lo alegra, sabe que serían monedas falsas, murmura “andate al carajo” sin bronca, resignado. Se le arruinó el paseo. Perdió la libertad y la iniciativa. Pasa del entusiasmo a la depresión en ida y vuelta. Está condenado, va hacia ella vaciado, va con ella sin amor, sin recuerdos, sin olvidar nada, sin placer. Hasta este ha terminado y entre ellos, piensa, nunca hubo otra cosa y le duele. Por suerte ella no está, nunca estuvo donde él iba. Esa muchacha tonta… ¡Qué lástima…! Lastima… Cualquiera la convencía. Plantarle ideas era tan fácil como acostarla y ni siquiera para eso último en lo que era experta desde adolescente logro despabilarse y jugó siempre de suplente en la reserva, sustituta de horas aburridas, pasajera de esas que pasan, pasajera de esas que son llevadas, ¡Carajo…!, siempre así hasta que él la incorporó a primera y la pintó de respetable.
Prende un cigarrillo y tose. Cuarenta años el pucho y él juntos sin un desencuentro. Ni tos ni gripe logró separarlos, eso es fidelidad. Lo mira, observa la fina columna de humo que se aleja y dispersa reconociéndose en ella. Da una pitada profunda y camina lentamente, el tiempo es humo que también se va. Por momentos se aburre. Por momentos fue fuego y en otros humo. Se reconoce sin encontrarse…
Recuerda. Esa otra muchacha fea pero dulce, sabrosamente dulce, larga, inacabablemente larga, imposible de recorrer entera en una sola noche a la que nunca amó dejándose amar como un acto de misericordia, disfrutándose sabiendo ambos que toda vez podía ser la última, disfrutándose con estilo, con sabiduría. Dejaron de verse por casualidad y por siempre. Recuerda… Aquella otra que lo despachó hacia la amistad que aún los une excluyéndolo para siempre de su cama. Trata de recordar si fue dejado o si dejó más veces, sonríe, no importa, la competición no se plantea en esos términos, la cuestión es haber vivido. No importa quien partió ni quien te hizo partir. Siempre, siempre ocurre lo mismo; son dos para unirse y dos para separarse. De a dos… De a dos siempre, siempre de a dos. No vale mirar el revés del cuadro. Atrás no hay nada, sólo recuerdos, imaginación y se va olvidando para finalmente… nada, nada, siempre nada, ahora y antes.
Sale y llega paso a paso, ya se huele el río. Algo le dice que algo está por terminar, que hay un silencio esperándolo, lo fascina el silencio, puede ponerle música, su música, inaudible, pretensiosa, cantar bajito esa canción “dices que tu sueño es quedarte conmigo, compartir la vida, vivir el amor, y que ni el silencio te robe mi canto ni que otros cantores apaguen mi voz…” Inicia una carcajada que se acalla sola frente al río, llegó al río y no habrá más pasos, lo observa con temor, sabe donde termina el río, donde concluye el río…, el mar… Demasiado grande, tan grande tan que caben Alfonsina y el Titanic; todas las canciones, las novelas y las películas. Mar de monstruos y de corales, de delfines amigos y de tiburones, mar que todo cubre, que todo diluye, en el que todo se pierde. Definitivamente…
Teme y ama el río… Lo ve como otra prisión, como otro prisionero que a veces se rebela. Sabe que está preso de sus orillas, sabe que es una herida de la tierra y se estremece, el río lleva, arrastra, nunca se detiene y él quiere quedarse en algún lugar, tener un lugar, un útero donde sentirse a salvo. Da un paso más y moja sus pies en las aguas marrones. De pronto entendió y se supo libre, libre al fin. Siempre la perdonaría. Esa muchacha tonta… Siempre la perdonaría. ¿Eso es amar? Entonces no está solo. Si fuera setiembre el olor de la vida lo haría volver pero es otoño y caen las hojas. Caen. Se encienden los fuegos del hogar en los hogares de otros…, enciende otro cigarrillo, da una pitada y lo arroja a las aguas para apagar ese otro fuego. Lo asaltó un recuerdo bello que duele… Ella lo mira desnuda y satisfecha, fumando, sus pequeños pechos erizados, el olor de su cuerpo invadiendo el cuarto del hotel por horas. Acidulce. Tan grato. Sabroso. Mira las aguas, mira el río, mira que va, mira el río, mira que va, mira el río, mira que va. Él ya no. Él no tampoco se queda. ¿Para qué? ¿Hay alguien? Siempre hay alguien que no siempre está. Mira hacia sus costados y está solo, es su oportunidad de darse cuenta, de aceptarlo. Se pregunta si vale la pena mirar hacia atrás. Se atreve…
Cuando lo hizo sonrió satisfecho. Había muerto. Paso a paso había muerto. Es bueno morir de a poco…
Entones volvió.


Un cuento de Juan Carlos Sánchez
De “En ocasiones de piedra” – Cuentos y Relatos – Inédito
02/13 Jul 09
Algunas fotos fueron extraidas de http://www.freyja.cl/

sábado 23 de mayo de 2009

Querido César


Le escribo desde acá a César Actis Brú en lugar de hacerlo en privado porque quien se guarda un elogio se apropia de un bien ajeno, es un ladrón.
Carta a un amigo y a los amigos que andan sueltos por allí.


Escribe Juan Carlos Sánchez

Por tu e-mail (que copio al final) entiendo que si andás con rayos seguro que no tenés un simple resfrío y rueda de bici tampoco sos, así que habrá que intensificar la oración todos, todos, para que finalmente Tata Dios haga lo que quiera que para eso es Dios. Lo único bueno es que Su Voluntad siempre, siempre, será para vos y todos nosotros mucho más buena que la nuestra.

Son raras estas cosas de la fe. Bergoglio despedía a Novak diciéndole ante el cajón “Te envidio hermano, llegaste donde yo voy…” cuántas lecturas se pueden hacer de esa frase.
La primera, que le habla a un vivo ante su cadáver. También que reconoce la continuidad de una relación personal, comunión…
Y que el Cardenal, sin negar que lo extrañará un tiempo hasta verse de nuevo, guarda la esperanza de la salvación propia y de la de Novak.
Pero por sobre todo la trascendencia explicada con sencillas palabras a un amigo.

Cuando se murió Vicente (Grases Millet, Pbro) a quien cuidamos hasta el final, lo despedí con un simple “hasta vernos, compadre”. Lo cuento por allí en un relato. Todavía pese a los años que pasaron lo extraño los domingos en la mesa de familia, como a mis queridos para siempre y que vos conociste pero… Pasan los años y cada vez estoy más contento y es porque falta menos tiempo para reencontrarnos ¡si Dios ejercita su Misericordia a fondo conmigo! y no me duelen los que se queden por dos razones, una porque ellos se librarán de mi que ya es mucho y dos, porque los estaré esperando en la eternidad y como allí no hay tiempo tampoco habrá morriña. Además allá no hay elecciones y los K no gobernarán.

En un e-mail que te envié cuando avisaste que iniciabas el tratamiento de rayos y con ese humor de estiércol que tengo te dije “¡Viva el cáncer!”
Pero te lo expliqué y vale que lo repita.
Parece que el bichito está asociado a la santidad, fijate en el P. Alberto Hurtado,sj el santazo chileno. Pasaba delante del crucifijo arrastrando sus males que eran muchos, persecuciones, desánimos, presiones de todo tipo y finalmente cáncer de pulmón y le decía a Jesús “Contento Señor, contento…”
Cuando le diagnosticaron el mal que lo mataría se mostró alegre. Se acercaba rapidito el momento de su encuentro con el Señor. Llegaba hacia donde caminaba.

El Padre Vicente oraba insistentemente pidiendo que su muerte no sea súbita sino que el Señor le de tiempo para prepararse. Y vaya si se lo dio, algunos pocos meses pero suficientes. Cáncer en el pácreas.
Vos fuiste el instrumento para que él con su hermano también cura y yo compartiéramos la Eucaristía diaria en su cuarto de enfermo en el Hogar San Vicente de Paúl, orquestaste todo para que celebrara. Ya al final del camino me decía “le pido al Señor que o me cure de una buena vez o me lleve con Él, pero que se decida”. Cosas de catalán, ¿no? Que haga su voluntad pero que la haga… ¿Me explico?

Un cura de Traslasierra, Manuel Ignacio Pereira, reemplazó a mi tío el P. Jesús Sánchez cuando este murió en la puerta de la casa parroquial de San Juan Bautista en Nono. Luego fue trasladado a la Pquia. de Mina Clavero y allí murió hace un par de años más o menos. Cáncer. Un tipo excepcional, predicaba a los lugareños y a los turistas siempre a templo lleno, recitaba el Evangelio Criollo del P. Anzi, sj de memoria y lo suyo era fresco como la brisa que Elías sitió al paso del Señor.
Con los frascos colgados y caños por todos lados daba catequesis a los adultos en su casa particular. Allí estuvimos con el P. Ricardo Mazza. Su preocupación no era la enfermedad sino servir hasta el último momento, cumplir, porque… “…después Él cumple…” decía.

Edgar Gabriel Stoffel es otro ejemplo de búsqueda eficiente de la santidad.
Una Gracia para la Iglesia santafesina dijo Samy Jofre, cura. Lo conté en mi recuerdo final del gordo.
Se ocupó hasta el último momento de todo, su parroquia, sus libros (para que fueran a las manos adecuadas), sus escritos y su Mamá. Antes de descomponerse para no recuperarse estuvo trabajando en su último libro sobre la Virgen de Guadalupe, su gran amor.
Siempre fue generoso hasta el extremo, sencillo, pobre de espíritu y de bolsillo pese a los amigos poderosos que tuvo, políticos, empresarios, gremialistas. Y fue fiel siempre. A sus pobres, a sus hermanos en el sacerdocio, a sus obispos.
Le dolió mucho el episodio del Padre Guntern que fue lo que resolvió su vida pues y según dicen algunos médicos, por el stress que baja las defensas del organismo le abrís la puerta a muchas enfermedades, al cáncer entre ellas.
No “apretó” a Guntern y sin embargo nunca quiso que se publicara material que podía librarlo del procesamiento que le dieron por la cabeza solamente por no dañarlo al “viejo”. Cuando vivía porque vivía y cuando muerto porque muerto. Que era inocente lo dice hasta en su testamento y en esos documentos finales nadie con Fe se atreve a mentir. Guntern mismo lo dijo y se lo demostró de mil maneras. Pero eso es otra historia.

Una persona amada por mi que vos no conociste, Da. María Elma Martínez de Sánchez, cordobesa de traslasierra, nacida en Panaholma y fallecida en Mina Clavero, viuda de Justo pastor Sánchez, hermano de papá, se moría de cáncer y cuando le dije de llevarla a Córdoba casi me pega con la escoba de pichana.
“Gloria quiero, no salud…” ¡Qué vieja…!
Contaba que tenía “al lomo” cinco ejercicios espirituales del Cura Brochero y de esos en serio, con azotes y todo. Me recordaba siempre lo de Pablo: “La ciencia hincha, sólo el amor dignifica…” Apenas si sabía firmar.

O sea mi amigo, que no estamos hablando de muerte sino de vida. Caigo, al final de la cuenta, que a ojos de cualquiera estoy siendo necrófilo. Pero ante quienes tienen Fe no.
Aclaremos para los que no creen lo suficiente y que por eso desesperan: No te estoy anunciando la muerte porque sería una pavada, que te vas a morir, eso seguro; vos, yo y todos. Lo sabemos. Lo que estoy diciendo es que las pruebas son una muestra de amor de Dios, que Él templa a quienes ama, que los siembra para que los demás crean, por eso hay que aprovechar la volada y dar testimonio y vos lo estas dando cuando anuncias tu regreso al claustro universitario donde “con dificultades intentaré agradecerle al Señor retomando el servicio”. Me edificas, amigo; edificas a nuestra Iglesia. Que lo escuchen los sordos que los santos no somos mudos.
(Uso la palabra “santos” recordando nuevamente a Pablo y a sus cartas a las iglesias, a los “santos” de las iglesias.)

Por eso te deseo que aceptes la voluntad del Padre y se que estás firme para hacerlo. Te necesitamos acá y allá.

Que la salud que es el Amor del Padre te glorifique en tu testimonio y que vivas todo lo necesario para darlo.

Gracias por tus bendiciones, que Tatita te siga bendiciendo.

Un apretado abrazo:

JC

PD:
Casi lo omito por olvido. Cuando murió Evita pintaron en las paredes ¡Viva el cáncer! ¿Viste que tenían razón los gorilas? Porque aunque le cargues a lomo a Evita todos los pecados posibles, que amaba nadie lo puede negar.


El e-mail de César

Queridos míos

Cumplo en hacerles saber que dentro de su gravedad mi salud parece haberse estabilizado con las oraciones de todos (incluidas especialmente las de Uds.), el trabajo de los médicos, los cuidados de Sussy que es mi ángel de la guarda, el amor de mis hijos y nietos y la desinteresada colaboración profesional como enfermero de Manuel Alejandro Peralta.

El 13 de Mayo (providencialmente) comencé con las 25 aplicaciones de rayos diariamente (menos sábados y domingos). Si el Señor permite, la semana próxima retomaré mis clases en la UCSF. De esa manera dejaré de estar pendiente de mi situación y con dificultades intentaré agradecerle al Señor retomando el "servicio".

César

PD:
Alegremente ofrezco mis dolores por mis metidas de pata y por las
necesidades de los otros.¡Gracias, por la caridad de las respuestas que he recibido!
Que el Señor los bendiga mucho a todos y cada uno de Uds.

César


Nota:
César es Diácono Permanente o sea, un consagrado, no llega a cura por Susy, su esposa. Es escritor, poeta, ensayista, profesor universitario y mi amigo desde la infancia, del Convento Santo Domingo de Santa Fe, desde donde él salió hacia la santidad y Susy y yo a divertirme con las mujeres.
En un cuento que publico en este blog doy las coordenadas hacia donde salimos cada uno de nosotros.
Y como ocurre y por Gracia, siempre nos reencontramos.
Prologó mi “opera prima”, “El Abbá, la Morada y el Acacio” editado en 1999

E-mail del autor zschez@yahoo.com.ar
23 Mayo 09

domingo 12 de abril de 2009

¡Oh Padre, devuélveme a mi hijo…!


La oración de María en la noche del Sábado es la aceptación de la madre a la voluntad del Padre. Ella cree y espera a su hijo resucitado.
Escrito en las vísperas del 7 de Abril del 30


Por Juan Carlos Sánchez

Todo indica que Jesús murió el 7 de Abril del año 30 aunque algunos estudiosos dudan si fue el 6 o en el año 33. No tiene importancia, Él es el Señor del tiempo y de la historia, hay un antes y un después desde Él, Él es la bisagra de la humanidad, el calendario de la vida comienza con Él y cuando hay vida hay esperanza y las fechas pueden ignorarse.

Esto que escribo hoy en la Semana Santa de 2009 es sencillamente testimonial, no tiene valor teológico ni filosófico ni de ninguna ciencia, es solamente un espíritu que espera volcado sobre el teclado; lo que un sesentón teórico dramáticamente bendecido siente desde que la resurrección se le hizo manifiesta. Y todo por el amanecer de aquél día en que María, la humilde muchachita de Nazareth, oró al Padre reclamando la presencia de su hijo vivo y resucitado, el mismo cuyo cuerpo muerto acunó en sus brazos cuando fue bajado de la Cruz.

Esa breve oración que María Valtorta pone en boca de la Madre al relatar una de una de sus visiones, la del 21 de febrero de 1944 precisamente [1], tiene demasiados significados y algunos quiero compartirlos ahora, son necesarios para interpretar lo que luego será el testimonio.
La Virgen Madre cree en su Hijo, lo espera, sabe que la visitará para calmar su agobio. Ella recuerda su promesa: Edificará el templo (de su cuerpo) en tres días y como es el alba del Dies Domini ansiosamente no quiere esperar, ¡Ya es hora Jesús, ven…! Pese a todo, a su fe, ora. Se une a la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos la noche de su prendimiento: “¡Que se haga tu voluntad, Padre, y no la mía..!” Y esa voluntad es morir para que todo resucite con Él. Fue necesario, la semilla debe morir para que se goce de los frutos.
Y esa Madre que quizá esperó ejércitos humanos o celestiales que rescatasen a su Hijo del martirio acostumbrada como estaba a milagros y fenómenos, tuvo que soportar que “una espada traspasara su corazón” y sostener en su regazo la cabeza yerta para creer. Es que hay que morir para dar fruto, como la semilla…
Y ora, porque no es ajena ni al misterio ni al poder de Dios ni a la voluntad del Padre. Participa de la Resurrección activamente, ora… La voluntad de Dios no se acepta pasivamente, hay que actuar, romperse, sentirse impotente, desgarrarse, aceptar, saber que humanamente todo está acabado y que sin embargo hay una esperanza que se hace milagro en esa oración, milagro en lo secreto.
Ella, con la plenitud de los derechos que le da aquél “fiat”, el “si” con el que todo empieza treinta o cuarenta años atrás ante el anuncio del ángel de su maternidad, pese a ellos, ora.
Podría haber reclamado airadamente al Padre que ya que fue capaz de dar vida desde lo humanamente imposible antes vuelva a hacerlo ahora y sin embargo humildemente, angustiadamente, ora. Podría haberle reprochado la forma de morir de su hijo, podría haber reclamado en nombre de aquél “sí” sin el cual esto no estaría ocurriendo, pero ora.
Acepta la voluntad del Padre y nos enseña –es otra enseñanza- que hay que orar para vencer la muerte.

Es también la oración de Jesús en el huerto. Acepta la voluntad de Padre para vivir y dar vida. Porque aunque Él sabía de su resurrección también temía su muerte cercana, y ora.
La voluntad de su Padre era un canje: La inmolación del Cordero para la resurrección del rebaño tras su Pastor. La glorificación cuesta y vale.

En Jesús y en María la santidad es pletóricamente humana y se expresa en la oración. Desde la dificultad de su humanidad se hace virtud dejando actuar la Gracia, permitiendo que los invada y sometiéndole su razón.
La oración de María es prisa por ver el cumplimiento de la promesa, hay mucho de temor en ella, es humano que así sea. No duda pero se angustia y entonces, duda. Es la paradoja que envuelve el absurdo de la Cruz.
Es humana, muy humana. Jesús también se angustia aunque sabe lo que pasará. Es humano, perfectamente humano.
Al dejarse invadir por lo divino complacen el sueño de Dios y lo divino sucede. Siempre fue así, siempre es así. Sucede con cada uno de nosotros cuando lo permitimos.
Jesús, pudiendo evitar la Pasión acata la voluntad del Padre. Jesús es divino.
La divinidad no consiste en hacer lo que se quiere sino lo debido, lo exacto, al estilo de lo que oramos en el Padrenuestro: “…hágase Tu Voluntad…”


No recuerdo bien cuanta importancia le daba a la muerte, algo muy lejano para mi por aquellos tiempos de hace casi dos décadas, ni si hacía juicio de la resurrección y menos aún de la oración. Creía, sí, fui educado para creer y la Gracia obró en mi, pero no era lo fundamental. Lo que importaba por entonces era la política, los negocios, las mujeres, los buenos vinos y los quesos estacionados y sabrosos y el churrasco jugoso.
Me tuteaba con el Presidente de la Nación y con el Gobernador de la Provincia (Menem y Reutemann) y de allí para abajo con quien quería, nadie protestaba. Cambiaba de auto y de compañía según el gusto del día y me buscaban los periodistas. La vida era una fiesta y de pronto murió mi padre. Siempre lo admiré a más de amarlo.
Fue una agonía corta y elegante si se quiere y yo oré para que muriera luego del cumpleaños de mamá que es el 29 de Julio y del suyo propio es el 31 de y así fue, murió un 2 de Agosto a los 82 años.
También oré por su sanación sin éxito y sin furia por el resultado. César Actis Bru me iluminó: “Él hace lo que quiere y no siempre lo que le pides, para eso es Dios…”
Me avisaron que a las 5:30 de la madrugada hizo un paro, avisé a mamá, busqué sus pertenencias de la terapia intensiva del Hospital Italiano, preparé el velorio, llevé a la funeraria sus mejores ropas y cuando todo estaba en orden me fui a casa a llorar..
Desde mi cama y por un amplio ventanal casi puerta ventana se veía el patio con algunos frutales y muchas plantas. De traje y corbata me tiré sobre el cubrecama sin pudor por mis lágrimas, todo dolía. De pronto…
Escuché una voz amada y conocida que me decía “¿Pero por qué lloras hijo? ¡Si yo estoy bien…!” repitiéndomelo un par de veces más. Alcé la mirada hacia el patio y allí, entre los naranjos, algo por encima del suelo y con una juventud que había perdido hacía décadas, estaba papá mirándome sonriente, acariciador. No se que sentí pero una gran consolación me cubrió. Lo demás, la Misa de cuerpo presente, el entierro y el regreso a la casa paterna con mamá es otra historia.
¿Resurrección…?
Con el tiempo descubrí lo singular del mensaje de mi padre. No solamente me consolaba, me anunciaba el misterio, proclamaba para mi la Fe que me deseaba.
¡Oh Padre, devuélveme a mi padre…!
Fue el primer aviso. Sigo contando.


Todos en familia creímos que mamá no duraría sola.
Mi casa siempre fue ordenada, limpia y acogedora. No el paraíso en la tierra porque la habitamos humanos pero sí con algo de anticipo de él que aún me causa morriña cuando lo recuerdo.
La mesa con mantel impecable, servilletas para cada uno con su aro servilletero de color que la identificaba, las sábanas limpias siempre, los pisos relucientes, la ropa planchada, las sartenes brillando y el patio con flores. Mi casa paterna / materna fue un útero seguro donde me enseñaron que lo externo es imagen de lo interior y que a su vez lo moldea, que el desorden y la suciedad tienen que ver con la fragilidad de espíritu. En casa las ollas y la vajilla pasaban de generación en generación, todo duraba, todo era bello.
Mamá se esmeraba en atender a papá especialmente luego de su primera enfermedad, un ACV seis años antes de morir. Siempre fueron exquisitamente unidos. En la oración diaria del Rosario, en la Misa, en los viajes de vacaciones, en investigarme la andanzas juveniles o mis estudios. Vivían el uno para el otro y hasta parecía que por el otro. Sin embargo mamá moriría a los 96 años, 14 luego de papá y tiene su explicación: Aún era necesaria, no había acabado su misión, el sueño de Dios para con la “Señorita Ñata” como se la conocía en la escuela. Claro que eso es otra historia.

Mamá murió rápidamente con apenas un par de días de internación a las 5 y media de la tarde de un 1º de Mayo. Acomodé su velorio que no fue público y al día siguiente, cumpleaños de nuestro quinto hijo Mariano Vicente Bautista, la depositamos en el crematorio en espera. El día fijado fui con una sopera de plata con bandeja en su base a retirar sus cenizas –ella valoró mucho ese regalo que le hice años antes- y la traje de vuelta a casa. Nunca imaginé hasta que punto mamá retornaba al hogar. Un regalo que llegó en un regalo.

Me preparé para pasar el peor cumpleaños de mi vida en Julio. Extrañaba anticipadamente el beso y el regalo de mamá y llegó el día y algo me distrajo.
Mi casa está abarrotada de libros, de muebles antiguos, de cuadros y el piso de las oficinas, recepción y dormitorios es de pinotea y sentí un fuerte olor a quemado. ¿Se ponen en mi lugar?
Salí disparado por todos lados buscando el incendio, recorrí la casa entera y miré dos o tres veces la recepción donde está el hogar a leña por si a alguien se le había ocurrido prender fuego. Busqué nariz en alto en los cuartos de los niños por si habían sido ellos y finalmente me detuve… ¡Si! ¡Acertaron…! ¡Frente a la sopera…!De ella emanaba un fuerte olor a hogar a leña, olor a hogar… ¿Me explico?
El fenómeno se repitió en Navidad y un año después cuando uno de mis diarios digitales superó la marca de las 7.000 lecturas en un día. ¿Tienes Internet en la nube, mamá?
¡Oh Padre…! ¡Devuélveme a mi madre…!

Pero faltaba algo más…
Tía Victoria, la hermana mayor de mamá y mamá misma usaron por años y hasta que dejó de conseguirse un perfume no demasiado común llamado Mary Stuart. Tía Victoria fue mi segunda mamá, la más cercana de las tías, la que me hizo gustar de la ópera, del canto de Fray José Mojica, franciscano, en el Teatro Municipal de Santa Fe, de la orquesta sinfónica, de la pascualina de acelga con queso y especias a gusto y de los ravioles caseros.
Vuelvo al perfume. Cuando desapareció del mercado ese aroma pasee a mamá por fragancias y marcas diversas hasta encontrar uno que fue de su agrado, labor que me ocupó por algunos años. Ni parecido al mencionado quiero dejar bien aclarado.
Del episodio del famoso incendio que no fue pasó algún tiempo hasta que tomé valor para revisar las pertenencias de mamá que quedaron tal cual ella las dejó cuando la llevé al sanatorio donde falleció. Abrí la puerta del que fue su ropero personal y el olor a Mary Stuart, fuerte, dominador, me aleló. Revisé de arriba abajo el mueble, los cajones, saqué todo afuera buscando el frasco olvidado que supuse mamá había conservado y que seguramente quedó abierto. No lo pude hallar.
El perfume persistía pese a las puertas abiertas del ropero y al desorden que estaba produciendo con mi búsqueda. Finalmente me encogí de hombros, ordené como pude, cerré cajones y puertas y dejé el asunto para el día siguiente. Cuando quise constatar el perfume pasado el mediodía ya no se percibía. ¿Anduvieron las hermanas de visita?
Pero mamá nunca se anduvo con chiquitas.

Destinamos el dormitorio de mamá a tres años de su fallecimiento para nuestra tercera hija, Angélica. Ella quiso cambiar de ropero eligiendo uno antiguo con tres espejos grandes, uno en cada puerta. Así que el que usaba mamá fue vaciado, trasladado a otra habitación y acomodadas allí sus pertenencias (las que aún quedaban) con otras variadas. (¿Toman debida nota de que se aireó la ropa y el mueble?). Bien… Cuando se abría alguna puerta de ese famoso ropero el olor al perfume nuevo que usaba mamá invadía el cuarto. No había frasco alguno en él ni su ropa guardaba la fragancia. Nos acostumbramos o nos resignamos si se quiere, a compartir la casa con… (?) Fue costumbre hasta el día en que se celebra la Asunción de María a los cielos.
Y aquí vale acotar que mamá se llama Asunta María.

Ese día –y lo supe algo después cuando se animaron a contármelo- Angélica y mi esposa olieron el habitual perfume inexistente de mamá pero acompañado de un fuerte olor a rosas que se alternaba con el otro. ¿Andaban las María de visita?


Es inolvidable para mi la devoción por el rezo del Santo Rosario que mis padres tuvieron siempre. Lo oraban todos los días infaltablemente. Mamá, ya viuda y viviendo en mi actual casa, lo rezaba por las tardes escuchando Radio María o guiado por unas grabaciones de SS Juan Pablo II. Digamos… Ese matrimonio gozaba de cierta intimidad orante con la Mamá de Jesús y nuestra. Y retorno a la oración.

La oración de Jesús en el huerto sometiéndose a la voluntad del Padre y la de María al alba del día de la Resurrección son oraciones de reencuentro, de eternidad, de permanencia. Son oraciones de amor y el amor es lo único que permanece. Cuando terminemos nuestra búsqueda, nuestro peregrinar terreno, recién entonces gozaremos del amor en su perfecta medida; seremos puro amor, como dioses. Habremos resucitado.


La resurrección ya no me es extraña y la muerte no me asusta, es una amiga esperada que siempre cumple con su visita. Llega siempre a horario, ni antes ni después. Nunca es inoportuna.

Alégrense, es Pascua.
“¿Dónde está, muerte, tu victoria?
¿Dónde está, muerte, tu aguijón?"

Les deseo que vivan con alegría y mueran ansiosos del asombro, porque no hay ojo que haya visto lo que el Padre tiene preparado para los que le aman y se aman.


[1] Les sugiero leer http://www.reinadelcielo.org/estructura.asp?intSec=2&intId=22&intIdP=117

E-mail del autor: zschez@yahoo.com.ar
12 Abr 09
Pascua de Resurrección
Publicado en http://enocasionesdepiedra.blogspot.com/

sábado 28 de marzo de 2009

Me encanta María…

Una jovencita quinceañera capaz de bancarse un hijo que no era de su novio.
Ni pensó en decir que no al embarazo, mucho menos en matar al niño.
Me encanta María.


Por Juan Carlos Sánchez

Fuerte, muchacha caminadora de piernas ágiles y cuerpo delgado. Hábil con las manos y de espíritu firme. Una adolescente - mujer que se animó a la vida. Hubiese querido ser su novio. Lo que no se es si hubiese sido capaz de aceptar un hijo que no era mío.

Me encanta María, estoy enamorado de ella desde que mis viejos, el Nacho y la Ñata me la presentaron siendo niño.

¡Te quiero, María!

Fray Vicente (Grases Millet OP) me hizo gancho con ella, me la mostraba como la mejor muchacha, la ideal, la siempre atenta a las palabras que se le dirigían, a hacer un favor, a darse. Yo era pibe entonces. Y hubo algo. Una especie de ¿brrrrr? ¡No se qué…! Como si me estuviese seduciendo, atrayendo, atrapando.
Charloteaba con ella y con el niño que casi siempre llevaba de su mano.
Pasó el tiempo, crecí…
Crecí y me alejé de ella. Aparecieron otras marías, muchas.
Las disfruté a todas y hoy, en el otoño de mi vida, ¡me rindo! ¡Te quiero, María! Te sigo queriendo. Perdoname si te abandoné por años, si te cambié por otras o por dinero, fama, guita, goce.
A tu lado la mejor de las marías no llega a la suela de tus sandalias. Que no se ofendan.

Y lo mejor tuyo fue esa capacidad mágica de aceptar la maternidad contra la ley y la costumbre. Es divino eso, todo lo divino tiene algo de mágico en su misterio y atrapa.
Madre soltera. Que bueno…
Ojalá muchas pibas que meten la pata (como se dice) te miren y te copien. Madre soltera… Nunca se sabe lo que puede llegar a ser ese hijo.
Y capaz de enfrentar a José, tu novio, y decirle que esperabas un hijo que él sabía que no era suyo porque él… Bueh… De eso no se habla.

Y parir tu hijo en un pesebre, y verlo crecer con asombro, y acompañarlo en la Cruz, y abrazarlo vivo y resucitado. ¡Qué mina de oro, María!



Escribo esto al finalizar el Día del Niño por Nacer 2009, 25 de Marzo. Cuando lo suba a la Net será 26 y la vida seguirá y los vivos y los muertos seguirán y los que matan seguirán.
Celebré con buen vino y con Cristina y algunos de nuestros hijos, los más chicos, este día. Cristina es muy parecida a vos, María, claro que con sus dimes y diretes y su genio pero… También aceptó ser mamá soltera de una hija mía, otra Cristina que me hizo abuelo ya, y por eso más que por otra cosa la quiero tanto. Por los ovarios que tiene. ¿Me explico?


Este día lo institucionalizó un amigote de los que no hay muchos, “el Carlo” Saúl, un peronista de aquellos que fue presidente de la Nación dos veces y después muchos países del mundo lo copiaron.
¿Sabés una cosa, María? Hoy no fue como ayer que celebraron con fiestas populares, artistas, festivales, marchas, todo pagado con dineros públicos. Ayer festejaron la muerte. El aniversario de un golpe de estado. Coherente, celebran la muerte los que la proclaman y provocan.
Hoy que podían festejar la vida ningún poderoso firmó un cheque.
Hoy se celebró en familia, como nosotros, como otros, como en la iglesia. En familia. Con Tata Dios, prolífico Papá. Tiene tantos hijos que no los puede contar pero los llama a cada uno por su nombre, para eso es Dios.


Quizá los que me lean piensen que estoy un poco borracho y acertarán. Este no es mi estilo literario, ¿o sí? No lo tengo claro. Estaba bueno el vino.
Es que estoy feliz. Pese a todos los problemas por los que estamos pasando los argentinos hoy vi como crecieron las celebraciones con respecto al año pasado. Nos estamos animando, estamos madurando.
Repito, no con la fanfarria como las de ayer que son parte del libreto, sino las en serio, las “de adentro”, las del alma, las de los simples y humildes de corazón. ¡Qué bueno…! ¡Se celebró la vida! Carlos…

De nuevo como aquella vez cuando eras Presidente te agradezco y te felicito. Adivinaste la que se venía y querías dejar huellas y lo lograste. Quizá un pibe algún día te mire a los ojos y te diga ¡Vivo gracias a vos, vos hiciste que mamá no me abortara! Eso sólo vale más que todas las coimas que te imputan los que matan a los niños.

Y a vos María… ¡Te quiero, María! Gracias por ser como sos, gracias por darnos a Jesús, gracias por aceptarnos como hijos.

Y a ustedes dos, mis viejos, el Nacho y la Ñata, como les digo todos los días mirándolos en la fotografía: ¡Gracias por presentarme a María!
La más bella, la más dulce, la más tierna. La eterna María.
Gracias por hacerme conocer a Jesús, el hijo de María.
Gracias por darme la garantía de que volveremos a estar juntos, todos juntos, ustedes, yo y María con Jesús.


E-mail del autor zschez@yahoo.com.ar
25 Mar 09

domingo 22 de marzo de 2009

Algo inesperado


Amigos:

Esta es una de mis formas de adherir al Día del Niño por Nacer, un logro argentino que lleva la firma de un entrañable amigo de más de tres décadas, Carlos Menem. Seguramente más de un argentinito le debe la vida al riojano, no lo olvidemos nunca, que cada 25 de Marzo sea un día de fiesta y de orgullo nacional.

Lo escribí hace años habiendo vivido de cerca el suceso, tan real como el niño que hoy juega en la plaza del barrio. Vivió gracias al amor.

Sirva este cuento para que alguien que piense en matar por temor, reflexione.

JC

Algo inesperado

Por Juan Carlos Sánchez

— Pero... ¡Si no es tuyo...!
Él simplemente la miró. Giró sobre sus talones, encendió un cigarrillo, le dio una pitada y lo apagó en el cenicero de ónix recuerdo de unas cortas vacaciones en familia por las sierras de San Luis. Se miró en el espejo de la cómoda, ordenó su flequillo rebelde y con un giro teatral enfrentó el indisimulable e incontenible asombro de esa mujercita firme y sólida que era su prometida, con una leve sonrisa tristona en los labios. Ella estaba atónita. Había elaborado esa conversación durante varios días y preparado todas las repuestas posibles a las distintas actitudes menos esta. Esta era la inesperada. Había previsto todo, menos lo que estaba ocurriendo.
Inclusive había avisado a una vecina chismosa y comedida, una buena amiga a quien había tomado como confidente, de que esa noche conversaría con Joseph, de que le contaría todo y le pidió que estuviese atenta, que si gritaba era por miedo a algo y que si eso pasaba, que llamase a la policía y al rabino. Se arrepintió de haberlo hecho. Joseph nunca se descontrolaba. Era firme y fogoso como todo hombre joven que luchaba a brazo partido con la vida, seguro de sí mismo y capaz de enfrentar las peores vicisitudes pero no imponía sus ideas usando la violencia, nunca pendenciero, jamás golpeador. Pacientemente aguantó con ternura sus veleidades de niña casi rica, hija única de una familia de clase media acomodada y la soberbia autosuficiente de su parentela.
Cuando fue necesario servir, Joseph puso su corazón y sus hábiles manos de obrero al servicio de algunas reparaciones de emergencia en la casa paterna y hasta se ocupó con benevolencia samaritana de las pavadas histéricas de una tía solterona. Pero un poquito de miedo tenía. Un hombre es un hombre y su comportamiento puede ser impredecible ante circunstancias dolorosas. Además, la ley era la ley y la ley autorizaba el repudio y en ciertas circunstancias condenaba a muerte a una mujer en su situación. Claro que en estos tiempos modernos ya no se aplicaba.
Mirándolo ahora, una cálida ternura la ahogó. ¡Era increíble ese hombre! Capaz de lo imprevisible como si fuera lo más natural del mundo. Solamente los poetas y los locos eran capaces de vivir un ensueño con tanta galanura y sin perder la compostura. Los ensueños nunca se parecen a la realidad y quien puede sobrevivirlos es un predestinado o un extraterrestre.
— Pero... ¡Si no es tuyo...! — repitió Myriam como una cantinela — ¡No es tuyo...!
Meditó las siguientes palabras porque comprendía que en ellas se jugaba el futuro de ese hijo que llevaba en su seno; no se atrevió a mirarlo de frente y recurrió a la excusa de la ventana como si le interesara lo que pasaba en la calle. Clavando la vista en la nada, habló al fin.
— No tenés conmigo ninguna obligación. Es mi hijo y puedo arreglármelas sola. No es lo que quiero, pero lo acepto.
Joseph esbozó una leve sonrisa dolida y un tanto irónica. Miró la nuca de Myriam y se detuvo con deleite en su larga cabellera ondulada que bajaba casi hasta la cintura. Admiró su cuerpo elegante, su cintura esbelta y sus piernas de estatua griega. Por un momento sintió rabia, celos, envidia; una catarata de sentimientos contradictorios lo invadió. Deseó golpearla y acariciarla al mismo tiempo, protegerla y condenarla, perderla y a la vez perderse en ella.
— Todo lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. Esa fue nuestra promesa, la que nos hicimos hace mucho tiempo y yo cumplo mi palabra.
— Pero no es tuyo...
— ¡Pero es tuyo! ¡Por eso es mío! —La lógica cruel del concepto los inundó a ambos por igual de una profunda pena—. Lo tuyo es mío... Solamente vos puedes desposeerme de lo que es mío. Solamente tu voluntad puede romper la promesa. Yo no renuncio a lo mío...
— Entonces... —Myriam había superado los límites del asombro— ...entonces... ¿Vos me querés igual?
— ¿Te dije alguna vez que no te amaba?
— Pero yo...— la frase inconclusa dijo todo.
— Hasta tu pecado es mío, hasta tu pecado.
Cuando la vecina los vio salir abrazados camino al supermercado de la esquina supuso que Myriam le había mentido un poco en esa historia contada a medias con muchos silencios y lágrimas.
Gabriel Arcángel, un vecino nuevo que pasaba por allí haciendo un mandado, memorioso de una historia parecida ocurrida hacía mucho tiempo en otras circunstancias y por voluntad de Dios en la cual también el amor abrazaba todo, inclusive el pecado, apuró el paso tratando de doblar al final de la calle antes de que la incontenible carcajada brotase de su boca apretada en el esfuerzo por silenciarla.


Del libro "Bajo la Piel"

domingo 15 de febrero de 2009

El ombligo



(A Fray Vicente Grases Millet OP, compadre y maestro, in memoriam)

Cuando pasé los cincuenta comencé un examen profundo de mi conciencia. Quise saber lo más certeramente posible la cantidad y calidad de mis pecados, por las dudas...
Para un obeso fumador y sedentario descendiente de cardiópatas el medio siglo representa una barrera que impone, de traspasarla, ciertas decisiones de importancia. Entre ellas comenzar alguna actividad gimnástica de la que estaba excluido por una artrosis de adulto joven que me limitaba o dejar de fumar o bajar de peso... Adicciones y placeres mediante, eso era muy difícil. O... ¡Ponerse en paz con Dios! ...Y a esperar lo que venga. Después de todo mis padres, abuelos paternos y maternos y tíos fueron todos longevos, de los de en serio, de esos que pasan los 90 años o, al menos, se le aproximan bastante. Teniendo en cuenta la cuestión hereditaria, siempre me consentí un holgado arribo a una satisfactoria edad provecta. Pero como un mejoramiento de las relaciones con Dios no me venía mal ya que nadie tiene comprado el tiempo de vida, empecé mi examen de conciencia. Tal como es de buena costumbre, lo hice del ombligo para abajo.

El ombligo es el ecuador de los pecados. La línea divisoria entre lo prohibido y aquello que puede ser excusado desde la teología, la filosofía, el racionalismo y la Divina Misericordia.
Del ombligo para abajo todo es terrible. En el Concilio Vaticano II hicieron lo posible para erradicar tal concepto pero tantos siglos de pacatería, de abuso sexual y de desorientación espiritual, siguen haciendo rodar la rueda escatológica del pecado en esa dirección.
En cambio, del ombligo para arriba... ¡A discutirlo, fieles del Señor! ¡Eso no está muy claro entre nosotros! mal que le pese al Evangelio, a la Doctrina Social de la Iglesia y a la paciencia infinita de Dios que siempre que habló, sea por los profetas o por su Hijo, sostuvo todo lo contrario.
Oportunamente para los actos del ombligo para arriba suele aparecer alguna contradicción que disculpa algo o alguien que especula justificando o un tratado entero sobre la prudencia que equivoca el sentido de esa virtud y cree que tiene algo que ver con la represión, la tibieza o el no te metás. Siempre creí que la prudencia es el bombero y la caridad el incendio y que la misión de ese bombero es controlar el incendio y no apagarlo. Por eso mismo, por haber aprendido a lo largo de mi vida eclesial que el sexo es lo aberrante y que quebrar una fábrica y quedarse con dinero suficiente para dos o tres generaciones de parásitos y no pagar la indemnización de los obreros es un acto de viveza y que las relaciones pre matrimoniales te llevan al infierno como por un tubo y que instalar en un país cualquiera un sistema de exclusión que genera pobreza y desesperanza se arregla confesando y comulgando al menos una vez al año, comencé a revisar mi historia personal desde los calzoncillos.
Recopilar cincuenta años de pecados de este orden puede llegar a ser una tarea grata siempre que no tengamos en cuenta sus consecuencias escatológicas. Es un nostálgico repaso de los mejores coitos.
Durante mis primeros siete años y según la sana doctrina, no cometí pecado alguno: no contaba con uso de razón, cosa que dudo tenga tampoco ahora pero ese es otro cuento. Así que reducida la búsqueda a cuarenta y tres años empecé por el primer pecado que mucho de sexual tenía: el robo de un autito de metal. A esa edad yo no lo sabía pero Pablo Spangenberg, mi psicoanalista, me explicó cuatro décadas luego que ese acto preanunciaba mi futura adición al sexo porque y según el decir popular, el auto es el tercer testículo del hombre.
Papá descubrió el juguete en mis manos durante una siesta y me obligó a devolverlo. Pasé una vergüenza de novela, pero lo confesé y fui perdonado y sinceramente creo, Dios no tendrá demasiado en cuenta una acción de chiquilín. Me habrá anotado en “El Libro” algunos añitos de purgatorio pero como recé jaculatorias con indulgencias de siete años (hay que repetir una oración muy cortita y de alto rendimiento de indulgencia: “Jesús, José y María” y con eso basta), supongo que quedé con saldo a favor.
Mi psicoanalista también me explicó que por la vergüenza sufrida a tan temprana edad desarrollé un complejo de inferioridad gracias al cual necesité posteriormente y desde la adolescencia, reafirmar la personalidad en la posesión de otras personas que derivó hacia el sexo. O sea que, por culpa de un autito de lata y de la honradez de mi papá que no había leído mucho de sicología, terminé volteando cuanta mina se me cruzara. Claro está que ni el autito ni mi papá son causales dirimentes del pecado así que tuve que confesarlos y acumular la pena purgatorial.
Siguiendo con el racconto recordé que dos o tres años más tarde y siendo monaguillo en el Convento de Santo Domingo de Santa Fe, robaba hostias sin consagrar de la sacristía, las untaba con dulce de leche que llevaba de mi casa, las rociaba con vino de Misa y... ¡Al buche!
Fray Vicente Grases Millet O.P. —con quien con el tiempo seríamos compadres (¡Ojo!... ¡Él apadrinó una hija mía y no al revés...! Lo aclaro porque... En fin... ¡Nunca se sabe!... lo que pensará la gente, claro está...)— descubrió los robos —éramos dos los comensales habituales, Martín Mazzuca Vidal, que se murió en Canarias y yo— y nos fajó el espíritu y el trasero. Lo del espíritu era propio de su sacerdocio y el trasero de su fogoso genio catalán. Faltaba ahora pagar en mi casa porque seguramente la travesura sería comentada en la mesa familiar del Domingo de la que solía participar el fraile dominico y aclaro que con mi padre no quería tener demasiados líos. Solucioné la cuestión confesándome con Fray Vicente y le cerré la boca para siempre aunque el cura tuvo su goce al verme cumplir la más larga penitencia de mi historia de pecador.
Mi psicoanalista me explicó el sentido sexual de las hostias (redondas, vinculadas oníricamente a senos, caderas, testículos y etcéteras), del dulce de leche (es obvio y prefiero no profundizar el tema) y del vino, como alegría del espíritu que estimula los sentidos, morbosos en mi caso.
La penitencia que me dio Fray Vicente —dijo Pablo, mi psicoanalista— me impulsó a vengarme y lo hice seduciendo y engañando mujeres por sus redondeces, por eso del dulce de leche que no quiero mencionar y siempre con previo consumo de alcohol.
De no haber sido por ese malogrado profesional, mi psicoanalista, la culpa me habría aplastado. Gracias a él pude superar momentos difíciles de mi vida adulta. Lástima que él no soportó la carga emocional de su relación conmigo que no supo despegar completamente de la personal y terminó en la colonia siquiátrica de Oliva (Córdoba) tejiendo ganchillo con la maestría de una abuela hacendosa y babeando. Su sucesor sospechó de que yo superé en exceso la media normal del paciente que él estaba en condiciones de admitir.
Continúo...

Recordé que a los once años y medio, casi doce, descubrí la masturbación. ¡Qué bello pecado!
Esta vez fue por culpa de Miss Universo que apareció semi desnuda —para esa época era un tímido bikini que tapaba casi todo— en la tapa de una revista. Comencé a coleccionar fotos y me regalaron un par de revistas de mujeres totalmente desnudas. ¡Desnudas en serio!
Me masturbaba con furia y culpa hasta que salía espumita y me ardía todo. Deje de confesarme con Fray Vicente y deambulé por distintas iglesias buscando curas que no me conocieran, que fueran discretos y que no dieran penitencias largas.
Una vez y por error me metí en un confesionario vacío en San Juan Bautista —los demás estaban abarrotados de alumnos del La Salle-Jobson y ese, curiosamente vacío— y con horror y vergüenza y ante las carcajadas de los muchachos que hacían cola o rezaban, descubrí que el sacerdote era sordo. Tuve que gritar mis pecados y recibí por respuesta un ¡Chancho, chancho, chancho! que resonó por todo el templo. Jamás volví. Seguí de turismo por las parroquias y conventos, confesando y confesando y aumentando mi sensación de culpa. Era incapaz de evitar el pecado.
—¿Cuándo te confesaste por última vez, hijo?
—Hace una semana, Padre.
—¿Qué pecados has cometido?
—Tra, la, la, la y etcétera.
—¿Cuántas veces...?
—Como treinta, Padre...
—Y mentía un poco, en menos.
Siempre lo mismo. Era mi peor pecado. El que más me dolía y gustaba al mismo tiempo.
Cuando me atreví a mi primera experiencia con una mujer la masturbación dejó de ser el peor. No la abandoné, por cierto. Es una buena amiga, fiel y callada que me acompaña en mis ratos de ocio y soledad, pero las mujeres ocuparon los primeros puestos en mi pecaminosa vida.
Más o menos por esa época gané una indulgencia plenaria. Por haber confesado y comulgado y cumplido con cierto rito del cual no me acuerdo, el Señor borró de mi activo todos y cada uno de los días, años o siglos que había acumulado de purgatorio.
Desde allí en más comencé de vuelta a juntar tormentos purgatoriales desde cero, lo que era una gran cosa para un tipo de mierda como yo que se pasaba todo el tiempo que podía entre las piernas de las mujeres.
Y, por Dios les juro —perdón, Señor, por jurar en vano pero lo hago con respetuosa admiración— me especialicé en acumular milenios de purgatorio. Deseaba fervientemente que a algún Papa se le ocurriera algún Jubileo para cerrar mis cuentas a tiempo, antes de enfrentarme con Jesús en el Juicio.
Rubias adolescentes, viejas gordas, petisas feas, flacas de ensueño, locas delirantes, prostitutas de diez y de cien dólares y buenas pibas. Todas juntas —es un decir. Solamente un par de veces y no les miento demasiado, junté a dos en un mismo momento y cama— retozaron en mis sábanas o en las alquiladas de un hotel o motel alojamiento por horas.
Fui buen cliente de esos deliciosos antros de vicio. Gasté plata y me hice querer por mis propinas y estas obtuvieron el interés y los favores de alguna que otra mucama curiosa por mi furiosa actividad sexual justificando doblemente la inversión.
Del ombligo para abajo, fui uno de esos pecadores de tal fama que bien vale un cuento y hasta una novela. Por eso, porque esto es un cuento, paro con la historia y voy al final.

Estaba en estas de mi examen de conciencia del medio siglo, cuando sorpresivamente, me morí.
Podría haber escrito mil culebrones de telenovela posmoderna pero me morí de un infarto sorpresivo. Mi cabeza cayó sobre el teclado de la computadora, que siguió escribiendo cmxx xxxxxx x xxxxxxxxx x x x xxxx xx x xccx xm m m ,v.cvx...asdasd fsa jknvv vvvv vvvvvv vx .m mmc mcl fmc,x z. x,m .,xmc. m xc.,md cm....... ........ ..... ....... ...... ...... . ...... ... .... ...... . . ..... hasta que me levantaron del sillón, certificaron mi muerte, me lloraron, velaron, hablaron bien de mi como es de buena costumbre, suspiraron aliviados, rezaron y me enterraron.

Mientras mi familia y amigos estaban en todo ese barullo, anoticiando por teléfono a los conocidos, calculando la herencia y preparando las palabras de despedida, Jesús corrió hacia mí y me resucitó enseguida porque no pasara demasiado tiempo lejos de Él.
Lo miré con desconcierto.
—Mucho gusto, Señor. ¿Vos aquí?
—Seguro
—me dijo Jesús—, ¿vos crees que te abandoné en algún momento? Menos lo haría ahora que es cuando me puedes ver cara a cara.
—Pero Señor
—objeté con sinceridad—, me parece que te han informado mal. Yo no tendría que verte cara a cara... Vos tendrías que estar ocupado con otros, con los buenos que murieron también hoy. Yo, yo soy un pecador...
—¡Pero Juan Carlos...!
—Dijo— ¿Qué te enseñaron en la catequesis? Yo soy el que busco a los pecadores, caramba.
—Si... pero... a los que se arrepienten a tiempo. A los que ganan indulgencias. A los que...
—Yo sabía que en mi fuero interno, no había tomado muy serio eso del arrepentimiento y del firme propósito de no volver a pecar y estaba preocupado.
Jesús me interrumpió algo irritado.
No me achiqués la misión. No me empequeñezcas. Yo busco a los pecadores y olvidate de eso de las indulgencias... No tengo ni la menor idea de quien las inventó aunque admito que no son una mala idea...
—Pero Señor
—insistí—, mirá que yo, en eso de las mujeres, del sexo, en fin, en todo eso... del pecado... tengo mucho que contar... Soy un divorciado y vuelto a casar... No comulgo desde hace treinta y pico de años, aunque voy a Misa todos los domingos y canto en el coro parroquial y todo eso, pero...
Jesús me miró con ternura infinita aunque con lástima, creo que por mi acartonada espiritualidad y mi simpleza en la interpretación del amor. Movió la cabeza de izquierda a derecha varias veces y como si no me hubiese escuchado, siguió hablando.
—¿Te acordás del pibe ese, el de chuzas mugrientas al que acogiste en tu casa esa tarde de invierno? ¿Al que le diste de comer, lo bañaste y lo invitaste a quedarse a vivir con tu familia?
—¡Cómo no acordarme, Señor! Se quedó largo tiempo y luego se fue, se hizo evangelista y creo que anduvo por allí, misionándote. No supe más de él. ¿Y vos?
—Yo si
—me dijo Jesús— él te espera acá cerca. Me habló bien de vos... Andá y bañate que estás sucio. Después vení, te invito a mi mesa.

Amen.

Del libro "Bajo la Piel" (Inédito)



Autor Juan Carlos Sánchez

El alma mía


Busca salir de mí,
y su estrategia
es convertirse en lágrimas.

Cuando me doy cuenta
silenciosamente ha vuelto
y solamente quedan
escamas de las lágrimas y
plumas de su vuelo.

Y ella,
instalada otra vez
en el árbol de mi corazón
que sus raíces hunde
en
profundas tristezas.

Ella sale,
regresa y no sabe por qué:

porque até un cordel invisible
entre sus alas

y el otro extremo en
el florido corazón
de la mujer que amo.


César Actis Brú

Febrero de 2009
Santa Fe de la Vera Cruz
República Argentina

César I. Actis Brú – * 1942 - Casado - tres hijos - dos nietos
Escritor, poeta y ensayista (23 títulos publicados)

¡Ave César!
¡Brutus te saluda!

¿Por qué no estar juntos en mi blog personal? Quiero que estés a mi lado acá.
Eres mi prologuista, y amigo y desde los años mozos de ese barrio sur de Santa Fe con su Convento de Santo Domingo, el largo pasillo de la clausura, el viejo patio, la cancha de fútbol improvisada en la cochera, los frailes... Grases, Arizmendi, Correa, García Vieyra, Pambi Beltroco... ¡...Che... Se murieron todos...! Nosotros, ¿qué esperamos? Debe ser divertido allá arriba hacer teología ante la Visión Beatífica que ríe a carcajadas de nuestras pobres aproximaciones terrenas...

Su risa es de gozo porque de tanto equivocarnos logramos encontrar el camino hacia Su Casa, esa es Su alegría, ¿será así? ¿Que el Espíritu, escribiendo derecho sobre líneas torcidas nos reconoce como santos pifiadores? ¡Será divertido!
Preguntarle a Santo Tomás -ya más delgado por cierto luego del puchero- si escribiría de nuevo todo tal cual o discutir con Fray Vicente (Grases Millet, a quien acompañamos hasta el final en su andar hacia la Casa del Padre) cuál de los pecados es más grave. (Cuelgo arriba de este un cuentito mío donde Vicente también está).

¿Hay mate por esos pagos? ¿O solamente vino nuevo y pan casero?

Ojalá haya mate.

Un abrazo:

JC

15 Feb 09



sábado 7 de febrero de 2009

San José Obrero



(A Manuel Ignacio Pereyra, in memoriam y Guillermo Gómez, curas de pueblo serrano.)

Mientras se revestía con los ornamentos sagrados para celebrar la Misa miró a la monja josefina de indefinible edad construida de espinillo y alambre conocida como Madre Ignacia que lo ayudaba en tales menesteres y con una sonrisa irónica casi imperceptible bailando en la comisura de la boca, le advirtió:
—Hermana, trátelo bien a este amigo, mire que es el hijo del Obispo.
La religiosa pegó un respingo y quedó inmóvil sin hacer comentarios. Aunque acostumbrada a los dislates jocosos del joven sacerdote, no cometería el error de desestimar a priori cualquier dato. Los tiempos modernos la apabullaban y el curita tenía la particularidad de ponerla nerviosa pese a considerarlo hombre de temple y profundamente espiritual hecho a los sinsabores y las sorpresas de la vida dura de las sierras y de sus gentes.
Eran sabidas las virtudes del Obispo Omar Colomé, irreprochable, humilde, abierto a la Gracia y entregado a su ministerio, pero... El diablo mete la cola en donde menos se lo espera y la monja era sabia en cicatrices. La carcajada del sacerdote le alivió el alma. Es broma, pensó la monja.
—Póngalo a cantar en la procesión, tiene una voz tremenda. — Dijo, satisfecho de la mala pasada.
Yo, el de la voz potente y sujeto de la broma, miraba todo con cara de estampita tratando de pasar desapercibido ante mí mismo, método que empleo cuando las circunstancias me superan y no se me ocurre algo gracioso o elegante y a tono para salir del paso.

Fui a celebrar el primero de Mayo, día de San José Obrero a la capillita de Las Calles, un pueblo del valle cordobés de Traslasierra que lo tiene por patrono acompañado de Marita. Marita era una garantía de buenas charlas y de encuentros insospechados con Dios.
La procesión de esa tarde seguida de Misa, de carrera de sortijas a caballo, empanadas criollas y vino tinto o Coca Cola serían una experiencia nueva para ella domada en las solemnidades de otra diócesis adicta a las formas. Salir a caminar siguiendo al Santo al cual hacían guardia los jinetes en sus caballos enjaezados para Domingo, sin altavoces, con el cura que tenía que rezar a los gritos, cantando cánticos preconciliares de los cuales los católicos de ciudad solo tenemos un remoto recuerdo, darle a pata entre piedras y arena sumergidos en un paisaje de maravilla era algo nuevo, un regalo para el alma que regocijaba la fe sencilla y devota del serrano y conmovía al pueblero.
Siguió la Misa y la bendición solemne presididas por el cura bromista, Guillermo y después la venta de empanadas, pastelitos de dulce, vino, gaseosas y cervezas hasta que se largaron las carreras de sortijas. A esta altura de la celebración yo ya estaba algo alegre por causa del tinto y ocupé el tiempo disfrutando de la compañía de Manuel Pereira, el cura párroco de Mina Clavero. Al rato y por mirar nomás, salí a caminar y a tomar fresco por la veredita de la capilla de San José Obrero.
Las Calles es un pueblito salido de un cuento. No es real. De ese tipo hay muchos en la serranía cordobesa o en las zonas linderas al Paraná, o en el norte de Brasil o enganchados en la cordillera. Simplemente se quedaron en el tiempo, humildes y llenos de gracia, sin televisión satelital ni teléfonos celulares. Por toda diversión anual tienen las fiestas patronales o el cumpleaños o el velorio de los vecinos y las fechas patrias. Todo iba bien en la fiesta hasta que alguien —todo se sabe en los pueblos— largó el rumor de que yo era el “hijo del Obispo” y de que había que tratarme bien. El chiste de Guillermo había trascendido los muros del templo y las fronteras de la prudencia y el pueblo tenía una historia para contar durante años y las viejas, motivos para relamerse a toda hora por generaciones. Yo, mientras tanto, ni enterado, como corresponde.
Me sorprendió un paisano al ofrecerme un vaso descartable lleno de ginebra y un viejo muy viejo me estiró, sonriente, un pastelito.
Los serranos son respetuosos, generosos y comedidos, atienden espléndidamente al visitante pero tienen orgullo y jamás son obsecuentes, así que tantas atenciones me hicieron sospechar algo raro, sobre todo teniendo en cuenta que los obsequios debían pagarlos porque la cantina y la feria de platos era a beneficio. Me encogí de hombros desentendiéndome del tema y seguí disfrutando de la fiesta. Marita, entre tanto, me observaba sonriente y de lejos.

Siempre respeté los silencios de Marita y temí sus iras. Acostumbrado a lidiar con mujeres, aprendí a dejarlas solas en sus treces cuando así lo prefieren y este era el caso. Marita flotaba místicamente. Algo la había impactado profundamente.
Es muy espiritual, eso se descubre fácilmente cuando se ora con ella o cuando se conversa en serio sobre su tema preferido: las cosas de Dios. Ella fue mi profesora en las cátedras de Doctrina Social de la Iglesia y de Catequesis en el Instituto Arquidiocesano de Ciencias Sagradas en el cual estudié y fue la única a quien, en los cuatro años de aprendizaje, los alumnos aplaudimos de pie y con lágrimas en los ojos luego de una charla de espiritualidad que nos dio. Cuando la vi arrimarse sonriendo con picardía supe que iba a cargarme, a hacerme objeto de alguna broma.
—Así que el hijo del Obispo —dijo—, ¡mirá que honor!
Caí en la cuenta al momento de mi situación en el pueblo. No soy rápido, todo lo contrario. No podría cruzar una calle y estornudar al mismo tiempo sin riesgo de ser atropellado por un auto o de llenarme de moco o ambas cosas pero esta vez entendí sin necesitar explicaciones.
—No me digas que la broma trascendió —pregunté ansioso.
—Seguro. ¿Qué creías?
—¿Cómo lo arreglo?
—Pedile al Guillermo que lo arregle. Vos no podés.
Fui hasta donde estaba el curita de zapatillas y vaqueros con una cerveza en la mano y varias en el estómago y le imploré:
—Arreglame esta. Se creyeron lo de hijo del Obispo.
—Mejor para vos —el desgraciado se rió, créanme, el desgraciado rió—, mejor. Te atenderán de lujo...
—Arreglala o se lo cuento a Colomé mañana mismo. —El matiz utilizado para decirlo cortaba un pelo en el aire.
El Guille me miró fiero. La amenaza era brava. Relojeó de costeleta a Marita que se había acercado y le habló casi entre dientes.
—¿Tu amigo tiene pocas pulgas hoy solamente o siempre es así?
Marita se puso muy seria, demasiado, temiblemente seria.
—Pensá en la mamá, Guillermo... y arréglala. Pensá en la mamá... Vos sabes... Con este —me apuntó con la mirada— no hay problema, es de plomo y no le entran balas, pero... ¡Pensá en la mamá...!
El argumento me atoró la empanada, era irreprochable y no se me había ocurrido, mamá estaba, como la mujer de César, más allá de toda sospecha. Simplemente me sorprendió la simpleza y profundidad del mismo y lo atribuí a la tenacidad con que Marita defiende a la mujer y su misión.
El curita se movió como si algo le apretara las verijas. Charló al oído de la chismosa del pueblo y antes de pasado un cuarto de hora vinieron a cobrarme la ginebra y el pastelito. Aprendí que hay dignidades de cuna y de las otras y que yo no las tenía y tuve que pagar.
Me quedaron grabadas esas insistentes palabras de Marita: “Pensá en la mamá...”.
Salimos de noche para mi casa en Villa Luján, en Mina Clavero. Apurado por llegar manejé la camioneta con prisa y descuido sin hacer juicio de las curvas del camino de sierras. Antes de bajar para el barrio fui hasta el centro a comprar cigarrillos. Justo, justito al pasar frente a la confitería de moda llena de parroquianos en plena calle San Martín, paseo obligado de todos los traserranos y turistas, Marita musitó ahogadamente:
—Para.
La miré. Estaba tan blanca como una sábana lavada y secada al sol por las monjas del Monasterio Gaudien María de San Antonio de Arredondo. Sudé.
—¿Qué te pasa...? —fue pregunta y gemido a la vez temiendo la respuesta.
—Quiero vomitar...
—¡Aquí no! —Aullé— ¡En el centro, no! ¡A la camioneta la re-conocen! ¡Me vas a hacer perder un montón de votos! —Yo aspiraba pelear la intendencia de Mina Clavero y las elecciones estaban próximas. Marita ni se inmutó y siguió con su apuro sin hacer juicios políticos del asunto.
—¿Afuera o adentro? —Preguntó la maldita, tajante y práctica y apretando los dientes.
Frené y le dije que abriera la puerta. Pensé que algunos votos valían menos que la costosa alfombra de la Silverado. Marita vomitó de todo: chocolate, pastelitos de dulce, empanadas de carne, pollo frito (del almuerzo), mate cocido (del desayuno), vino dulce y un par de ñoquis con crema y una torta frita que no se cuándo ni dónde comió y guardó para esa ocasión tan especial para mi honor. Jamás Mina Clavero olvidaría ese papelón.
Terminado mi holocausto público, me miró seráficamente y como si nada hubiera pasado.
—Ya podemos ir —dijo.
Yo maldecí por lo bajo y puse rumbo a casa.

Habiendo llegado y después que Marita se enjuagó la boca y se repuso, nos sentamos a tomar un tecito de peperina y toronjil preparándonos al sueño. La casa estaba en silencio, el matrimonio que la habitaba descansaba junto a sus chicos y mi tía Elma hacía tiempo que dormía. Era la hora de las charlas íntimas.
Yo tenía dos inquietudes. Una, olvidar la vomitada y otra, que ella como mujer y madre reflexionara el sentido de su frase ante el Padre Guillermo: “Pensá en la mamá, Guillermo... y arreglala” y el efecto que causó en el cura moviéndolo a actuar rápidamente. Olvidar los restos de comida desparramados en la calle central del pueblo manchando el pavimento por semanas a la vista de todos era imposible, así que me aboqué a lo segundo.
—¿Qué quisiste decir exactamente cuando le dijiste a Guillermo eso de pensá en la mamá?
Marita tomó un largo trago de te. Me miró, entrecerró los ojos —eso preanuncia una larga parrafada—, se relajó en la silla, hizo un corto silencio y comenzó a hablar.
—Hoy fue un día especial para mí. El mejor día de San José Obrero que jamás viví y que nunca olvidaré, te lo aseguro. Y no lo digo por el vómito. —Abrió los ojos y me miró riéndose de mí con la mirada. La asquerosa se reía sin mostrar una sonrisa, sólo mirándome— ¿Sabés por qué vomité? Estoy embarazada de nuevo...
Sin poder evitarlo, mis ojos se abrieron al doble de lo normal. Era increíble. Marita mamá de nuevo cuando ya tenía diez hijos. Intenté una felicitación porque un hijo es una bendición demasiado grande como para racionalizarla con pavadas, de esas de ...ya son demasiados... o que ...hay que pensarlo antes..., o etcétera. Un hijo es una vida, un sueño de Dios y basta.
Traté de hablar, pero Marita levantó la mano imponiéndome silencio. Ella también lo hizo durante algunos instantes y recién después de un suspiro continuó hablando.
—¿Sabés por qué argumenté poniendo a tu mamá en medio? Porque se lo que siente la mamá de un hijo de un cura... ¿Sabés por qué lo se? —Cerró completamente los ojos— Porque estoy embarazada de un hijo de un cura, de uno que vos conocés.
Ya el asombro me superaba totalmente y sentí un nudo en el estómago. No podía hablar ni se me ocurrió qué decir. Marita siguió hablando impersonalmente.
—¿Sabés por qué el Padre Guillermo se ocupó enseguida del asunto y la charló a la vieja chismosa? Porque me confesé con él. Él sabía. ¿Entendés ahora? Y si no entendés, no importa; jodete.
Claro que entendía. El cura tuvo el privilegio único y exclusivo de escuchar el arrepentido relato de Marita penitente. Me levanté, me serví un generoso whisky y lo bebí de un trago. ¡Que lo parió!
No bastó. Empiné la botella y bebí a pico hasta que el alcohol me ahogó. No necesito mucho, con un trago alcanza.
¡Que lo parió! —Pensé de nuevo.
—¡Que lo parió! —Dije en voz alta.
Marita seguía sentada e inmóvil, observándome. Habló muy suavemente, masticando las palabras.
—La que lo va a parir, mejor dirás... Una puta clerical.
Medité la respuesta. Había iniciado el camino de la furia interior y sabía que era mi obligación moral dominarla.
—De un calentón de sotana con bragueta, dirás. Me asusta esta historia Marita, me desconcierta. Vos sabés de categorías de pecado, las enseñaste... Él también las conoce y más aún… —mastiqué las palabras que me supieron amargas— Pero... ¿Es del cura...? ¿...Estás segura de...?
—¡No seas igual que ellos por favor...! —Me interrumpió— ¡Evitate a ti mismo pensar lo mismo que los otros curas que lo apañan al Quito! Hace mucho que no tengo relaciones con mi marido y no soy ninfómana ni loca.
—¡Ahhhh! —aullé— ¿Es del Quito? ¿Vos también...? —callé de golpe. Lo que estaba por revelar era demasiado duro para cualquiera pero ya había metido la pata hasta el cuadril. Marita no se inmutó.
—¿Ibas a decir que yo también, como tantas otras, no?
—¡Bueno...! ¡...Qué se yo...! —tragué saliva. De esta no salgo fácil, pensé.
—No seas cagón. Ya nada me puede hacer doler más... ¿De cuántas sabés vos? Yo, de cuatro.
Me lancé con todo.
—Yo de alguna más y de otros hijos... Muchos lo saben, incluso el Obispo, pero le teme o... lo ama y por eso no pasa nada... —Intenté cambiar de tema— ¿Se lo dirás a tu familia?
La maldita rió a carcajadas. No sé que le encontraba de divertido al asunto.
—¡Ya se lo dije! Lo conversamos anteayer. Vine a las sierras a digerir el mal trago. Por eso el vómito olía tan feo...
— Que... ¿Que pasó...?
—Imaginate.
—¡No quiero! Me sobrepasa. ¡En qué lío te metiste...!
—¡Chee! ¡Esto de vos tampoco lo esperaba! ¡Es una vida, una bendición!
—Si, con pañales y te aseguro, que en esos pañales habrá mucha caca.

Durante una hora larga dialogamos. Yo estaba teatralmente incómodo o sea, trataba de contener el nerviosismo y lo hacía mal, como en un ensayo de primerizos en esas cosas de tablas y telones. Marita le puso punto final.
—Estoy cansada y quiero dormir. Fue un día largo. Quiero dejarte una reflexión para cuando te acuestes.
Hizo una pausa que no osé interrumpir.
—Ubicate en el hogar de Nazareth integrado por un niño nada común, una mamá virgen y un papá que no lo es de veras... María, ¿cuánto se adentró en el misterio de su embarazo? ¿Cómo dialogó con su familia? ¿Qué les dijo? ¿Y a su esposo José? ¿Y a los vecinos y amigos? Quizá le vino bien el viaje a Egipto para enfriar las cosas aunque por lo visto no tanto ya que muchas veces le refregaron en la cara a Jesús ser hijo de pecado. Hoy, todavía hoy a dos mil años, hay quienes sostienen que Jesús es hijo de un soldado romano y de que María no tenía una conducta muy moral que digamos.
Nueva pausa.
—Mi hijo, cualquier hijo, es también un misterio —continuó diciendo Marita—, pero este es algo especial. Es fruto de un grave pecado, es sacrílego y sin embargo es bueno, santo. ¡Qué contradicción! Nuestro Padre Creador lo ve como muy bueno y lo ama como nos ama a nosotros, sus padres pecadores y sin embargo es el buen fruto del árbol malo... Un árbol que da frutos y que no merece ser cortado, que no es estéril como la higuera que secó Jesús... ¿Se contradice el Evangelio? ¿El árbol malo da buenos frutos? ¿O es que no es malo el árbol? Y algo más y ya termino...
Otra pausa. Se había adueñado totalmente de los tiempos.
—...¿Cómo crees que saborearán este fruto nuestros hermanos de la Iglesia? ¿Disfrutarán del fruto o será causa de escándalo solamente? ¿Servirá para penetrar aún más el misterio de la Iglesia...? Dios, que de lo malo saca lo bueno... ¿Qué quiere de este niño? Nadie nace para nada, porque sí, alpedamente. Nace llamado para la santidad que es la imitación de Cristo y por eso mismo es signo de contradicción, de enfrentamiento, de crisis, de tensión en la historia y en las estructuras... Cuando te acuestes esta noche, pensalo, rezalo. Reflexioná también sobre cuál es tu responsabilidad con respecto a este hermano tuyo que está por nacer y también hacia esta otra hermana tuya, embarazada del hijo de un cura.
Volví a picotear la botella de whisky en un trago largo y goloso.
—¡Dios mío! —Pensé— ¡Quilombo en puerta! ¡Este parto trae cola...!


No me equivoqué.
Al tiempo en el cual escribo este relato, todo lo que tenía que pasar pasó y con mayúsculas, pero eso es para otro cuento. Ya veremos.
Las palabras de Marita fueron proféticas y su hijo fue un acontecimiento de Gracia para ella, para su familia y para la Iglesia. La verdad se hizo presente y habitó entre nosotros.
Ese es otro misterio: el de un Dios de buen humor que juega sin trampas y respetuosamente este apasionante juego de la vida, que no es juego, pero que se le parece demasiado.

Un cuento de Juan Carlos Sánchez

viernes 6 de febrero de 2009

Palabras desde el umbral


Derecha o izquierda

Mi amigo,
“el señor que mata los leones” (Hugo Mataloni),
me dijo que estos cuentos fueron escritos “…desde la sacristía... mirando hacia el prostíbulo.
Que Dios planeaba en todos ellos, pero... ...que...
...¡Vos escribís como hablás…! ¡Ese lenguaje...!
Podrías ser algo más educado para escribir...
Cada dos renglones hay una puteada, una... o una ...
o la... que te ...
o andate a la casita del molusco bivalvo de tu abuela...”.

Lo miré sonriendo.
“Podrías ser un poco más educado, vos, en tu crítica, Hugo, por favor” —le supliqué, (fraseándolo, como lo indican las comas).

Hugo Mataloni quedó pasmado.
Había entrado en el juego de las palabras sin darse cuenta.

Hugo tiene razón.
Están escritos desde la sacristía, pero mirando a la gente
que está afuera,
esperando que salgamos y las invitemos a entrar.

María Teresa Salera, mi comadre, aportó lo suyo.
“Vos despegás al hombre del barro” me dijo.
“Peronista tenías que ser…”
Vale Teresa, igual te quiero.

Les debo una explicación a Hugo y a Teresa y arranco con ella.
Nací con honores y fórceps en ya inexistente la maternidad Pujato y quizá los fierros apretándome la cabeza aportaron lo suyo a mi futuro racional. Hubiera sido mejor, dijo Pablo Fernando Spangenberg, mi psiquiatra, venir de nalga. No se bien por qué lo dijo o prefiero no entenderlo. Dejémoslo allí.

Hasta los cinco años viví en Avda. Freyre al 1400 de Santa Fe y por el ’55 nos mudamos a la casa que construyeron mis padres gracias al plan “Eva Perón” del Banco Hipotecario Nacional en 3 de Febrero al 3000, frente a la legislatura provincial a dos cuadras del Convento de Santo Domingo, a cinco de los franciscanos y a igual distancia de la Catedral y de los jesuitas cruzando la Plaza de Mayo. Eso, saliendo desde la puerta de casa hacia la derecha que es el Este.
Pero saliendo hacia el Oeste, hacia la izquierda, estaban y están los prostíbulos. ¿Para dónde creen que fui?
Acertaron.
¡Mal pensados...!
¡Terminé siendo monaguillo de los dominicos y fanático de las mujeres!

Por eso acepto que estos cuentos fueron escritos en la sacristía pero mirando hacia el prostíbulo. Desde la sacristía se sale hacia el altar para celebrar los sagrados misterios y a encontrarse con Dios y con la gente. En los prostíbulos la gente se encuentra. Dios está en todos lados.
Hasta en el pecado. Se hizo pecado.
Los cuentos que les cuento son pantallazos de la realidad, espacios que me permitieron conocer a la persona más allá de las definiciones y más acá de la mezquindad de los preconceptos, sin marcos que los limiten pero con códigos que las obligan. Y tales códigos no siempre son aceptados por los comunes, por la gente como uno que viene desde la cultura construyendo una realidad simplemente porque ellas, las personas que no son como uno, a contramano, vienen desde la realidad construyendo la cultura.

El hombre es así, quizá exactamente como no nos gusta desde las definiciones, pero así.

[Barro primordial en manos de un alfarero respetuoso de cada uno. (¿Te parece bien, Teresa?)]

Para no ser así fue creado y para mejorar, para madurar, crecer, para perfeccionarse. Es que la creación es un canto de esperanza.

No todos los personajes de estos cuentos son ficciones. Muchos de ellos existieron o existen aún o son modelos, muestrarios, arquetipos, paradigmas de una sociedad que no está dispuesta a contemplarlos como seres vivos y en marcha hacia su dignificación y concreción, ni madura para reconocerlos.

Vívanlos tal como ellos viven.
Se lo merecen.
Ellos se aceptaron.
Respetémolos.

J.C.

Prólogo del libro "Bajo la Piel"

domingo 18 de enero de 2009

Vocación y Misión


Primero hay una llamada, una vocación. Es a la vida y a vivir la vida y toda vida tiene un por qué y un para qué, no hay vida porque sí ni para nada. Existir es tomarse en serio la justificación de la vida que es la mi­sión. Cumplir con la vida nos justifica o sea, nos hace justos; resuelve con categorías de justicia el interrogante inicial de para qué vivimos. Hay una justificación gratuita, universal y redentora: la de Cristo, que actúa por si misma y es eficaz, pero requiere de nosotros, para su aplicación particular, la aceptación y el compromiso, que es la conversión. En Cristo no puede haber indiferencia ni tonos grises: a los tibios los vomita Dios.

A esta altura de la reflexión se hace necesario precisar algunos conceptos para poder entender los que más adelante se desarrollan. La llamada a la vida no es meramente biológica, porque en el plano natural nadie elige nacer. Es a vivir en plenitud, en abundancia, o sea, a vivir la vida del espíritu, que es vivir en santidad; a imagen y semejanza del Creador.

Si abandonamos esta perspectiva, este punto de vista, no nos diferenciaremos de los animales y habremos renunciado a nuestra categoría humana que es irrenunciable y, por esa razón hacerlo es entrar en contradicción con nosotros mismos. Esta situación es deprimente y limitante para el hombre y genera todo tipo de conflictos internos que no tienen solución por la vía de la razón ni de la sicología. Cabe, entonces, modificar la línea escrita a principio de este párrafo y en lugar de decir “habremos renunciado” escribir “habremos vanamente intentado renunciar”, que es mas propio.

La llamada es personal y plural, la misión también. Siempre en la llamada y en la misión está incluido el “nosotros”, la comunidad, y en ese grupo humano late la esperanza de la respuesta de aceptación. La vida es gratis, nadie decide comenzar a vivir ni establece el tiempo de su vida, el consentimiento está excluído, pero a la vida en plenitud y a la misión hay que aceptarlas, es un compro­miso compartido con todos los demás a quienes afec­tará, cuyas vidas cambiará. El don de tu vida es para los demás y ellos, todos y cada uno, serán destinatarios de los actos que realices. La indiferencia o la tibieza restará al conjunto y te disminuirá. No hay mejor método para servir para nada que hacer algo sin pasión.

Apuntando hacia lo particular, durante el transcurso de nuestra vida, iremos escuchando otras llamadas que nos servirán para descubrir el camino que habremos de recorrer y que realizarán nuestro ser, configurando nuestra personalidad y haciéndonos pro­tagonistas de la historia.

A veces podemos consentirnos la negativa a ser tal como debemos ser. Siempre eso acarrea la desilusión, es el precio que pagamos aquí y ahora por negarnos la au­tenticidad y la dignidad que nos pertenece creacional­mente. Muchas otras veces, las más y por más que nos resistamos, la llamada es más fuerte que la ignorancia, que la cobardía o que la comodidad, y en algún mo­mento de nuestras vidas, casi sin pensarlo y hasta sin desearlo, comenzamos a SER con mayúsculas y a HACER lo que debemos. La Gracia actúa para nuestra realización.

No por ello dejamos de ser libres. Siempre la aceptación es totalmente voluntaria. Sucede que pode­mos no estar convencidos de su conveniencia pero, ¡oh maravilla, oh misterio!, por eso justamente procede del ejercicio pleno de nuestra voluntad y de la absoluta ra­cionalidad que le encontramos. La locura es curiosamente racional cuando incluye el amor. ¡Hagan memoria! ¡Cuántas veces hacemos locuras por amar! Y eso que es amor humano simplemente, amor que puede ser un grato recuerdo al poco tiempo o una experiencia para crecer, nada más. ¡Cuánto más cuando ese amor es Cari­dad! ¡Cuánto más cuando incluye la totalidad, que es Dios! ¿Hay locura mayor que la de la Cruz?

Podemos planificar toda nuestra vida minuto tras minuto y, de repente, un imprevisto nos la da vuelta sin contemplaciones. Puede ser negativo o puede ser posi­tivo. Si es lo último, seguro que el amor está presente. Si es lo primero, el amor no está ya que no hay creci­miento sin amor, no hay alegría sin amor, nada bueno hay sin amor.

El hombre miro desde la serranía el valle que se extendía a sus pies. Verdes laderas, arroyos cristalinos, sauces, acacios y espacios aptos para la siembra. Ima­ginó el hogar encendido y las castañas asándose al res­coldo, el queso fresco y el champán para acompañarlas y la esposa a su lado, compartiendo un sueño y la espe­ranza.
- He trabajado mucho y bien -pensó -, me lo me­rezco.
Como persona práctica que era, compró el te­rreno, plantó el castaño, construyó el hogar y se ena­moró. Todo estaba preparado de la forma en la cual él lo había soñado. Sacudió con fuerzas los pies en las pie­dras lajas del piso del frente de la casa para quitarse el barro de las botas y contempló complacido lo que había logrado. Todo era bueno.
Sabía lo que vendría. La paz, el goce y un cierto grado de molicie sin aburrimiento.
Jesús, que pasaba por el camino, lo miró y sim­plemente le dijo “¡Sígueme!”.


Por Juan Carlos Sánchez
De: "El Abbá, la Morada y el Acacio" - Capítulo 10
Ed. La Morada - 1999

domingo 4 de enero de 2009

Tres cuentos cortos

V

El niño cerró el libro que estaba leyendo y miró a su papá con cara de preocupación.
— Papá — preguntó — ¿Es cierto lo que dice el Padre Farinello que la cárcel es solo para los pobres?
— No hijo, no es cierto. Solo para algunos. Hay pocas y desgraciadamente no entran todos.


VI

—¡No hay Dios! —gritaba el hombre llorando desconsolado ante el cadáver de su hijito— ¡No hay Dios! ¡Si Dios existiese, mi hijo estaría vivo!
Su esposa, la mamá del finadito de quien se había separado hace tiempo, se acercó con los ojos bañados en lágrimas y lo abrazó fuertemente. El hombre respondió el abrazo. Ambos estaban unidos por una fuerza irresistible que los atraía uno hacia el otro.
Tata Dios, invisible como siempre a los ojos humanos, rodeaba las cabezas de ambos con un abrazo lleno de amor y reparador como ninguno.
Cuando Tata Dios observó a los padres llorar serenamente y unidos, soltó su abrazo, los besó en el alma y dándose vuelta hacia donde el muertito lo miraba vivo y resucitado y alegre por el reencuentro de sus papás, extendió la mano hacia la otra mano pequeña, la tomó, la apretó suavemente y dijo:
—Vamos. Ya es hora. Has cumplido.


VII

Cuando Manolo llegó al Cielo lo recibieron sus abuelos que habían muerto algunos años antes y lo primero que hicieron fue presentarle al Padre, luego al Hijo y cuando quisieron hacer lo mismo con el Espíritu Santo no pudieron porque andaba por la Argentina llevándole la contra a Borges intentando la conversión de los peronistas.
Después conoció a montones de gentes que eran sus parientes, amigos de la familia, vecinos del pueblo y algunos curiosos.
Entre todos le explicaron cómo funcionaba el Cielo. Que la cosa allí no era aburrida, que por el contrario se divertían a lo lindo, pero que había algunas reglas que cumplir.
Por ejemplo, que al Trono del Anciano no llegaba cualquiera salvo los niños como él que siempre estaban autorizados. También que era parte de la misión de los santos pedirle insistentemente al Hijo por la conversión de los pecadores.
Le aconsejaron que intercediera por papá y mamá, para que se convirtieran, así Manolo los podría conocer y compartir juegos y mateadas en alguna nube y Manolo oró. También era muy conveniente darle charla a María, la mamá de Jesús, porque ella tenía muy buenas influencias y conseguía favores especiales tanto del Espíritu Santo como de su Hijo.
Fue justamente María la encargada de contarle su historia personal. De darle algunos datos necesarios y de explicarle por qué sus papás lo habían matado en un aborto.
—Amo tanto la vida —dijo María—, que me parece de locos abortar un niño. Pero tenés que saber que mientras vivimos en la tierra somos muy débiles justamente porque nos la tomamos con los más débiles. Eso nos hace débiles. Si fuésemos capaces de enfrentar a los fuertes, a sus actitudes, a sus miedos, a sus falsos dioses, vos estarías en tu familia en la tierra dentro de algunos meses.
—¿Qué son los meses, mamá? —preguntó Manolo.
—Una medida para contar el tiempo que pasamos caminando para llegar acá respondió María—. Estos chicos —pensó— cuándo no preguntando...
—Pero mami —dijo Manolo—, ¿si yo estuviese allá dentro de algunos meses, cuánto demoraría en llegar acá? ¿Esto no fue ganancia para mí?
María suspiró con resignación, era experta en eso —durante su vida terrena aprendió a rumiar y callar ante algunas incomprensibles actitudes de su Hijo— y cuando estaba a punto de hilvanar una respuesta, el Espíritu Santo que llegaba, la interrumpió.
—Manolo, te presento a tus papás.
Dos viejitos lo acompañaban algo avergonzados.
—Me llevó más de medio siglo de los de la Tierra su conversión, pero le pidieron perdón al Padre y ahora vienen a pedírtelo a vos, en persona.
Manolo sonrió con esa sonrisa que solamente los niños saben poner en sus bocas, estiró los bracitos abiertos hacia adelante y se pegó un vuelito medio despatarrado de angelito nuevo y se abrazó a los dos viejitos.
—¡Ahora si estamos toda la familia! —Gritó y un lagrimón se escapó de sus ojos, atravesó la nube y le cayó en la frente a un pibe que jugaba al fútbol en un campito de Rosario.
El pibe se secó la lágrima pensando que era un pájaro que había hecho de las suyas e inexplicablemente, comenzó a sonreír.
Dicen los que lo conocieron que jamás dejó de hacerlo y que pese a los problemas que soportó en su vida que no fue fácil, vivió sonriendo con alegría.
Algunos en el Cielo comentaban que ese niño fue el viejito que le devolvió agradecido y sonriente una lágrima a Manolo en algún momento de la eternidad.

De "Bajo la Piel" - Cuentos
De Juan Carlos Sánchez

domingo 21 de diciembre de 2008

Chirolita


Hoy es 7º Domingo de Pascua, Solemnidad de la Ascensión del Señor del año jubilar 2000. Estoy llegando a Misa un tanto atrasado y ansioso.
Desde que empezó la Cuaresma espero una señal, un mensaje del Señor, sujeto como siempre estoy a sus manifestaciones ordinarias o extraordinarias, para conjugar mi vida y hacerla poema y acción.
No es que no las tuve. Fueron tantas que me apabullaron, pero sigo ansioso. Pasó de todo, desde ser papá de nuevo y hasta abuelo por primera vez casi al mismo tiempo. Papá y abuelo a la vez... “¡Qué detalle, Señor, que has tenido conmigo...!” canturreo bajito...
No me falta inspiración ni comida en la mesa y suelo tener seguidos diálogos cortos con mi Padre del Cielo a cualquier hora del día, que es una grata forma de orar.
Todo, señales de la presencia de Dios en la vida de las personas. Casualidades, como se les suele llamar comúnmente y que yo insisto en llamar diosidades, porque casualidad es el seudónimo que usa Dios cuando quiere pasar desapercibido. (Me cito a mí mismo, porque esa frase la inventé o se la copié a alguien en “El Abbá, la Morada y el Acacio”, mi opera-libro prima que fue editado en el ‘99).
Pero todas estas son otras historias y quizá a nadie les importen aunque me empecine en escribirlas.
Ya habrán observado que aunque tuve muestras de la presencia del Resucitado y de su Espíritu en mi vida, quería más. Pedía más. Estaba inquieto. Deseaba que esta Cuaresma y esta Pascua fuesen especialmente significativas. Y lo fueron.
Dios, que es un Dios de buen humor, finamente irónico cuando se expresa en la paradoja, me mostró Su Rostro en la fiesta de la Ascensión de su Hijo. Ya finalizando el tiempo pascual y cuando el creyente se extasía en la belleza del Resucitado que glorificado sube al Cielo para quedarse entre nosotros —pura paradoja—, lo hizo en la cara brutal y sucia de Chirolita, en quien habita por decisión propia, que también para elegir rancho es Dios y vive donde quiere.
Les contaba al iniciar el relato, que entré al templo algo atrasado al momento de la primera lectura y busqué un sitio libre en algún banco. En todas las iglesias los bancos son unas perversas e incómodas tablas semi lustradas y nunca del todo limpias que poco tienen que ver con los cómodos sillones de las iglesias de Miami o de los salones mormones.
Buscando discretamente a mamá y a mi esposa que habían entrado antes mientras yo estacionaba el auto, vi un buen lugar en la nave central y lo perdí casi en el acto, ocupado por alguien más joven que cruzó entre los bancos sin importarle que estaban en plena lectura de los Hechos. Durante el rezo del Salmo, hallé otro lugar.
En la nave izquierda, cerca del Sagrario, un banco para cuatro o cinco estaba casi vacío. Me lancé a la conquista de la sutil impiedad del asiento de madera dura y cuando llegué advertí que era un error pero ya era tarde. Un solo católico ocupaba el banco y realmente, con él era demasiado. Valía en aromas por una manifestación de peronistas a pleno sol de verano en Plaza de Mayo.
Morocho de chuzas piojosas, sucio y vestido con sobras, rechupadazo con tinto de oferta y con demasiados caramelos afuera del frasco o, lo que es lo mismo, con algunos patitos fuera de línea en la sesera, oliendo a sudor y mugre y parloteando a lo loco estaba un pobre. (Días después supe que su nombre es Beto).
Muchas veces teoricé ante quienes me invitaban a dar una charlita o a reflexionar en voz alta en un encuentro sobre la necesidad de sacar la celebración eucarística afuera, a las puertas del templo, en donde estaban los benditos del Señor pidiendo limosna o bien a invitarlos a entrar. Si los benditos del Señor están afuera, nosotros, los que estamos adentro, ¿qué somos...?
Ahora el bendito pobre estaba adentro y yo me senté al lado. Pensé en hacer un disimulado mutis por la puerta lateral pero por vergüenza y por un cierto pudor muy íntimo de conciencia, me dispuse a aguantar la compañía. Confieso que me distrajo y me llenó de asco el sólo pensar en el momento en el cual tendría que darle la paz, lo que significaba tocar esas manos mugrientas o abrazarlo y en el peor de los casos, besar su mejilla. Me esforcé en convencerme a mí mismo que ese negro afeitado a machetazos era Jesús.
Supongo que Jesús no andaba por Galilea llevando consigo una ducha portátil y un baño químico. Supuestamente olía fiero, pero el Beto no era exactamente la representación del Cristo de cabellos y barba cuidados por Giordano tal como cuelga el cuadrito de yeso que tengo en el comedor de casa. Claro está que Jesús es algo más que yeso chino y también admitamos que el Beto superaba todas las expectativas de miseria de aquél que “no tenía dónde apoyar la cabeza”. ¡Bueno...! Al menos y para mi consuelo, Jesús nunca fue visto rechupadazo... ni siquiera luego de las siete libaciones rituales de la Ultima Cena.

Mi vecino en el satánico banco —el modelo empleado por los carpinteros para uniformar los templos católicos con esos asientos puede ser la razón del crecimiento de las sectas a costa de nosotros, así que bien vale lo de satánicos— escuchó con atención, atronó cantando desafinado a lo Horacio Guaraní, puso algunas monedas en la bolsa de la colecta que sonaron como los cañones de la Heroica en los contabilizados y prudentes bolsillos de los ricos, se levantó y se sentó varias veces y opinó en alta voz. Calló gracias a mis codazos, método caritativo-psicológico derivado de los coscorrones que aprendí del Hermano Rafael, el prefecto de disciplina del Colegio La Salle-Jobson donde estudié y mediante tal expediente pude medianamente controlarlo de a ratitos.
No pude aguantar una sonrisa cuando el Beto sacó un jabón nuevo, envuelto y sin usar de su bolsillo y dijo más o menos “Lo voy a oler un rato, así huelo limpio...”, ni evitar un estremecimiento cuando se rascó con furia la cabellera y exorcizó en voz alta a los piojos. “¡Qué piojera...! ¡Qué piojera...! Esto no se aguanta más...” dijo.

Después de los piojos llegó el turno de la homilía del “Popu” Strina, un cura inquieto, escritor y capaz de hacerse amigo del juez con más facilidad que el Viejo Vizcacha.
Fue buena y es posible que hasta esos abyectos insectos se hayan cristianizado un poco si lo escucharon con atención. Algo de ella me perdí por pensar de nuevo en el dichoso momento de dar la paz a mi vecino de banco que ahora involucraba a los piojos. ¿Cómo hacer para estar a salvo de la invasión? ¿No acercarme demasiado? Inevitablemente si lo besaba, como suele hacerse en la celebración entre gente como uno, limpia y perfumada, alguno saltaría hacia mi cabeza. Darle la mano ya era algo sucio, pero acercarse a los piojos...
Mientras yo rumiaba sobre los piojos, el celebrante seguía hablando. El Popu es un cura mediático. Utiliza en sus sermones buenas figuras que llegan al corazón. Chirolita fue una de ellas.
Entre otros temas, predicó sobre la colecta destinada a Caritas que se realizaría el siguiente Domingo y lo hizo con lindura y sencillez pueblerina, tipo estocada al corazón de Mamerto (Menapace, mi hermano monje). Sacó de la galera dos personajes para ilustrar el tema: uno, el doctor de doble apellido que cree tener la salvación asegurada porque va siempre a Misa los domingos, porque comulga, porque aporta el diezmo, porque lleva el escapulario de Ntra. Sra. del Carmen, porque es lector de la Palabra, porque...
El otro personaje: Chirolita, el pobre. “Ese de quien —dijo el Popu— hay que hacerse amigo, porque en el juicio, en una de esas está junto al Señor y oportunamente, cuando le toca el turno al doctor de doble apellido, puede recordarle a Jesús ese sángüche y ese vaso de agua fresca que le dio una tardecita de verano, ...y salvarlo”.
Lo miré al Beto con más cariño. Como no conocía aún su nombre, lo llamé Chirolita para mi fuero interno y al momento de dar la paz apreté fuerte su mano e inicié el peligroso camino hacia su mejilla, bien que le pese a los piojos. Él, con dignidad de pobre, se escurrió del beso. No se si porque mi perfume importado de free shop de aeropuerto internacional le olía mal o porque no quería contagiarme los piojos. Prefiero pensar lo segundo. Lo primero estruja mi autoestima y la transforma en papilla para bebés. Si para el bendito del Señor huelo mal... ¿Para quién huelo bien...?
Y los dejo porque me está picando la cabeza. Me rasco y vuelvo.

Un cuento de Juan Carlos Sánchez


De: "Bajo la Piel"

martes 9 de diciembre de 2008

El muerto



Ud. tendrá un funeral de lujo -le dijo.

Y el muerto sonrió.


De "En ocasiones de piedra"

Por Juan Carlos Sánchez


domingo 7 de diciembre de 2008

La Clementina




“La Clementina ilumina
la callecita a su paso,
las flores de su cabello
huelen igual que en el campo.”

Teresa Parodi


Cuando escuché por primera vez la canción de Teresa no me dijo nada. Me gustó, pero nada más. Quedó allí.
Quedó allí hasta que conocí una Clementina.
Clementina era peluda, pequeña y suave como el Platero de Juan Ramón Jiménez; doméstica y poética.
Dura y esperanzada como un Pablo Apóstol ferviente y enamorado.
Callada y triste como un Cristo yerto.
Clementina era así. Como una espina, como una florecilla azul (la del verso de Teresa), como una roca, como agua que no queda, como viento, como nube.
Como una historia guardada, un silencio que grita, un dolor, una espera, una vida.
La Clementina que conocí era apenas adolescente y mamá, apenas mujer y niña, águila y polluelo, camino y descanso.
¿Cómo llenar una página con su historia tan breve y poco importante? Me resigno a un corto relato y arranco laxo con las palabras. No se que decir. Escribiré su vida como una rutina literaria, como un ejercicio más para rellenar un libro. No es importante ni novedosa, ocurre a la vuelta de cualquier esquina y a pocos le interesa.


Vino del campo a trabajar a la ciudad como sirvienta y consiguió buen conchabo. Una familia de profesionales con dos hijas pequeñas, cristianos de Misa dominical y generosos con los pobres y con la Iglesia la aceptó como una hija más. Trabajo y escuela, trabajo y catequesis y más trabajo era su rutina.
Conoció a Juan y se enamoró o se aferró a él, “algo de cada” como definió alguien sincréticamente. Se embarazó con placer e imprevisión y temiendo las consecuencias se lo contó a la patrona. Tuvo razón. La pusieron de patitas en la calle aduciendo el mal ejemplo a las niñas; que “eso no se hace”; que “el pecado se paga”, que “Dios castiga y no muestra la güasca” y que ya no serviría para el trabajo y que ellos no podían hacerse cargo de un bebé. Eso sí, le pagaron unos pesos de más por si los necesitaba y la anotaron en la Caritas parroquial por la ayuda futura.
La Clementina que conocí —como la de la canción de Teresa—, se encuentra en plazas y calles con Juan, se miman, se quieren, juegan con su bebé. Juan le regala flores silvestres —como en la canción de Teresa— y Clementina una sonrisa grande, un beso y una esperanza: esa berreante y siempre hambrienta que pone en los brazos del pibe-padre.
Sueñan.
Dentro de poco cuando sean mayores vivirán juntos en un rancho de paja y barro con techo de chapas de cartón y seguirán teniendo hijos. Recién entonces habrá bautizo y nombre cristiano para Juan Clemente Sosa, el hijo amado del Buen Dios que hace salir el sol para todos, hasta para los ex patrones de Clementina y para los escritores que economizamos palabras para contar su historia.

“La Clementina se enciente
como un farol en el campo
cuando se encuentra con Juan
y él le regala su ramo.

Y entonces sabe por que
se puede seguir soñando.
Se puede. Se puede.
Se puede. Se debe.
Se debe. Se debe.”


Teresa Parodi


Del Libro “Otros Relatos”

sábado 22 de noviembre de 2008

Los viejos


(A la Hna. Josefina López CM)

“En ese anciano me miro,
en esa anciana me veo,
cruzo la línea del hambre,
cruzo la línea de fuego.
Ya nos quitaron futuro,
de la justicia ni hablemos,
no nos quedemos callados,
que no nos toquen los viejos.”

Teresa Parodi


— Son todos iguales —me dijo con rictus de asco—, sucios, malolientes, molestos. Que Dios me perdone, pero es injusto llegar a viejo así.
Lo miré sin comprender. Que una monja carmelita misionera se expresara de tal forma me pareció un sacrilegio y una incoherencia monstruosa. Si algún día la encontrase semidesnuda en un prostíbulo de Gualeguaychú me incomodaría menos.
— No podés negarlo —agregó—. Esto es asqueroso.
— Hermana —atiné a decir espantado—, hermana... ¿Hablas en serio?
Me miró haciéndome sentir un infradotado, aplazado en un test básico de incordura elemental.
— Seguro.
— Pero... —asumí mi tradicional papel de cristianucho instruido— ¿Y el Cristo que hay en ellos? ¿Y el amor? ¿Y el Evangelio? ¿Y tu vocación? ¿A dónde se fue todo eso? Los viejos... son... son... hay que darles mucho amor...
— ¡Dejate de macanas! ¡Soy una mujer! ¿O no, acaso?
De genio fuerte, manejaba las palabras como un garrote y las tiraba con gomera. Dura, de palo, era inaguantable cuando le brotaba el mal genio y eso ocurría demasiado a menudo para mi gusto. En esos momentos, deseaba estar lo más lejos posible de ella, del asilo de ancianos, del convento y de ser necesario de mí mismo, no sea que me tocara una perdigonada verbal.
Por supuesto no le contesté. Ella dio por terminada la cuestión con una mirada terrible sin apelación posible. Tomó unas vendas, un pote de crema, algunas jeringas descartables, medicamentos y no se cuántas porquerías más y salió al trote ligero rumbo a los cuartos de los ancianos.
— Vení —bramó—, dame una mano.
Cruzó el coqueto patio exuberante de flores y apuntó derecho hacia la habitación de un enfermo terminal de cáncer a quien tenía que inyectar y hacer curaciones. Titubeé. Era el cuarto más evitado del hogar al que casi nadie entraba. Claro... ¿A quién le gusta oler o ver eso que estaba en la cama...?
Entró casi de un salto y se plantó en medio de las dos camas, una vacía y la otra con el despojo moribundo. Sonrió. ¡Sí! ¡Sonrió! ¡La desgraciada sonrió! ¡Y de oreja a oreja! De la misma manera que lo hizo para la foto cuando visitó al Papa.
¡Sonrió...! ...Y habló cantarinamente, como si hubiese estado ensayando en el coro de la Catedral.
— ¿Cómo estás, viejito? —Empezó diciendo.
Siguieron muchas otras palabras, bromas, risas y más risas, mientras trabajaba las porquerías del enfermo.
De pronto se dio vuelta y me miró.
Yo estaba en la puerta, mitad dentro y mitad fuera, respirando apenas y con cara de mierda.
— Vos, que sabés tanta teología, vení, ayudame. Limpiale con gasa las babas al abuelo.
El abuelo no escuchó esas palabras. Fueron dichas para mí o, mejor dicho, para lo que quedaba de mí.
Me di vuelta y vomité.
Ha pasado mucho tiempo y todavía no se si fue de asco o de vergüenza.


De: "Bajo la piel" - Cuentos
Por Juan Carlos Sánchez

El Abbá, la Morada y el Acacio



Publico el capítulo 2 de mi libro del título.



2. La poda.

La sombra del acacio es algo pobre esta prima­vera, necesita de la poda para ser frondosa. Empero, sus largas varas llenas de hojas pequeñas que se ele­van muy por encima del techo de la casa proyectan una semi pe­numbra traslúcida y atrayente.

El viento inaugura una danza perezosa en el fo­llaje y, al igual que Elías, advierto en la suavidad de la brisa la presencia de Yahveh.

Elías subió al monte para encontrar a Yahveh. Vino un viento que desgajaba los árboles, pero Yahveh no estaba en el viento. Hubo un terre­moto, pero en él Yahveh no estaba. Luego vino el fuego, pero Yahveh tampoco estaba en el fuego. Cuando Elías sintió una suave brisa que lo acari­ciaba se cubrió el rostro con el manto porque allí estaba Yahveh. La presencia de Yahveh siempre es una caricia, un contacto suave y cálido, una tierna y amorosa presen­cia. (Cf. 1Re 19,11-13).

Miro las varas largas e imagino la cruz clavada entre macizos de flores en el patio trasero. Un lugar para detenerse y meditar y orar, para dejarnos po­seer por el misterio. Tendré que cortar las ramas del viejo acacio; heriré su forma y modificaré su copa. Será más pequeña durante algunos años pero crecerá renovada y será frondosa y fuerte.

Detengo la vista en la parra. Tiene, año más, año menos, la misma edad del acacio, unos treinta. También a ella le llegó el tiempo de la poda. Será el próximo in­vierno pues ya la savia corre ansiosa por sus ramas y dará pocos racimos de uvas pequeñas este verano; creció desordenada aunque sana. Nece­sita la poda. Si corto luego de la primera yema dará mucho fruto; si luego de la segunda, fruto y sombra; si luego de la ter­cera, sombra y muy pocas uvas; cu­brirá de hojas la can­cha y faltará el vino nuevo ese año.

Voy a hacer de podador este invierno. Po­daré la viña y el acacio. De este último sacaré la cruz que plan­taré en el patio y los sostenes del techo del quincho y los dos, acacio y vid seguirán creciendo y dando fruto y se­rán mejores cada año.
Me asocio a ti Padre, pienso. Voy a ejercer mi bendición, voy a dominar las cosas de la tierra, a modifi­carlas, porque heredo una bendición (Gen 1,28) y ese es mi destino, heredar una bendición. (1Pe 8,9b).
¿Padre, cuándo es el tiempo y cuál la forma de mi poda? ¿Qué deberé perder para dar fruto, para ser útil según tu medida?
Siempre será una herida que dolerá. Durante mi vida he valorado muchas cosas inútiles; por la poda aprenderé que no son importantes, pero dolerá. Quitaré de encima aquello que aprecio y que impide que tenga “vida en abundancia” como Tu quieres que tenga Padre, solamente por tu acción y tu Gracia será posible, yo solo soy incapaz de hacerlo, me re­sisto, me aferro a lo que nos aleja. Debo experimentar la pérdida de lo que no da fruto y confío en que Tu lo harás, (Jn. 15,2a.) para que dé más fruto. (Jn. 15,2b).

La perícopa de Juan de 15,2-3 utiliza un verbo griego cuya raíz designa a la vez, la poda y la pureza. Podemos leerlo de las dos maneras y mantiene su sen­tido: “...todo el que da fruto lo limpia (o lo poda) para que de más fruto...” y “...ustedes ya están lim­pios (o podados)...” y en la parra y las demás plantas sucede igual, podemos observarlo con claridad. Podar es lim­piar, purificar y es siempre traumático. Pese a todo tengo confianza en que el podador ejercerá su oficio con sabiduría y allí justamente, en esa con­fianza reside mi fe. Me abandono a Dios, me entrego en las manos de mi Abbá. Él me creó para que me plenifique, para que crezca y de fruto y hará todas las cosas “...para bien de los que le aman”. (Rm. 8,28)

Olvido la vid y vuelvo al acacio. Sacaré más de diez varas largas y duras que luego de un año de se­carse a la sombra serán casi imputrescibles. Dos, las más sóli­das, serán la cruz alta que clavaré en el patio trasero algo oculta de los simples curiosos que pa­san por la calle pero a disposición de los que entran, de los invita­dos.

Frente a ella cruzaré un tronco seco sobre las piedras lajas traídas de la sierra, de la cuesta de Al­tau­tina precisamente por donde pasó el Cura Bro­chero en su mula buscando árboles de quina y tiran­tes para la Casa de Ejercicios para sentarme no de­masiado cómodo y que me ayude a resistir la ten­tación de quedarme. Las Cruz invita a quedarse pero hay que partir.

A los pocos minutos de estar frente al signo de la vida y del escándalo uno comienza a sentir unas ganas íntimas, cálidas, de penetrar el misterio del Dios que se hizo hombre y que en ella murió y que luego resucitó. No por curiosidad para entenderlo, sino para interiori­zarlo en una acción de gracias sin fin. Al instante siento el deseo de orar, de conversar con quien me ama hasta el absurdo y a quien amo. Lo haré, pero lo justo. Lo ne­cesario para expresarle mi agradecimiento y para pe­dirle fuerzas para partir. Aunque la cruz me invite a quedarme, partiré.

Es durante esos minutos de contemplación en los cuales siento la brisa que contó Elías. Se que Yahveh está allí. Está en la cruz y en mí. Me siento pecado y Gracia, las dos cosas a la vez. Quiero pedir perdón por la cruz pero no conozco las palabras, me quedo en silen­cio. ¿Probaste?

¿Probaste de quedarte en silencio contigo mismo, buscándote adentro, en el lugar donde Yahveh quiso hacer su morada? (Jn 14,23) ¿Probaste de salirte de las inquietudes del mundo de afuera para conocer el de adentro, ese auténtica­mente tuyo?
Cuando lo hagas sentirás una voz serena y tranquilizante en tu oído diciéndote “Tú eres mi hijo amado en quien me complazco...”. Te sabrás acep­tado, amado, necesario para que el Padre celebre una fiesta por el hecho de estar contigo. Descubrirás que ya deja de importar cómo eres ni lo que tienes y que el Padre te ama porque Él quiere y tal como eres. Con tu pasado, con tus culpas, con tus pesadillas y tus horrores. El Padre te ama siempre en presente, siempre nuevo, siempre naciendo.
Enten­derás que no te pide nada a cam­bio salvo amor y Él te lo da para que se lo entregues de vuelta. Comprobarás que ni siquiera te exige expli­caciones. Ya te perdonó y está contigo. Calza tus pies desnudos, perfuma y viste tu cuerpo, adorna tus ma­nos con sus anillos y celebra con música y manjares tu presencia en su casa. (Lc. 15,11-32). Yahveh sabe de tu arrepentimiento sin necesidad de que se lo di­gas. Penetra en lo más profundo, escucha tu silencio, ve lo escondido.

Luego de un tiempo dejaré el patio trasero y la cruz, esa cruz. Tomaré la mía, que es el regalo más pre­cioso que me ha hecho mi Padre y saldré a cumplir con el Crucificado. Jesús me pide: “Si me amas, cum­ple mis mandamientos...”. Lo amo y tengo tres que cumplir, nada mas que tres, un número insignifi­cante. Me dice primero: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu cora­zón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas...”

Lo dice desde siempre, desde la eternidad, en el Deuteronomio: “Escucha Israel, el Señor Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...” (Dt 6,4ss.). No hay cambios, primero Dios, antes que nada Dios, solamente Dios. Parece que sólo me que­daré con Dios y me hacen falta tantas cosas... pero por esa escla­vitud de Dios a sus promesas y a su Pa­labra, todo lo demás será mío, todo me será dado por añadidura. (Sab 7,7-14).

Me dice después: “...Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes”. (Jn 14,34; 1Pe 1,22-23.25). Es el segundo manda­miento. No excluye a nadie con ese «ustedes»; lo dice para todos, para cualquiera que lo escuche, viva en el tiempo que viva, esté donde esté. No lo dijo, lo dice hoy. Lo está diciendo. Siempre la Palabra de Dios se pronun­cia ahora y para mí. Me dice que ame a mi prójimo.

¿Quién es mi prójimo? La parábola del buen sa­maritano (Lc 10,29-37) lo dice todo, no hay que expli­car nada, las parábolas no se explican.

Pero me cuesta aceptar que mi prójimo es aquél que me irrita contradiciéndome; el que robó en mi casa; el que atentó contra mi familia; el que tor­turó y mató desde la guerrilla o desde la dictadura.

Me cuesta aceptar que mi prójimo es ese desa­gradable borracho con olor a pobreza y vómito o aquél otro que está en la cárcel por violar una cria­tura o ese de ropa raída que duerme en una caja de cartón en la calle. Me cuesta aceptar que mi prójimo es ese enfermo que repugna o esa anciana que mues­tra la fragilidad de mi juventud. Prójimo es el pró­ximo, el que está cercano a mí, cerca del lugar que es­toy o por donde paso, o sea: todos, cualquiera, no tengo elección; me guste o no, me incomode o no, mi prójimo es ese otro.
Sin amor, todos los prójimos son insopor­ta­bles.

Pero todavía me dice algo más, un tercer man­damiento que tengo que cumplir si lo amo. Merece una introducción para entender su profundidad e impor­tancia. Jesús no quiere hacer de mí un privile­giado. No desea que me quede en la satisfacción de conocerlo, de amarlo. Quiere que lo comparta para que todos y cuando digo todos digo la creación en­tera, vivamos el Reino del Amor.

Por eso, como preámbulo para enunciar este ter­cer mandamiento, Jesús alude a la plenitud de su divini­dad. Dice: “Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra...”.

Los profetas hablaban en nombre de Yahveh y lo hacían saber invocándolo de distintas maneras. Decían: “Oráculo de mi Señor...” o “Yahveh me dijo...” o “Yahveh me habló en sueños...” y luego pronuncia­ban la Palabra que venía de Yahveh. Esa Palabra no les era propia, te­nía autoridad, venía de Dios.

Jesús invoca su propia autoridad, confiesa su di­vinidad, reconoce su poder, el que le dio el Padre pero que le pertenece porque ambos son una misma cosa; habla por sí mismo, lo más alto sobre la tierra, y dice: “...vayan y hagan que todos los pueblos sean mis dis­cípulos bautizándolos en el nombre del Pa­dre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mt. 28,18ss.)

O sea que tengo que partir amando a diestra y siniestra, arriba y abajo, dando testimonio de amor para que “...vean como se aman” y por eso crean, por­que «obras son amores y no buenas razones». Tengo que partir a comunicar la Palabra, a proclamar la Buena Noticia. No la puedo guardar para mi gozo y mi salva­ción porque no hay salvación para los egoístas ni hay gozo si no es en el Espíritu misionero del Señor. Tengo que partir porque la Cruz es dinámica, inquieta, celosa, abarcadora, excluyente...

Yahveh es un amante celoso y exige toda mi vida. No un poquito o un rato de tiempo libre de ocupaciones más importantes, sino todos y cada uno de los instantes de mi vida. Quiere que “velando o durmiendo esté siempre con Él”. Él me amó desde antes de los tiempos, desde que me pensó y amó a mi prójimo. Nos amó y nos ama tanto que quiere que habitemos en las moradas que nos tiene preparadas con nuestro nombre escrito en su portal.

Tengo que partir aunque deseo quedarme cómodo y satisfecho conmigo mismo, con la brisa y el lugar. Tengo que salir a buscar el rostro de Cristo, que no dejó nin­gún retrato ni escultura solamente para que lo encon­tremos en cada prójimo y en el espejo, cuando nos mi­ramos. Tengo que salir a buscar al dueño de ese rostro y traerlo hacia la cruz de ramas de acacio para escuchar así la voz del Padre que me susurra: “Tu eres mi hijo amado en quien me com­plazco”.

Este invierno podaré el acacio que quedará sin ramas. Plantaré la cruz y partiré. Vendrán luego una pri­mavera y un verano y habrá sombra, ahora es­pesa y corta. Seguramente las ramas ya no ensaya­rán esa danza elegante que ahora me admira, sino que será in­quieta y algo más ruidosa, de hojas jóve­nes y follaje an­sioso.
La cruz quedará plantada y vacía. Saldré a bus­car a Cristo en las calles, las fábricas, las escue­las, las iglesias para traerlo a la cruz.
La cruz está vacía y espera. No es el cuadro macabro de un agonizante clavado e inmóvil, sino la del Resucitado que anda entre nosotros; que come, que explica las Escrituras, que parte el pan (Lc 24,13-35. 41-43).
Es la cruz del triunfo; la del Dios que aceptó la poda para hacerse servidor, para estallar en brotes nue­vos, para crecer con un Cuerpo renovado.
Es la cruz de acacio luego de la poda. Ahora el árbol es más mistérico que nunca; ahora es madera vieja para una nueva primavera.

sábado 18 de octubre de 2008

Bajo la piel


En homenaje a todas las madres, a las que sintieron la vida, a las que aman la vida, a las que no son madres pero se hacen mamás por amor.

A todas las mujeres que alguna vez acariciaron un niño.

A las que luchan por defenderlos de la muerte infame del aborto.

Mi respetuoso abrazo.

JC


Bajo la Piel

Un cuento de Juan Carlos Sánchez

La conocí apenas nacido, ¡bah!, es un decir.
En realidad, piel de la panza de mamá de por medio, la conocí bajo la piel; escuché su voz y sentí su cariño desde los primeros días de mi vida y mucho antes de nacer, no recuerdo desde cuánto exactamente, pero es irrelevante.
Ella me contó trozos de historia que compartimos y sus hermanas, hermano y amigas y papá la ratificaron. Nada anormal, nada diferente, simplemente una pequeña y cortita historia de amor, la de un bebé llorón que tuvo quien lo acune.

Mis primeros años fueron buenos a su lado, no tengo reproches.
Me mantenía limpio y bien alimentado, me enseñó a hacer la señal de la cruz, a rezar el padrenuestro y a leer antes de que me mandaran a la escuela. Mientras tanto y mientras yo iba creciendo, ella limpiaba la casa, cuidaba de la ropa, siempre impecable de papá y mía, cocinaba y siempre le quedaba tiempo para jugar conmigo o sacarme a pasear. Esos años fueron perfectos.

Estaba siempre dispuesta a alguna tarea extra, como cuidar de mis abuelos que eran viejitos o preparar la cena de fin de año en la casa-templo de la familia, que era por supuesto, la de los abuelos.
Yo sentía adoración por ella. Solía refugiarme en sus brazos ante cualquier contratiempo y ella me consolaba hasta que me calmaba o me dormía.
Confeccionó con la ayuda de una hermana costurera el primer disfraz que usé para un 25 de Mayo, un uniforme de granadero con espada de cartón e hizo que me sacaran una foto que aún anda por allí en la caja de recuerdos que siempre se dejan olvidados en cualquier hogar.
Cuando estrené el primer guardapolvo blanco con el que inicié mi vida escolar, lloró. Su corazón de maestra jubilada se sacudía estremeciéndole el pecho y derramó algunas lágrimas. Me acompañó hasta la puerta del Colegio y durante todo el año me llevó y me fue a buscar a la salida. Regresábamos a la casa charloteando y contándonos historias simples, jugando o recordando algún episodio familiar, algún cumpleaños o episodios comunes que a nadie interesan ahora pero que me gustaría poder revivir aunque sea en sueños.
Fue siempre una buena aliada y muy respetuosa de papá.

Papá era un hombre ocupado y muy trabajador que solamente disponía para mí de alguna hora a la siesta y otra por las noches y gran parte de los sábados y domingos. El resto de los días y horas era ella quien me atendía hasta los mínimos caprichos. Jamás me pegó pese a que papá le pidió que lo asistiera en disciplinarme y que si era necesario algún chirlo, no me lo negara, que era por mi bien.

Los primeros quince o dieciséis años de mi vida rondaron la suya y la suya giró alrededor de la mía. De pronto y casi sin darme cuenta comencé a dejar de verla. Comenzó a desaparecer paulatinamente, con resignación.
Coincidió con mis primeros amores con una rubia de ensueño, amores platónicos por cierto pero que me distrajeron de sus ausencias al principio ocasionales y cada vez más reiteradas que no me molestaron demasiado.
Yo buscaba nuevas experiencias, estaba aprendiendo a vivir según creía por entonces y comenzando a sentirme sabio en todo. Mi adolescencia fue turbulenta en amores y en ideales y ella prácticamente desapareció de mi vida. Bueno, papá y la familia también y prácticamente todo lo que no fueran los importantes asuntos que consumían mis horas. Nos reencontrábamos los fines de semana y charlábamos un rato.
Yo había terminado mis estudios secundarios y estaba en la universidad, aprendía a hacer política y a tocar la guitarra y obtuve mi primer trabajo serio.
Me casé y ella lloró casi tanto como cuando me separé poco tiempo después. Volvió a llorar con alegría cuando volví a hacer yunta y nacieron los hijos.
La veía diariamente visitando la casa paterna. Pero Bajo la piel sentía la sensación de que por haber madurado o crecido, que no es lo mismo, la había superado. Ella era el pasado, un pasado bello pero recuerdo al fin.

Pasaron los años y papá enfermó y finalmente murió.
Por mi dolor no observé el de ella que estaba presente y firme y me limité a mostrar dureza, a esconder las lágrimas. La visitaba todos los días un rato por la noche más que por estar, por gozar de su sonrisa, de su voz cristalina y fuerte, de su alborozo. Siempre fue inquieta, provocadoramente movediza y lo seguía siendo pese a los años.

Envejeció y un día consideré conveniente llevarla a vivir conmigo, con mi familia, con los chicos.
Bajo la piel, despacito, volví a sentir esa rara sensación de complicidad, de seguridad, algo inexplicable. Me regocijaba verla todos los días y a todas horas.
Lentamente se fue acercando a la muerte. Yo sabía que debía ocurrir pero no me lo consentía. Ella oraba, oraba a toda hora. Estoy absolutamente seguro de deberle mucho de lo que soy o pueda ser a su oración.
Buscaba llamar la atención, quería mimos, ser tenida en cuenta más allá de sus limitaciones.
Un día murió.
Sin molestar, sola y desnuda bajo la sábana anónima de la terapia intensiva. Horas antes, cuando la visité y los médicos consideraban que ya podía ser trasladada a la sala, pregunté la razón por la cual le habían desconectado los cables del monitoreo cardíaco. “No hacen falta, está bien”, me dijeron, “además —agregaron— los manoseaba y cuando le preguntamos qué estaba haciendo, nos respondió que rezando el Rosario...”
Pero se murió.

Cuando retiré del cadáver aún tibio el anillo de matrimonio que papá le entregó frente al altar 57 años atrás y que jamás se quitó, sentí bajo la piel la sensación de que estaba tocando un sacramento.
Fueron uno, son Uno, me dije para mí mismo.
Puse los dos anillos juntos, el de ella y el de papá en una pequeña caja de cerámica. Debía ser así.
Y enterré a mamá.


*****

No puedo abordar este relato sin lágrimas, lágrimas de una ternura infinita.
Lágrimas de soledad aunque esté rodeado de vida, vidas para quienes soy ahora el tronco y no me queda otro donde apoyarme.
Aprendí de esa anciana tanto... Y después de su muerte sigo aprendiendo.
Bajo la piel siento su presencia y la de papá y la de todos aquellos que son mi mos maiorum, mi pasado que fue como debe ser mi futuro y el futuro de esas vidas, mis hijos, su trascendencia aquí a quienes espera con amor en su trascendencia de Allá.
Aprendí que no hay amor más grande que dar vida y cuidarla.
Que entregar todo hasta quedar desnuda, hasta morir desnuda, por todo adorno solamente el sacramento del amor, el anillo nupcial, significado de entrega al que fue fiel siempre y para siempre.
Entendí que tengo que transmitir de alguna forma esa enseñanza, involucrar a mis hijos en la entrega, en el desprendimiento, en defender la vida, en el cuidado escrupuloso de la familia, en la oración como vocación relacional para vencer la muerte, en el amor.
Porque no es la sangre lo único que nos transmiten nuestros viejos sino valores, conductas, formas de vivir la vida, sentimientos que bajo la piel son los motivos para vivirla. Que sin esas sensaciones íntimas, el invierno se apodera de las flores y no habrá frutos la siguiente primavera. Que no habrá gozo ni esperanza.


Mamá murió el 1º de Mayo de este año 2004. Me cuesta el punto final, lo demoro como si me estuviera desprendiendo de algo propio a sabiendas que nunca fue mío sino de quienes lo habrían de leer.
Es que estoy despidiendo la intimidad que tuvimos. Le leí algunos cuentos en las tardes de invierno y gozó con ellos, opinó y corregí más de un párrafo según su consejo.
No puedo dedicarle este libro como hice con otro anterior cuando cumplió 90 años, cinco atrás. Ya no está sola, está en el Amor al que amó por sobre todo y con quien amó sobre todos los hombres, su esposo, mi padre; fueron uno, ahora son UNO.
Se lo entrego a ellos dos, soy su obra, este libro también es su obra.

Del libro "Bajo la Piel"
E-mail del autor zschez@yahoo.com.ar
Imagen: Paul Cézanne - Vieja Rezando

martes 30 de septiembre de 2008

Cogito, ergo sum


(Premio SADE Gualeguaychú)

Sin entender ni jota de filosofía y menos aún de latín, hizo suyas las palabras del filósofo René Descartes “Cogito, ergo sum” las que en castellano básico significan: “Pienso, luego existo”. Le gustaron por su sonoridad misteriosa y entendiéndolas como pudo y por cierto equívocamente, se aplicó con místico fervor religioso desde su pubertad a especializarse en sábanas. Obviamente ella creía que el sumum de la vida era... (No me permito la indecencia de usar la palabra inadecuadamente propia).
Por su candidez y su desprendimiento bien podría tener ganado el Cielo. Nada conservaba para sí, ni ropa interior ni intimidad ni nada. Tal vez el celo existencial que puso en su profesión de puta iniciada por curiosidad, continuada por placer, perfeccionada por dinero y sublimada por amor le hubiese permitido ocupar un lugar cercano al Trono del Cordero. Dios considera el empeño de sus creaturas como un mérito. “A Dios rogando y con el mazo dando...” dicen los viejos y los dichos populares encierran la sabiduría del pueblo y explican la teología de los sabios. Pero le tocaría experimentar a poco de iniciada la tercer década de su vida el toque misterioso de la Gracia en su corazón. Le sucedió por calentura y descuido, pecado según los teólogos, casualidad dirían los comunes, diosidad, los carismáticos. Casualidad es uno de los seudónimos que usa Dios cuando quiere pasar desapercibido.
Hagamos historia que si no, el cuento que les cuento se termina demasiado pronto.
A los 13 años un primito de 15 le levantó la pollera por primera vez con mano torpe y asustada. Eso fue suficiente y de allí la cosa. Pasados seis meses se sabía todas y disfrutaba como loca, al año era experta y a los dos comenzó a cobrar.
Los primeros pesos ganados dando y recibiendo placer le aportaron el gran descubrimiento existencial de su vida: El dinero da placer y, si el placer da dinero, mejor aún. Gracias a Descartes, creyó entender el sentido de su vida y la justificación de sus fechorías. A los dieciocho conoció a Francisco, se acostó con él por oficio y se enamoró en serio por primera vez y entonces su interpretación libre del principio cartesiano adquirió familiaridad, se hizo confiable y bueno, un lícito medio de vida para sostener el amor. Carmela vivió con Francisco la gran experiencia de su vida, la inolvidable, la inobjetable. Podría decirse con propiedad que fue virgen hasta el momento en el cual se entregó a él con fruición, gratuitamente, saboreándolo y sintiendo latir sus intimidades con un tamborilleo nuevo, embriagador y desconocido hasta entonces. Pensó y existió. Pensó en el amor y existió. Pensó en darse y existió. Cogito, ergo sum. ¡Ahora sí! Y se entregó, manteniendo intactos los códigos que había aprendido en la villa y en la calle que podían simplificarse en algunos principios morales básicos y elementales: Primero decirle “¡te quiero!” solamente a Francisco, segundo besar en la boca solamente a Francisco, tercero gozar de la relación sexual solamente con Francisco, cuarto mantener a Francisco, quinto tener hijos solamente con Francisco. Cada cosa en su lugar y sin confundir trabajo con familia, sin llevar el trabajo a casa ni involucrar a la familia en el trabajo.
Francisco al principio se sintió escandalizado y hasta horrorizado de sus propios sentimientos. “¡Enamorarse de una prosti a quien pagó para tener su primera relación...!” Intentó sacarla de ese oficio, pero... ¿con qué se mantendrían si él no trabajaba? Entonces consintió, con el tiempo se acostumbró y al final le gustó pasarse la vida sin hacer nada, comiendo bien y siempre con unos pesos en el bolsillo para ir al boliche por las noches a jugar unas partidas de pool o de barajas.
Carmela entretanto, se perfeccionaba en su oficio. Cuando quedó embarazada por un descuido, supo por esa intuición propia de la mujer con calle que el papá era un cliente y entonces, yuyos mediante, abortó sin contárselo a su marido. Sintiéndose culpable no de homicidio sino de infidelidad en grado de tentativa por imperio de la quinta regla, buscó en reparación darle un hijo a Francisco. Lo intentó durante cinco años sin lograrlo, puso todo su entusiasmo y ciencia en ello, pero... A los hijos los manda Dios... cuando quiere tener un hijo más por estos pagos de Él.
A esta altura del cuento, vivían en una casita de plan oficial amueblada con buen gusto y estaban a punto de mudarse a un barrio de mayor categoría, tenían un buen auto y ahorraban para vacacionar. Ella contaba con una clientela selecta y generosa y él, más que nada por no pasar por vago que por ser comedido, puso un negocito y también le fueron bien las cosas. Cuando se mudaron a la casa nueva replantearon la situación laboral de ambos. Ya no era necesario que ella saliese a trabajar o que atendiese los llamados a su celular por el cual requerían sus servicios profesionales. Esa etapa podía quedar atrás y resolvieron dedicarse ambos al negocio. Siguieron prosperando y visitando médicos en procura del hijo deseado.

Severo Calván, el ginecólogo de moda en San Joaquín de la Granja, la ciudad en la que vivían desde siempre y su médico de confianza la citó a solas y le dio la noticia temida: jamás Francisco tendría un hijo. Cierta insuficiencia le impedía producir la cantidad necesaria de espermatozoides como para embarazarla. Descartando la adopción, quedaba como salida la inseminación de un donante. Carmela no aceptó la propuesta. Sutilmente la quinta regla subsistía. Ella lloró en su hombro, Calván había sido su mejor cliente y mantenían una sólida y sincera amistad. Se lo contó a Francisco con suavidad, minimizando la cosa y sin demasiados aspavientos cuidando no herir su virilidad. Le dijo que con el tiempo quizá se podría solucionar tirando de esa manera la pelota para adelante. Siguieron en lo suyo y esperando hasta que en la vida de Carmela apareció un muchacho. Ella se entusiasmó con él sin proponérselo.
Al abandonar su oficio de prostituta algunos artículos del código ético había sido pudorosamente sepultados y por ello, cualquier refriega extraconyugal entre sábanas, bien podía ser considerada una cuestión más incorporada a las costumbres sociales propias de una pareja estable en una sociedad deprimida en sus valores. Ella disfrutaba de la fidelidad como donación y hábito de convivencia pero lo cortés no quita lo caliente. Treinteañera y hermosa, la rutina que pegajosamente y sin advertirlo se había instalado en su vida hizo que encontrara una nueva risa junto a ese muchachón desenfadado, menor que ella, que la cortejó como a una dama y la acostó como a una perra. La aventura terminó pronto apenas Carmela quedó embarazada. Se lo contó a su amante mientras se vestía luego de hacer el amor con una exclusiva mezcla de desenfreno y ternura a modo de despedida. Le dijo que era la última vez que lo hacían y que no se preocupara, que el embarazo era su problema y que lo resolvería ella sola. Que podían seguir siendo amigos y nada más que eso. El muchacho supo que extrañaría a esa sensual y experimentada mujer a la cual amaba a su manera, lamentó la pérdida de esa paternidad recién inaugurada pero juventud y cobardía mediante, respiró aliviado de que le sacaran de encima la cuestión.
Dolorida, Carmela fue nuevamente a ver a Calván, le contó la verdad y le pidió ayuda para abortar. Este, acongojado y sorprendido, solamente atinó a decirle en tono monocorde:
— Pero Carmela, ahora que estás embarazada... ¿sacarlo? Si estuviste buscando un hijo como loca —meditó las palabras que diría a continuación—. Te propongo algo...
Cuando Calván terminó de hablar, los ojos de Carmela estaban encendidos. Era posible, sería creíble, quizá valía la pena. Discutieron, argumentaron y prepararon todo minuciosamente, ensayaron los diálogos, el fraseo y los gestos y pusieron manos a la obra. Ella le dijo a Francisco que el médico tenía una propuesta que hacerles. En la charla de consultorio, Calván explicó a Francisco que había un donante de semen, un cliente suyo de otra ciudad, que era un hombre sano y vital, inteligente y hasta algo parecido a él y que esa sería la posibilidad de tener un hijo, que nadie se enteraría y que se salvarían las apariencias. Francisco, más por complacer a su mujer que por otra cosa, aceptó.
Cuando nació Mauricio, Francisco lo nombró así en honor a su abuelo materno y a un juez amigo que merecía el homenaje. Sanito y lindo, se transformó en la alegría de la casa y creció lleno de amor y mimos. Carmela y Francisco se abocaron a la tarea de construir un hogar para Mauricio y lo hicieron a la manera española, sentando cabeza mediante un buen matrimonio en la Catedral ante el beneplácito del cura párroco que lo consideró un triunfo pastoral, la alegría de algunos amigos de nueva data que festejaron el acontecimiento y trabajando duramente para asegurar el futuro del niño. Crecieron en unidad y amor, maduraron y con el tiempo, luego de la catequesis familiar por la primera comunión de Mauricio, se integraron a una de las tantas instituciones parroquiales, dedicada a ayudar a las familias en desamparo.
Ese niño fue el curioso toque de Gracia que experimentó Carmela. Inexplicable desde la teología o desde el racionalismo, pura diosidad, acción de un Dios que se da el gusto de actuar como tal sin esperar que alguien salga a explicarlo y menos aún, a permitirlo.



Severo Calván —este, por cierto, no es su verdadero nombre— si lee este relato recordará esa noche en su casa en la cual, guitarras, vinos y pollos a la brasa con papas fritas de por medio me contó esta historia omitiendo los nombres de sus protagonistas. Igualmente lo consideró una infidencia y se sintió dolido por hacerla pero la confianza de la vieja amistad que teníamos, la necesidad de compartir una mentira o de descargarla y el tinto ablandaron su lengua. No quise defraudarlo diciéndole que no estaba contándome nada novedoso. Que ya lo sabía por Carmela. Que ella me lo dijo cuando, con una sonrisa cómplice, puso por primera y última vez el niño en mis brazos al tiempo que me pedía silencio para siempre. Tampoco pude explicarle a Severo Calván esa lágrima furtiva que se me escapó indecentemente al final de su relato y que cayó sobre la guitarra.
Después de todo Mauricio mi hijo, es mi donación. La donación de un bello pecado, donación que hice para que otros maduren el amor.


Del libro "Bajo la Piel"Publicado en Antología de la Sociedad Argentina de Escritores

Foto: Acrílico de José Benegas