domingo, 20 de septiembre de 2009

José Frydryk, Sacerdote de Jesucristo

Misionero de La Salette y responsable de la Renovación Carismática Católica de la Arquidiócesis de Santa Fe, partió a la Casa del Padre el Día de Todos los Santos. Todo un signo. Y hay más… Mucho más.
Los protagonistas de este cuento que les cuento son muchos, José, Vicente, Karol y los otros.


Por Juan Carlos Sánchez Dodorico
(Nota en reedición en la Fiesta de Ntra Sra. de La Salette)

No escribiré la historia larga y fecunda en Santa Fe de José Frydryk, que otros se ocupen de esos menesteres necesarios. Este chaqueño nacido en el monte de Pampa del Infierno y nunca del todo resignado a ser un inmigrante, merece de mi parte y respetando la profunda amistad que nos une, simplemente un testimonio existencial.

Digo amistad que nos une en presente pues creo en la comunión de los santos -lo somos por el bautismo los vivos y lo son quienes merecieron compartir el pan y el vino nuevo en la mesa que sirve Jesús- y en que pese al abismo que separa a la Iglesia militante de la triunfante y de los condenados, si los hay, existen sutiles formas de comunicación que no ofenden la sana doctrina. Ya les contaré y verán.
En presente, repito, tal como dediqué mi libro “El Abbá, la Morada y el Acacio” a mi maestro, compadre y amigo, Fray Vicente Grases Millet, OP que “me espera en la Morada del Abbá” (cito el libro) y a quien le escribí desde la portada esto: “…Y con un abrazo grandote y lleno de nostalgia, en el recuerdo y en la alegre y vivacamaradería de la Iglesia, a mi compadre y amigo el Padre Vicente, a cuyos pies estuve como discípulo y que no tuvo tiempo de escribir el prólogo al cual se había comprometido, porque partió de apuro rumbo a la Casa del Padre. ¡Después charlaremos de esto, Vicente… Después charlaremos!”
Vicente y José y por lo que sospecho ahora también Karol, estaban unidos por la hermandad del sacerdocio, por la amistad y por mí en ese libro. Pues también la introducción donde cito a Vicente, lo hago con José. Transcribo:
“Al P. José Frydryk, Misionero de La Salette, mi amigo, pastor y herrero, dueño de una personalidad áspera, fuerte y dura que esconde un tesoro de Caridad que se empeña infructuosamente en ocultar.”

Y por allá arriba escribí “y por lo que sospecho ahora también Karol”. Sigan leyendo la nota y entenderán. Les anticipo solamente que a mi me pareció muy natural y coherente el episodio que les relataré acá mismo.

Mezclo personajes. Acaso esté repitiendo eso que dijo de mí César Actis Brú, DP con su espléndida pluma en el prólogo de libro: “Finalmente no puedo –tal vez tampoco quiero- eludir una mirada a la transparencia del alma del autor quien, rayano en la auto – referencia obsesiva, se nos muestra sin pudor con desnudez franciscana retomando el camino de regreso, mostrando como Ulises (u Odiseo) su fuerza y su cansancio, su vigor y su alegría, pero solamente reconocible por sus heridas devenidas ahora en cicatrices.”
Amontono a todos los que amo y que me aman, vicio de autocomplacencia y confirmación en la fe que, también sin pudor, expongo desde mi espiritualidad caminante y en permanente conversión con placer. Esto, que parece un folleto propagandístico de un libro que no fue presentado nunca en Santa Fe, mi ciudad natal y sí en Mina Clavero por otro gran muerto, el Padre Manuel Ignacio Pereyra, y que también jamás será puesto a disposición de mis comprovincianos al menos en su versión original pues se agotaron las ediciones, viene a cuento porque sin José Frydryk entre tantos, no habría existido.


Somos amigos sin concesiones José y yo.
Él me pide algo ahora que no revelaré. Yo le pido que me contenga en la alegría de la Eucaristía que tantas veces celebramos en comunidad y en la cual nunca comí. Hoy Domingo por la noche que escribo estas líneas que terminaré no se cuándo, es el primero en que comulgué, previa confesión porque algo había, en el gigantesco templo edificado por el Padre Paprosky en Santa Fe, otro sacerdote polaco como José y Karol. Para mí un signo. Presidió la celebración Fernando, párroco en La Banda, Santiago del Estero a quien conocí y compartí pan y vino en la casa parroquial de La Salette y en la mía, en familia, como debe ser entre cristianos. Volveré sobre este Domingo y esta Misa.
Retomo el relato: somos amigos sin concesiones José y yo.

Siempre fue obsesivo en el respeto por la libertad en la esclavitud del amor.
Cuando resolvimos dejar de compartir andanzas (de las buenas) y mesas de familia nos comprometimos al secreto pero nunca dejamos de estar unidos y en contacto. Ni siquiera ahora lo abandonamos. Mi hija Cristina, la mayor, me contó algo que después les cuento y que tiene que ver con esto.
José, como todo polaco y chaqueño montaraz, áspero y rudo, jamás calló. No le importaba lo que pensaran los demás de la verdad que él exponía. Yo, por más que lo intente, nunca lograré ser como él, soy más político, diplomático como se dice. En eso radicó la necesidad de no seguir compincheando por un tiempo, ahora retomamos el vicio ya libres de ataduras mundanas.
José exige algo, estoy dispuesto a complacerlo. A cambio, viejo amigo, ocúpate para que la morada que me toque habitar cuando nos reencontremos tenga una buena conexión de banda ancha de Internet que aún me quedan muchas cosas por hacer.


Este Domingo XXXI del tiempo ordinario fui luego de seis años de nuevo a Misa a La Salette. Como dije antes, presidió Fernando. ¡Cómo creció espiritualmente ese muchacho! Lo conocí de cachorro y ya es un cura maduro que dará que hablar.
El primer lagrimón lo sequé con un dedo, disimulando. Fue al comienzo no más, viendo la sede vacía del amigo. Los siguientes vinieron en seguida, cuando pedimos perdón cantando y me acordé de José que me dijo que era ese el momento en el cual debía dejar de lado las culpas por el pecado porque el Señor me recibía en su casa perdonándome. Con el dorso de la mano bastó para el disimulo. Pero cuando canté el Santo batiendo palmas con alegría como lo hice tantas veces en La Salette, sede de la Renovación Carismática Católica de la ciudad sede de la Arquidiócesis, ni con las mangas de la camisa alcanzó y me despreocupé del tema. Total, ¡tantos lloraban…!
No lloraba al amigo muerto, lloraba por el reencuentro. Era consolación, era oración.
Porque José me enseñó a orar, con alegría, con entusiasmo, con todo el cuerpo, a cada momento, dialogando con un amigo, Jesús, que no exige protocolos para charlar con otro amigo.
Pasamos largas horas en silencio ante el Sagrario, otras caminando en el patio entre las plantas. De Mamerto Menapace aprendí -y adquirí la costumbre- de saludar a nuestra Mamá María apenas levantado y camino a la cocina para preparar el mate. Frente a la imagen de la Inmaculada que nos regaló el Padre Vicente simplemente saludo con una frase cortita: “Que hoy no me meta en lo que no me llames ni me niegue cuando me necesites, amén.” Al santazo de Alberto Hurtado, SJ le robé otra. Cuando llego a la redacción del diario y antes de sentarme ante la computadora, frente a un crucifijo grande tallado en madera misionera digo: “Contento Señor, contento…” y arranco en la vida.
De José lo que aprendí fue a charlotear con mi Abbá en todo momento, lo repito, con alegría, contento, sin molestar con pedinguñerías comunes sino dándole gracias, alabándolo y felicitándolo por lo bueno de sus creaciones: la planta, el viento, el sol, la familia, la vida. Me da paz. (Probalo, vale la pena, te ayuda a entender la vida, a quererla, a cuidarla. Le da sentido, no acaba con la flor que envejece y cae sino que permanece incansable en el pimpollo.)


Desordenadamente retomo la comunión de los santos. Mi abuela Filomena Novello, nacida en Santa María la Longa, casada con mi abuelo Antonio Dodorico y migrada a la Argentina ambos jóvenes y con los primeros hijos a cuestas en el barco, según contaba mamá y mis tías, despertó una noche y avisó a mi abuelo que había muerto una hermana suya. Dos meses después llegó la carta anunciando el fallecimiento ocurrido a la misma hora en que mi abuela se enteró. Decía que la hermana la visitó. Yo creí.
Hace veinte años sentí la urgencia de viajar con mis padres a Córdoba para visitar a la hermana de papá María Ignacia, religiosa Esclava del Corazón de Jesús. Armé viaje para el día siguiente y salimos los tres para allá. Para satisfacción espiritual de mi padre dolor aparte, llegamos a tiempo para acompañar a mi tía en su partida a la Casa del Padre. ¿Casualidad?
Cuando murió mi padre, luego de acomodar el velorio, consolar a mamá y avisar a algunos amigos fui a casa a llorar tranqui. Lo estaba haciendo a ciencia y conciencia y de pronto sentí la voz de mi padre que me decía “¿Por qué lloras? ¿No ves que estoy bien?” Levanté la vista y él estaba en el parque trasero de la casa, sonriéndome, más joven o al menos sin las canas de bigote y cabello. Le pregunté a José y a Vicente si era posible eso o mi imaginación había funcionado, ambos me respondieron que nada es imposible para Dios. Lo que más me llamó la atención fue la gran consolación que sentí, como si mi padre y alguien más me abrazaran dándome mucho amor.
Días después viajé a Mina Clavero. Bajé de la camioneta y saludé como si nada a tía Elma, viuda de un hermano de papá. Lo hice ex profeso despreocupadamente pues quería darle la noticia de la muerte del cuñado más querido con prudencia por sus años. La vieja me miró y dijo simplemente “El Ignacio no está más…” y me invitó a rezar un Rosario por él. Ya lo sabía… ¿Me explico?
Más de una década después murió mamá, casi sorpresivamente. De rama pasé a ser tronco sin estar preparado para serlo, tronco de la familia, el último. Cremamos a mamá y la llevé a casa en una especie de urna - sopera de plata. Cada vez que paso frente a sus cenizas alabo al Señor. Josefina López, Carmelita Misionera que ayudó a morir a Vicente, alguna vez con alegría me dijo que ese era un regalo que me hacía mamá, que alabara a Tata Dios en su memoria. Será…

Confieso que a tres años y medio aún no terminé de elaborar el duelo y que hay momentos de profunda angustia.
En tres oportunidades de dolor más profundo, una de ellas en Navidad y otra en mi cumpleaños, me sorprendió el olor a quemado que había en la casa. No lo reconocí como papel quemado o cubiertas de algún piquete cercano. Era madera y me preocupé por los pisos de pinotea antigua, las bibliotecas y los muebles. Recorrí toda la casa y ningún indicio había de incendio pero el olor me perseguía hasta que lo reconocí: Olor a fuego de hogar pero el hogar estaba apagado, nunca se encendió. Era más fuerte en la habitación donde están depositadas las cenizas de mamá, y entendí. Y nuevamente la consolación.
Como si eso no bastara, luego de dos años largos de no abrir el ropero donde se conservan las ropas y algunas pocas pertenencias de ella y en otra situación depresiva, hice de tripas corazón y abrí el mueble. Me invadió el olor del perfume de mamá. Pregunté si alguien más lo percibía con respuesta negativa. Curiosamente era el del llamado Mary Stuart que mamá usó durante años hasta cambiarlo por otro más suave y fresco seis o siete años antes de morir.
Revolví todo buscando el frasco olvidado y no lo encontré. Cuando al día siguiente volví a abrir el famoso ropero el perfume no se percibía. Entendí y pude sonreír al fin ante los recuerdos de mi madre.


Vuelvo a José, que esta larga recopilación de recuerdos me lleva a él.
Cuando murió tía Elma a quien cuidé dentro de mis posibilidades viajando dos veces al mes a Mina Clavero durante su enfermedad, yo recién había regresado de una de esas visitas. Me llamaron por teléfono para que concurriera al velorio, que lo demorarían hasta que llegara. Les respondí que hicieran todo como debía ser porque no viajaría. Me perdí un velorio de aquellos, con asado, bebidas fuertes, mate y vecinos. La Cooperativa Eléctrica de Mina cuida a sus asociados.
Ese mismo día charlando con José lamenté no haber concurrido y él me respondió con una de sus frases habituales: “Hiciste lo que podías en vida, los muertos son de Dios” y descorchó una botella de tinto de la que nunca tomaba un trago pero que compraba para mi homenaje.
Siempre pensé lo mismo y no soy de veloriar. No voy o al menos lo evito todo lo posible.
Cuando José enfermó para morir visité el sanatorio sin poder verlo, visitas prohibidas primero y mucha gente después. El “Gallego” Manuel López, compañero de estudios del La Salle pasó a avisarme de su muerte una hora después del deceso, levanté la nota en este diario y decidí dos cosas: Que no iría al velorio y que pese a la morriña que me invadiría irremediablemente, debía mantener la alegría que a José habría de agradar.
Pero no cumplí lo primero. Impulsado por una fuerza interior poderosa fui a la parroquia y me quedé largo rato frente al cadáver que esbozaba una leve sonrisa. Aún no discerní del todo el hecho ni tampoco el haber concurrido a Misa este Domingo a La Salette pero se que José quiso que volviera a sentir toda la alegría que emana de la celebración eucarística de esa comunidad invadida por el fuego del Espíritu. Era su modo de consolarme y de decirme algo. Una enseñanza nueva desde la comunión de los santos.
Pero…
No desensille que se nos quedó la overa… o si quiere no cambie la cebadura que llegan visitas…

Nuestra hija mayor, Cristina María Victoria, quiso más que los otros hijos a José y él la prefería, me aconsejaba sobre ella y hasta la vigilanteaba en sus andanzas pre adolescentes en la Plaza Pueyrredón con sus amigas.
No me sorprendí y hasta sonreí cuando Cristina, mi esposa, me contó lo que a ella le contó a su vez nuestra hija: “Me contó ‘la Gata’-así la llamamos desde nena por sus hermosos ojos- que la madrugada del día en que murió José tuvo un sueño. Soñó con él, que le hacían una despedida porque iba a visitar al Papa… ¿Sabés que Papa era? –Cristina, la grande, estaba por contarme algo que intuí, que ya sabía- ¡Juan Pablo II…!
Jajajajaja. Perdonen la carcajada. Karol apareció al fin de la nota. ¿Entendieron ahora?

Dos curas polacos están de chamuyo en la mesa que sirve Jesús. Seguro que se les arrimará tarde o temprano un catalán, Vicente, de buen paladar para el tinto.
Por primera vez en su vida José beberá vino fuera de la Misa, es que ahora, esa Caridad que lo quemaba por dentro, se le hizo visible. Al fin. (Te envidio, José, ya charlaremos…)


Todo esto se los cuento para que crean, son libres de hacerlo o no, es mi segundo testimonio para la comunidad de La Salette. Yo, por mi parte, no pienso desperdiciar mi vida a causa del racionalismo ni de la incredulidad.

Hay demasiado amor y belleza y consuelo en todo lo creado como para ignorarlo y perdérselo.

http://www.diario7.com.ar/
05 Nov 07
Republico esta nota adhiriendo memorioso de esta manera a la Fiesta de Ntra. Sra. de La Salette.