miércoles, 2 de septiembre de 2009

Saludar y enviar pretensión "literaria"

Publico en mi blog personal este relato de un comprovinciano, camarada y amigo, Edie Daniel Duré. Quiero guardarlo además de en mi memoria, en este archivo digital compartiéndolo con quienes se atrevan a reconocer como propio este áspero espacio de nuestra patria. - JC

Mi estimado amigo y comprovinciano
D. Juan Carlos Sánchez:


Revisando mis archivos encontré algo que creía perdido, un cuento "baratito" por no decir otra cosa, que supe escribir mientras me encontraba acampando al pié del cerro Olga en los Antartandes antárticos.

Metido dentro de la carpa, con temporales continuos de 10 a 15 días, con temperatura 20° a 30° bajo cero y vientitos superior a los 320 Kms, recursos propios de esta niña que se llama Antártida.

Ella nos tiraba con todo lo que tenía a su alcance. Me puse a escribir cuentos cortos, sin tener pretensiones académicas o literarias, solo, escribir,, ya que la carpa no daba más que, para estar sentado o acostado, por lo que me convertí en un experto en tomar y cebar mate, de acostado.

Hoy, solamente y haciendo uso de este medio tan generoso que es Internet, te lo hago llegar como una muestra de afecto para vos, Cristina y toda la tropa,

Un fuerte abrazo

Edie Daniel Duré


Revelación


Cansado de dar vueltas en la cama, me levanto, no podía conciliar el sueño. Miré el reloj, las agujas marcaban las dos y treinta de la mañana del 21 de junio de 1969.

Cada vez, que miraba el reloj, no podía dejar de pensar en mi esposa y en mis hijos. Este cronómetro había sido un regalo especial de ella, no solamente para que me entere de la hora, sino, para ser utilizado como una herramienta de trabajo en mi especialidad de topógrafo, por sus manecillas en minutos y segundos, con números grandes, detalle que no traían todos los relojes.

Sentado frente a la ventana de doble vidrio, cubierta por floridas cortinas, observaba el escaso moblaje del dormitorio que se me había asignado a mi llegada, hacía seis meses, a la Base del Ejército "Esperanza" en el Sector Antártico Argentino.

Mi compañero de habitación, dormía plácidamente, él, había llegado casi dos meses antes que yo a la base, oriundo de Caucete en la provincia de San Juan.

Para él, "Caucete" era el "Ombligo del Mundo", Caucete era la Capital de San Juan y esa benemérita ciudad, había dado dos próceres. Por supuesto él y un señor muy conocido que vaticinaba el tiempo y que no recuerdo su nombre.
Tenía un carácter muy especial, tranquilo, jovial, con pretensiones de guitarrero, un fiel amigo, con un sentimiento de hermano, habíamos estado destinados juntos en el Batallón Geográfico Militar en la provincia de Buenos Aires, donde nos recibimos de topógrafo, y seguíamos juntos en aquellas lejanas latitudes australes.

Era un manso con carácter para acollarar un arisco, que siempre fui yo, como lo pude comprobar en pleno Antartandes
A él quiero dedicarle un recuerdo muy especial, con su pelo hirsuto y su barba en punta parecía un criollo salido de las antiguas películas nacional ya que juntos realizamos una patrullas extensas en la Tierra de San Martín en el Continente Antártico, la misma duró ciento un días. A lo que se debe agregar que unimos por Continente las Bases de Ejército "Esperanza" con la Base del Ejército Chileno General D. Bernardo O'Higgins.
En ella iba como Jefe de Patrulla. Espero poder escribir algún día sobre esta misión, que tantas enseñanzas y experiencia me aportó.
Compartimos muchos días de terrible ventiscas, tormentas, y fríos, más allá de lo que hoy, pudiera soportar, amén de las privaciones y zozobras por las traicioneras grietas que eran parte del “pan de cada día” en nuestra ruta, en esos largos e interminables días de vivir en carpas y refugios.

Amigo Silverio Rodríguez. (Pichichú), bravo suboficial infante, mí cariñoso recuerdo y afecto.


Apoyado displicentemente en la pequeña mesa que usábamos como escritorio y con una repentina somnolencia que dominaba mis confusos pensamientos, trataba en vano de hallar él porque a muchos Interrogantes.

Cuales eran entre otros muchos, por que abandoné a mi familia para realizar esta “Patriada”. Tiempo después obtendría algunas respuestas y que hoy son parte de mi orgullo personal.
En esas cavilaciones me encontraba cuando pequeños golpes en el vidrio de la ventana me volvieron a la realidad.

Separo las cortinas. Nada. Sólo el grito aislado de alguna Skúa o el vuelo rasante de algún Albatros que se dejaba mecer en caprichosos vaivenes en la suave brisa que bajaba del Glaciar próximo al Monte Taylor o los tranquilos pingüinos que dejan escuchar algún graznido en sus roquerías.
Esto me dio la oportunidad de quedar absorto observando el maravilloso paisaje enmarcado en perspectiva, por el tosco marco de la ventana.
Al frente el glaciar imponente con su blancura de siempre, reflejaba destello de plata cual bruñido espejo. La luz de la luna, convertía la noche en día.

No hay palabra para describir las noches antárticas, libres de tormentas y nubes y en la cual la luna señorea por el espacio gélido; su luz se refleja por toda la superficie del continente con un tono especial que inunda el espíritu de una tranquilidad que envuelve los sentidos.

El mar quieto con sus verdosas aguas, algunos que otros escombros de hielo, témpanos de suave color cielo se mecían perezosos como barco a la deriva.

Como Tripulante de ellos algunas focas peleteras o de "Wedel" dormían esperando que su reloj biológico les indicara el inicio del día solar.
A la derecha el Monte Flora con su olla (cráter de un antiguo volcán) cubierta de acartonada nieve parecía que quería incrustarse en el cielo con su pico cual aguja.
A su alrededor, diseminadas "morenas" cuidaban en su interior fósiles que eran parte de un lejano tiempo en que la vegetación era lujuriosa y tropical, difícil de creer pero estos fósiles son las pruebas de que realmente la Antártida fue exuberante en plantas y clima.
Los perros, atados a la maroma, quiebran el silencio de la noche con sus aullidos, como saludando a la luna que coqueta se mira en el amplio espejo de la superficie o en las quietas aguas del mar.
Sin haber observado nada en particular volví las cortinas a su lugar y con la esperanza de poder conciliar el sueño me disponía a meterme en la cama nuevamente.
¡Tóc! ¡tóc! ¡tóc!. ¿Quién puede golpear la ventana con tanta insistencia? Todos duermen, pensé, en ese instante.
Venciendo la inquietud que me dominaba observé a través del vidrio, quedé pasmado de temor. No daba crédito a lo que veía.
Mi primer impulso fue cubrir la ventana, despertar al "Pichi", diminutivo de "Pichichú" como le decíamos a mi amigo. El temor a hacer el ridículo, hizo que lo dejara seguir durmiendo, si era una falsa alarma, quién lo aguantaba al día siguiente.
Mi curiosidad era más grande que mi temor.

Del otro lado una figura fantasmagórica se desdibujaba en caprichosas formas. Parecían pequeñas volutas de humo o nieve. Se armaba y se desarmaba y parecía tomar forma humana hasta que se estabilizó.
Su rostro era viejo, muy viejo, profundas arrugas lo surcaban, cubierto de una blanca y larga barba que lo mismo que sus cabellos le llegaban hasta la cintura.
Era su tez de una rara y radiante blancura como rara era la túnica desflecada que le cubría hasta los desnudos pies.
Con las manos flacas, huesudas hacía señas y con sus dedos finos y largos me señalaba el exterior, siempre sonriendo, pero ¿era una mueca o una sonrisa? En ese momento no lo sabía y hoy a pesar del tiempo transcurrido, tampoco.
Me vestí como pude y a los tropezones dejé la casa, salí al exterior por el lado de la cocina y ahí se encontraba parado o suspendido en el aire, estaba tan confundido que no supe cual era su posición, más aún, ni el frío de la noche sentía sobre mí.
Los perros aullaban, ateridos de temor y él, impasible, con su rara sonrisa o su mueca me observó curioso y complacido por tenerme a su merced. Extendió su mano en dirección al cielo, el mar, los montes cercanos y todos los que mis ojos atónitos podían ver y dijo con rara voz:
"Este es mi reino, yo soy el Señor de todas estas comarcas y son mis fieles vasallos, el viento, el granizo, la nieve y el hielo, las ventiscas, el blizzar y el blanqueo”.
“Es mi fiel amiga la muerte".
"De este lugar salen ellos a todos los confines de la tierra, llevando mi helado mensaje."
"Los pobres, los ricos, saben de mí y aquél que me ignore paga caro tributo”.
"Yo soy quién hará inclinar tu soberbia cabeza sobre tu pecho y haré doblar tu espalda en sumisa reverencia."
"Cegaré tus ojos, cuando directamente quieras verme en las grandes nevadas, y cuando el tiempo pase y creas que me tiene dominado, grietas profundas te estarán esperando; blizzar y temporales serán tus custodios para hacerte pagar tu osadía de querer ignorarme".
Mientras él hablaba mil cosas pasaban por mi mente, no atinaba a decir nada, su profunda mirada me tenía inmovilizado y el frío empezó a acariciarme y hacerse sentir hasta en los huesos.
Me miró fijo y sus ojos cual dos gotas de rocío escarchados, fue lo último que vi.
Una fuerte ráfaga de helado viento me hizo doblar como haciendo una torpe reverencia y sentí su cavernosa carcajada de satisfacción mientras decía y al mismo tiempo se esfumaba en blondos copos de nieves o de nubes - "Yo soy...

No necesité escuchar más, ya lo sabía, más que eso, lo presentía. Desde que puse los pies por primera vez en el Continente Blanco lo sentía dentro de mí y lo sentiría mientras durara mi estadía en él.

¡Era el invierno!

Han pasado los años y aún hoy recuerdo mi primera noche en la base del Ejército Argentino “Esperanza", baluarte de nuestra nacionalidad, donde esforzados hombres velan las esperanzas de la patria, de integrar efectivamente ese sector del Continente Blanco a nuestro patrimonio Nacional.
Recuerdo vividamente las patrullas, la vida en carpas, cuando la nieve las cubría totalmente y no nos dábamos cuenta de ello, cuando el calentador se apagaba por falta de oxígeno o se nos hacía difícil respirar, los refugios con sus pies de hielo, las tormentas de viento y nieve, el aullidos de los perros, el canto de las gaviotas o a lo lejos, las dorsales de algunas orcas, ballenas, las focas sobre los bandejones, ni que decir de los pingüinos que prácticamente convivían con nosotros.
Los días que estuvimos perdidos, las grietas profundas, el acampar dentro de los vehículos porque la tormenta no nos permitía armar carpa, la visión de la bahía "Dusse" desde lo alto de la cordillera Antártica. Los famosos "Antartandes".
Su paso en el viaje de ida, cuando estaba totalmente congelada e iniciamos la marcha desde el Refugio Güemes. El descenso de una ladera de 45 grados surcada transversalmente de grietas muy profundas, la angustia de escoplar, para poder cruzarlas, la alegría de encontrar el refugio "Independencia".

El encuentro con una patrulla chilena, a quiénes ayudamos a sacar con nuestros dos vehículos, un vehículo con trineo de arrastre, que se le había fondeado en una grieta, en las proximidades del Cerro Olga.

Las visitas que hicimos a la base Chilena O'Higgins, las atenciones que recibíamos en gesto de reciprocidad.
Hoy todo ellos, son solos hermosos recuerdos que me llenan de orgullo, y, algunas veces, me traicionan.
¿Vi en realidad al anciano de luengas barbas blancas, y blancas vestiduras desflecadas por el paso del tiempo o son cosas que me las imaginé?
Para el caso, hoy, no tiene importancia, a veces creo que realmente lo vi, otras, que lo imaginé
Pero como sea tuve en cuenta sus advertencias y pude volver con los míos.
Por lo que le estoy muy agradecido.

Dedicado a mi estimado camarada y hermano antártico, el siempre recordado con sincero afecto, Sargento de Infantería Topógrafo Silverio (Pichichú) Rodríguez, oriundo de Caucete, la primera Ciudad de la República, pertenece a San Juan.
Caucete, “el Ombligo del Mundo” según él, ¿o San Juan pertenece a Caucete?
Por su intermedio y después de tener que soportarlo con sus pretensiones de guitarrero y cantor, por 365 días de vivir juntos, en nuestro Territorio Antártico Argentino, me vengo a enterar que en un ignoto lugar de San Juan, existe un pueblo, pueblito o gran ciudad, que se llama... CAUCETE.
Según Carlos Illianes, otro Sanjuanino, camarada antártico de la misma dotación, “comentaba que en una oportunidad va un circo a Caucete y se suspendió la función porque se habían sustraído el león, primera figura circense y decía que al mismo se lo habían comido después de un reñido partido de futbol”.
Hermosas flores que se tiraban estos buenos amigos y camaradas en esa larga patrulla, en la que también Carlos Illianes participaba junto a Matheu.
Broma aparte, haber participado de una invernada en la base Esperanza en el año 1969, y lograr tener un compañero habitación, de patrullas, leal, valiente, excelente amigo por sobre todas las cosas y un muy buen profesional topógrafo, es algo que siempre me ha llenado de una sana satisfacción.
Lo recuerdo con su sana sonrisa, su mirada franca, los pelos rebeldes y “chuzos”, la barba negra y puntiaguda, que siempre se me hacía que era una gaucho “matrero”, su porte noble y bien parado, robusto , pero por sobre todas las cosas un enorme corazón.
Todo ello, me ha permitido sentirme honrado, de contar con su amistad.
Algún día nos volveremos a encontrar y le entregaré este cuento... no tan cuento.
Atentamente

Córdoba, 12 de Junio de 1974.

Edie Daniel Duré
Subof Pr (R)
Ejército Argentino
Antártico

Especialista en Servicio Geográfico
Expedicionario al Desierto Blanco