
Primero hay una llamada, una vocación. Es a la vida y a vivir la vida y toda vida tiene un por qué y un para qué, no hay vida porque sí ni para nada. Existir es tomarse en serio la justificación de la vida que es la misión. Cumplir con la vida nos justifica o sea, nos hace justos; resuelve con categorías de justicia el interrogante inicial de para qué vivimos. Hay una justificación gratuita, universal y redentora: la de Cristo, que actúa por si misma y es eficaz, pero requiere de nosotros, para su aplicación particular, la aceptación y el compromiso, que es la conversión. En Cristo no puede haber indiferencia ni tonos grises: a los tibios los vomita Dios.
A esta altura de la reflexión se hace necesario precisar algunos conceptos para poder entender los que más adelante se desarrollan. La llamada a la vida no es meramente biológica, porque en el plano natural nadie elige nacer. Es a vivir en plenitud, en abundancia, o sea, a vivir la vida del espíritu, que es vivir en santidad; a imagen y semejanza del Creador.
Si abandonamos esta perspectiva, este punto de vista, no nos diferenciaremos de los animales y habremos renunciado a nuestra categoría humana que es irrenunciable y, por esa razón hacerlo es entrar en contradicción con nosotros mismos. Esta situación es deprimente y limitante para el hombre y genera todo tipo de conflictos internos que no tienen solución por la vía de la razón ni de la sicología. Cabe, entonces, modificar la línea escrita a principio de este párrafo y en lugar de decir “habremos renunciado” escribir “habremos vanamente intentado renunciar”, que es mas propio.
La llamada es personal y plural, la misión también. Siempre en la llamada y en la misión está incluido el “nosotros”, la comunidad, y en ese grupo humano late la esperanza de la respuesta de aceptación. La vida es gratis, nadie decide comenzar a vivir ni establece el tiempo de su vida, el consentimiento está excluído, pero a la vida en plenitud y a la misión hay que aceptarlas, es un compromiso compartido con todos los demás a quienes afectará, cuyas vidas cambiará. El don de tu vida es para los demás y ellos, todos y cada uno, serán destinatarios de los actos que realices. La indiferencia o la tibieza restará al conjunto y te disminuirá. No hay mejor método para servir para nada que hacer algo sin pasión.
Apuntando hacia lo particular, durante el transcurso de nuestra vida, iremos escuchando otras llamadas que nos servirán para descubrir el camino que habremos de recorrer y que realizarán nuestro ser, configurando nuestra personalidad y haciéndonos protagonistas de la historia.
A veces podemos consentirnos la negativa a ser tal como debemos ser. Siempre eso acarrea la desilusión, es el precio que pagamos aquí y ahora por negarnos la autenticidad y la dignidad que nos pertenece creacionalmente. Muchas otras veces, las más y por más que nos resistamos, la llamada es más fuerte que la ignorancia, que la cobardía o que la comodidad, y en algún momento de nuestras vidas, casi sin pensarlo y hasta sin desearlo, comenzamos a SER con mayúsculas y a HACER lo que debemos. La Gracia actúa para nuestra realización.
No por ello dejamos de ser libres. Siempre la aceptación es totalmente voluntaria. Sucede que podemos no estar convencidos de su conveniencia pero, ¡oh maravilla, oh misterio!, por eso justamente procede del ejercicio pleno de nuestra voluntad y de la absoluta racionalidad que le encontramos. La locura es curiosamente racional cuando incluye el amor. ¡Hagan memoria! ¡Cuántas veces hacemos locuras por amar! Y eso que es amor humano simplemente, amor que puede ser un grato recuerdo al poco tiempo o una experiencia para crecer, nada más. ¡Cuánto más cuando ese amor es Caridad! ¡Cuánto más cuando incluye la totalidad, que es Dios! ¿Hay locura mayor que la de la Cruz?
Podemos planificar toda nuestra vida minuto tras minuto y, de repente, un imprevisto nos la da vuelta sin contemplaciones. Puede ser negativo o puede ser positivo. Si es lo último, seguro que el amor está presente. Si es lo primero, el amor no está ya que no hay crecimiento sin amor, no hay alegría sin amor, nada bueno hay sin amor.
El hombre miro desde la serranía el valle que se extendía a sus pies. Verdes laderas, arroyos cristalinos, sauces, acacios y espacios aptos para la siembra. Imaginó el hogar encendido y las castañas asándose al rescoldo, el queso fresco y el champán para acompañarlas y la esposa a su lado, compartiendo un sueño y la esperanza.
- He trabajado mucho y bien -pensó -, me lo merezco.
Como persona práctica que era, compró el terreno, plantó el castaño, construyó el hogar y se enamoró. Todo estaba preparado de la forma en la cual él lo había soñado. Sacudió con fuerzas los pies en las piedras lajas del piso del frente de la casa para quitarse el barro de las botas y contempló complacido lo que había logrado. Todo era bueno.
Sabía lo que vendría. La paz, el goce y un cierto grado de molicie sin aburrimiento.
Jesús, que pasaba por el camino, lo miró y simplemente le dijo “¡Sígueme!”.
Por Juan Carlos Sánchez
De: "El Abbá, la Morada y el Acacio" - Capítulo 10
Ed. La Morada - 1999
A esta altura de la reflexión se hace necesario precisar algunos conceptos para poder entender los que más adelante se desarrollan. La llamada a la vida no es meramente biológica, porque en el plano natural nadie elige nacer. Es a vivir en plenitud, en abundancia, o sea, a vivir la vida del espíritu, que es vivir en santidad; a imagen y semejanza del Creador.
Si abandonamos esta perspectiva, este punto de vista, no nos diferenciaremos de los animales y habremos renunciado a nuestra categoría humana que es irrenunciable y, por esa razón hacerlo es entrar en contradicción con nosotros mismos. Esta situación es deprimente y limitante para el hombre y genera todo tipo de conflictos internos que no tienen solución por la vía de la razón ni de la sicología. Cabe, entonces, modificar la línea escrita a principio de este párrafo y en lugar de decir “habremos renunciado” escribir “habremos vanamente intentado renunciar”, que es mas propio.
La llamada es personal y plural, la misión también. Siempre en la llamada y en la misión está incluido el “nosotros”, la comunidad, y en ese grupo humano late la esperanza de la respuesta de aceptación. La vida es gratis, nadie decide comenzar a vivir ni establece el tiempo de su vida, el consentimiento está excluído, pero a la vida en plenitud y a la misión hay que aceptarlas, es un compromiso compartido con todos los demás a quienes afectará, cuyas vidas cambiará. El don de tu vida es para los demás y ellos, todos y cada uno, serán destinatarios de los actos que realices. La indiferencia o la tibieza restará al conjunto y te disminuirá. No hay mejor método para servir para nada que hacer algo sin pasión.
Apuntando hacia lo particular, durante el transcurso de nuestra vida, iremos escuchando otras llamadas que nos servirán para descubrir el camino que habremos de recorrer y que realizarán nuestro ser, configurando nuestra personalidad y haciéndonos protagonistas de la historia.
A veces podemos consentirnos la negativa a ser tal como debemos ser. Siempre eso acarrea la desilusión, es el precio que pagamos aquí y ahora por negarnos la autenticidad y la dignidad que nos pertenece creacionalmente. Muchas otras veces, las más y por más que nos resistamos, la llamada es más fuerte que la ignorancia, que la cobardía o que la comodidad, y en algún momento de nuestras vidas, casi sin pensarlo y hasta sin desearlo, comenzamos a SER con mayúsculas y a HACER lo que debemos. La Gracia actúa para nuestra realización.
No por ello dejamos de ser libres. Siempre la aceptación es totalmente voluntaria. Sucede que podemos no estar convencidos de su conveniencia pero, ¡oh maravilla, oh misterio!, por eso justamente procede del ejercicio pleno de nuestra voluntad y de la absoluta racionalidad que le encontramos. La locura es curiosamente racional cuando incluye el amor. ¡Hagan memoria! ¡Cuántas veces hacemos locuras por amar! Y eso que es amor humano simplemente, amor que puede ser un grato recuerdo al poco tiempo o una experiencia para crecer, nada más. ¡Cuánto más cuando ese amor es Caridad! ¡Cuánto más cuando incluye la totalidad, que es Dios! ¿Hay locura mayor que la de la Cruz?
Podemos planificar toda nuestra vida minuto tras minuto y, de repente, un imprevisto nos la da vuelta sin contemplaciones. Puede ser negativo o puede ser positivo. Si es lo último, seguro que el amor está presente. Si es lo primero, el amor no está ya que no hay crecimiento sin amor, no hay alegría sin amor, nada bueno hay sin amor.
El hombre miro desde la serranía el valle que se extendía a sus pies. Verdes laderas, arroyos cristalinos, sauces, acacios y espacios aptos para la siembra. Imaginó el hogar encendido y las castañas asándose al rescoldo, el queso fresco y el champán para acompañarlas y la esposa a su lado, compartiendo un sueño y la esperanza.
- He trabajado mucho y bien -pensó -, me lo merezco.
Como persona práctica que era, compró el terreno, plantó el castaño, construyó el hogar y se enamoró. Todo estaba preparado de la forma en la cual él lo había soñado. Sacudió con fuerzas los pies en las piedras lajas del piso del frente de la casa para quitarse el barro de las botas y contempló complacido lo que había logrado. Todo era bueno.
Sabía lo que vendría. La paz, el goce y un cierto grado de molicie sin aburrimiento.
Jesús, que pasaba por el camino, lo miró y simplemente le dijo “¡Sígueme!”.
Por Juan Carlos Sánchez
De: "El Abbá, la Morada y el Acacio" - Capítulo 10
Ed. La Morada - 1999