domingo, 12 de abril de 2009

¡Oh Padre, devuélveme a mi hijo…!


La oración de María en la noche del Sábado es la aceptación de la madre a la voluntad del Padre. Ella cree y espera a su hijo resucitado.
Escrito en las vísperas del 7 de Abril del 30


Por Juan Carlos Sánchez

Todo indica que Jesús murió el 7 de Abril del año 30 aunque algunos estudiosos dudan si fue el 6 o en el año 33. No tiene importancia, Él es el Señor del tiempo y de la historia, hay un antes y un después desde Él, Él es la bisagra de la humanidad, el calendario de la vida comienza con Él y cuando hay vida hay esperanza y las fechas pueden ignorarse.

Esto que escribo hoy en la Semana Santa de 2009 es sencillamente testimonial, no tiene valor teológico ni filosófico ni de ninguna ciencia, es solamente un espíritu que espera volcado sobre el teclado; lo que un sesentón teórico dramáticamente bendecido siente desde que la resurrección se le hizo manifiesta. Y todo por el amanecer de aquél día en que María, la humilde muchachita de Nazareth, oró al Padre reclamando la presencia de su hijo vivo y resucitado, el mismo cuyo cuerpo muerto acunó en sus brazos cuando fue bajado de la Cruz.

Esa breve oración que María Valtorta pone en boca de la Madre al relatar una de una de sus visiones, la del 21 de febrero de 1944 precisamente [1], tiene demasiados significados y algunos quiero compartirlos ahora, son necesarios para interpretar lo que luego será el testimonio.
La Virgen Madre cree en su Hijo, lo espera, sabe que la visitará para calmar su agobio. Ella recuerda su promesa: Edificará el templo (de su cuerpo) en tres días y como es el alba del Dies Domini ansiosamente no quiere esperar, ¡Ya es hora Jesús, ven…! Pese a todo, a su fe, ora. Se une a la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos la noche de su prendimiento: “¡Que se haga tu voluntad, Padre, y no la mía..!” Y esa voluntad es morir para que todo resucite con Él. Fue necesario, la semilla debe morir para que se goce de los frutos.
Y esa Madre que quizá esperó ejércitos humanos o celestiales que rescatasen a su Hijo del martirio acostumbrada como estaba a milagros y fenómenos, tuvo que soportar que “una espada traspasara su corazón” y sostener en su regazo la cabeza yerta para creer. Es que hay que morir para dar fruto, como la semilla…
Y ora, porque no es ajena ni al misterio ni al poder de Dios ni a la voluntad del Padre. Participa de la Resurrección activamente, ora… La voluntad de Dios no se acepta pasivamente, hay que actuar, romperse, sentirse impotente, desgarrarse, aceptar, saber que humanamente todo está acabado y que sin embargo hay una esperanza que se hace milagro en esa oración, milagro en lo secreto.
Ella, con la plenitud de los derechos que le da aquél “fiat”, el “si” con el que todo empieza treinta o cuarenta años atrás ante el anuncio del ángel de su maternidad, pese a ellos, ora.
Podría haber reclamado airadamente al Padre que ya que fue capaz de dar vida desde lo humanamente imposible antes vuelva a hacerlo ahora y sin embargo humildemente, angustiadamente, ora. Podría haberle reprochado la forma de morir de su hijo, podría haber reclamado en nombre de aquél “sí” sin el cual esto no estaría ocurriendo, pero ora.
Acepta la voluntad del Padre y nos enseña –es otra enseñanza- que hay que orar para vencer la muerte.

Es también la oración de Jesús en el huerto. Acepta la voluntad de Padre para vivir y dar vida. Porque aunque Él sabía de su resurrección también temía su muerte cercana, y ora.
La voluntad de su Padre era un canje: La inmolación del Cordero para la resurrección del rebaño tras su Pastor. La glorificación cuesta y vale.

En Jesús y en María la santidad es pletóricamente humana y se expresa en la oración. Desde la dificultad de su humanidad se hace virtud dejando actuar la Gracia, permitiendo que los invada y sometiéndole su razón.
La oración de María es prisa por ver el cumplimiento de la promesa, hay mucho de temor en ella, es humano que así sea. No duda pero se angustia y entonces, duda. Es la paradoja que envuelve el absurdo de la Cruz.
Es humana, muy humana. Jesús también se angustia aunque sabe lo que pasará. Es humano, perfectamente humano.
Al dejarse invadir por lo divino complacen el sueño de Dios y lo divino sucede. Siempre fue así, siempre es así. Sucede con cada uno de nosotros cuando lo permitimos.
Jesús, pudiendo evitar la Pasión acata la voluntad del Padre. Jesús es divino.
La divinidad no consiste en hacer lo que se quiere sino lo debido, lo exacto, al estilo de lo que oramos en el Padrenuestro: “…hágase Tu Voluntad…”


No recuerdo bien cuanta importancia le daba a la muerte, algo muy lejano para mi por aquellos tiempos de hace casi dos décadas, ni si hacía juicio de la resurrección y menos aún de la oración. Creía, sí, fui educado para creer y la Gracia obró en mi, pero no era lo fundamental. Lo que importaba por entonces era la política, los negocios, las mujeres, los buenos vinos y los quesos estacionados y sabrosos y el churrasco jugoso.
Me tuteaba con el Presidente de la Nación y con el Gobernador de la Provincia (Menem y Reutemann) y de allí para abajo con quien quería, nadie protestaba. Cambiaba de auto y de compañía según el gusto del día y me buscaban los periodistas. La vida era una fiesta y de pronto murió mi padre. Siempre lo admiré a más de amarlo.
Fue una agonía corta y elegante si se quiere y yo oré para que muriera luego del cumpleaños de mamá que es el 29 de Julio y del suyo propio es el 31 de y así fue, murió un 2 de Agosto a los 82 años.
También oré por su sanación sin éxito y sin furia por el resultado. César Actis Bru me iluminó: “Él hace lo que quiere y no siempre lo que le pides, para eso es Dios…”
Me avisaron que a las 5:30 de la madrugada hizo un paro, avisé a mamá, busqué sus pertenencias de la terapia intensiva del Hospital Italiano, preparé el velorio, llevé a la funeraria sus mejores ropas y cuando todo estaba en orden me fui a casa a llorar..
Desde mi cama y por un amplio ventanal casi puerta ventana se veía el patio con algunos frutales y muchas plantas. De traje y corbata me tiré sobre el cubrecama sin pudor por mis lágrimas, todo dolía. De pronto…
Escuché una voz amada y conocida que me decía “¿Pero por qué lloras hijo? ¡Si yo estoy bien…!” repitiéndomelo un par de veces más. Alcé la mirada hacia el patio y allí, entre los naranjos, algo por encima del suelo y con una juventud que había perdido hacía décadas, estaba papá mirándome sonriente, acariciador. No se que sentí pero una gran consolación me cubrió. Lo demás, la Misa de cuerpo presente, el entierro y el regreso a la casa paterna con mamá es otra historia.
¿Resurrección…?
Con el tiempo descubrí lo singular del mensaje de mi padre. No solamente me consolaba, me anunciaba el misterio, proclamaba para mi la Fe que me deseaba.
¡Oh Padre, devuélveme a mi padre…!
Fue el primer aviso. Sigo contando.


Todos en familia creímos que mamá no duraría sola.
Mi casa siempre fue ordenada, limpia y acogedora. No el paraíso en la tierra porque la habitamos humanos pero sí con algo de anticipo de él que aún me causa morriña cuando lo recuerdo.
La mesa con mantel impecable, servilletas para cada uno con su aro servilletero de color que la identificaba, las sábanas limpias siempre, los pisos relucientes, la ropa planchada, las sartenes brillando y el patio con flores. Mi casa paterna / materna fue un útero seguro donde me enseñaron que lo externo es imagen de lo interior y que a su vez lo moldea, que el desorden y la suciedad tienen que ver con la fragilidad de espíritu. En casa las ollas y la vajilla pasaban de generación en generación, todo duraba, todo era bello.
Mamá se esmeraba en atender a papá especialmente luego de su primera enfermedad, un ACV seis años antes de morir. Siempre fueron exquisitamente unidos. En la oración diaria del Rosario, en la Misa, en los viajes de vacaciones, en investigarme la andanzas juveniles o mis estudios. Vivían el uno para el otro y hasta parecía que por el otro. Sin embargo mamá moriría a los 96 años, 14 luego de papá y tiene su explicación: Aún era necesaria, no había acabado su misión, el sueño de Dios para con la “Señorita Ñata” como se la conocía en la escuela. Claro que eso es otra historia.

Mamá murió rápidamente con apenas un par de días de internación a las 5 y media de la tarde de un 1º de Mayo. Acomodé su velorio que no fue público y al día siguiente, cumpleaños de nuestro quinto hijo Mariano Vicente Bautista, la depositamos en el crematorio en espera. El día fijado fui con una sopera de plata con bandeja en su base a retirar sus cenizas –ella valoró mucho ese regalo que le hice años antes- y la traje de vuelta a casa. Nunca imaginé hasta que punto mamá retornaba al hogar. Un regalo que llegó en un regalo.

Me preparé para pasar el peor cumpleaños de mi vida en Julio. Extrañaba anticipadamente el beso y el regalo de mamá y llegó el día y algo me distrajo.
Mi casa está abarrotada de libros, de muebles antiguos, de cuadros y el piso de las oficinas, recepción y dormitorios es de pinotea y sentí un fuerte olor a quemado. ¿Se ponen en mi lugar?
Salí disparado por todos lados buscando el incendio, recorrí la casa entera y miré dos o tres veces la recepción donde está el hogar a leña por si a alguien se le había ocurrido prender fuego. Busqué nariz en alto en los cuartos de los niños por si habían sido ellos y finalmente me detuve… ¡Si! ¡Acertaron…! ¡Frente a la sopera…!De ella emanaba un fuerte olor a hogar a leña, olor a hogar… ¿Me explico?
El fenómeno se repitió en Navidad y un año después cuando uno de mis diarios digitales superó la marca de las 7.000 lecturas en un día. ¿Tienes Internet en la nube, mamá?
¡Oh Padre…! ¡Devuélveme a mi madre…!

Pero faltaba algo más…
Tía Victoria, la hermana mayor de mamá y mamá misma usaron por años y hasta que dejó de conseguirse un perfume no demasiado común llamado Mary Stuart. Tía Victoria fue mi segunda mamá, la más cercana de las tías, la que me hizo gustar de la ópera, del canto de Fray José Mojica, franciscano, en el Teatro Municipal de Santa Fe, de la orquesta sinfónica, de la pascualina de acelga con queso y especias a gusto y de los ravioles caseros.
Vuelvo al perfume. Cuando desapareció del mercado ese aroma pasee a mamá por fragancias y marcas diversas hasta encontrar uno que fue de su agrado, labor que me ocupó por algunos años. Ni parecido al mencionado quiero dejar bien aclarado.
Del episodio del famoso incendio que no fue pasó algún tiempo hasta que tomé valor para revisar las pertenencias de mamá que quedaron tal cual ella las dejó cuando la llevé al sanatorio donde falleció. Abrí la puerta del que fue su ropero personal y el olor a Mary Stuart, fuerte, dominador, me aleló. Revisé de arriba abajo el mueble, los cajones, saqué todo afuera buscando el frasco olvidado que supuse mamá había conservado y que seguramente quedó abierto. No lo pude hallar.
El perfume persistía pese a las puertas abiertas del ropero y al desorden que estaba produciendo con mi búsqueda. Finalmente me encogí de hombros, ordené como pude, cerré cajones y puertas y dejé el asunto para el día siguiente. Cuando quise constatar el perfume pasado el mediodía ya no se percibía. ¿Anduvieron las hermanas de visita?
Pero mamá nunca se anduvo con chiquitas.

Destinamos el dormitorio de mamá a tres años de su fallecimiento para nuestra tercera hija, Angélica. Ella quiso cambiar de ropero eligiendo uno antiguo con tres espejos grandes, uno en cada puerta. Así que el que usaba mamá fue vaciado, trasladado a otra habitación y acomodadas allí sus pertenencias (las que aún quedaban) con otras variadas. (¿Toman debida nota de que se aireó la ropa y el mueble?). Bien… Cuando se abría alguna puerta de ese famoso ropero el olor al perfume nuevo que usaba mamá invadía el cuarto. No había frasco alguno en él ni su ropa guardaba la fragancia. Nos acostumbramos o nos resignamos si se quiere, a compartir la casa con… (?) Fue costumbre hasta el día en que se celebra la Asunción de María a los cielos.
Y aquí vale acotar que mamá se llama Asunta María.

Ese día –y lo supe algo después cuando se animaron a contármelo- Angélica y mi esposa olieron el habitual perfume inexistente de mamá pero acompañado de un fuerte olor a rosas que se alternaba con el otro. ¿Andaban las María de visita?


Es inolvidable para mi la devoción por el rezo del Santo Rosario que mis padres tuvieron siempre. Lo oraban todos los días infaltablemente. Mamá, ya viuda y viviendo en mi actual casa, lo rezaba por las tardes escuchando Radio María o guiado por unas grabaciones de SS Juan Pablo II. Digamos… Ese matrimonio gozaba de cierta intimidad orante con la Mamá de Jesús y nuestra. Y retorno a la oración.

La oración de Jesús en el huerto sometiéndose a la voluntad del Padre y la de María al alba del día de la Resurrección son oraciones de reencuentro, de eternidad, de permanencia. Son oraciones de amor y el amor es lo único que permanece. Cuando terminemos nuestra búsqueda, nuestro peregrinar terreno, recién entonces gozaremos del amor en su perfecta medida; seremos puro amor, como dioses. Habremos resucitado.


La resurrección ya no me es extraña y la muerte no me asusta, es una amiga esperada que siempre cumple con su visita. Llega siempre a horario, ni antes ni después. Nunca es inoportuna.

Alégrense, es Pascua.
“¿Dónde está, muerte, tu victoria?
¿Dónde está, muerte, tu aguijón?"

Les deseo que vivan con alegría y mueran ansiosos del asombro, porque no hay ojo que haya visto lo que el Padre tiene preparado para los que le aman y se aman.


[1] Les sugiero leer http://www.reinadelcielo.org/estructura.asp?intSec=2&intId=22&intIdP=117

E-mail del autor: zschez@yahoo.com.ar
12 Abr 09
Pascua de Resurrección
Publicado en http://enocasionesdepiedra.blogspot.com/

sábado, 28 de marzo de 2009

Me encanta María…

Una jovencita quinceañera capaz de bancarse un hijo que no era de su novio.
Ni pensó en decir que no al embarazo, mucho menos en matar al niño.
Me encanta María.


Por Juan Carlos Sánchez

Fuerte, muchacha caminadora de piernas ágiles y cuerpo delgado. Hábil con las manos y de espíritu firme. Una adolescente - mujer que se animó a la vida. Hubiese querido ser su novio. Lo que no se es si hubiese sido capaz de aceptar un hijo que no era mío.

Me encanta María, estoy enamorado de ella desde que mis viejos, el Nacho y la Ñata me la presentaron siendo niño.

¡Te quiero, María!

Fray Vicente (Grases Millet OP) me hizo gancho con ella, me la mostraba como la mejor muchacha, la ideal, la siempre atenta a las palabras que se le dirigían, a hacer un favor, a darse. Yo era pibe entonces. Y hubo algo. Una especie de ¿brrrrr? ¡No se qué…! Como si me estuviese seduciendo, atrayendo, atrapando.
Charloteaba con ella y con el niño que casi siempre llevaba de su mano.
Pasó el tiempo, crecí…
Crecí y me alejé de ella. Aparecieron otras marías, muchas.
Las disfruté a todas y hoy, en el otoño de mi vida, ¡me rindo! ¡Te quiero, María! Te sigo queriendo. Perdoname si te abandoné por años, si te cambié por otras o por dinero, fama, guita, goce.
A tu lado la mejor de las marías no llega a la suela de tus sandalias. Que no se ofendan.

Y lo mejor tuyo fue esa capacidad mágica de aceptar la maternidad contra la ley y la costumbre. Es divino eso, todo lo divino tiene algo de mágico en su misterio y atrapa.
Madre soltera. Que bueno…
Ojalá muchas pibas que meten la pata (como se dice) te miren y te copien. Madre soltera… Nunca se sabe lo que puede llegar a ser ese hijo.
Y capaz de enfrentar a José, tu novio, y decirle que esperabas un hijo que él sabía que no era suyo porque él… Bueh… De eso no se habla.

Y parir tu hijo en un pesebre, y verlo crecer con asombro, y acompañarlo en la Cruz, y abrazarlo vivo y resucitado. ¡Qué mina de oro, María!



Escribo esto al finalizar el Día del Niño por Nacer 2009, 25 de Marzo. Cuando lo suba a la Net será 26 y la vida seguirá y los vivos y los muertos seguirán y los que matan seguirán.
Celebré con buen vino y con Cristina y algunos de nuestros hijos, los más chicos, este día. Cristina es muy parecida a vos, María, claro que con sus dimes y diretes y su genio pero… También aceptó ser mamá soltera de una hija mía, otra Cristina que me hizo abuelo ya, y por eso más que por otra cosa la quiero tanto. Por los ovarios que tiene. ¿Me explico?


Este día lo institucionalizó un amigote de los que no hay muchos, “el Carlo” Saúl, un peronista de aquellos que fue presidente de la Nación dos veces y después muchos países del mundo lo copiaron.
¿Sabés una cosa, María? Hoy no fue como ayer que celebraron con fiestas populares, artistas, festivales, marchas, todo pagado con dineros públicos. Ayer festejaron la muerte. El aniversario de un golpe de estado. Coherente, celebran la muerte los que la proclaman y provocan.
Hoy que podían festejar la vida ningún poderoso firmó un cheque.
Hoy se celebró en familia, como nosotros, como otros, como en la iglesia. En familia. Con Tata Dios, prolífico Papá. Tiene tantos hijos que no los puede contar pero los llama a cada uno por su nombre, para eso es Dios.


Quizá los que me lean piensen que estoy un poco borracho y acertarán. Este no es mi estilo literario, ¿o sí? No lo tengo claro. Estaba bueno el vino.
Es que estoy feliz. Pese a todos los problemas por los que estamos pasando los argentinos hoy vi como crecieron las celebraciones con respecto al año pasado. Nos estamos animando, estamos madurando.
Repito, no con la fanfarria como las de ayer que son parte del libreto, sino las en serio, las “de adentro”, las del alma, las de los simples y humildes de corazón. ¡Qué bueno…! ¡Se celebró la vida! Carlos…

De nuevo como aquella vez cuando eras Presidente te agradezco y te felicito. Adivinaste la que se venía y querías dejar huellas y lo lograste. Quizá un pibe algún día te mire a los ojos y te diga ¡Vivo gracias a vos, vos hiciste que mamá no me abortara! Eso sólo vale más que todas las coimas que te imputan los que matan a los niños.

Y a vos María… ¡Te quiero, María! Gracias por ser como sos, gracias por darnos a Jesús, gracias por aceptarnos como hijos.

Y a ustedes dos, mis viejos, el Nacho y la Ñata, como les digo todos los días mirándolos en la fotografía: ¡Gracias por presentarme a María!
La más bella, la más dulce, la más tierna. La eterna María.
Gracias por hacerme conocer a Jesús, el hijo de María.
Gracias por darme la garantía de que volveremos a estar juntos, todos juntos, ustedes, yo y María con Jesús.


E-mail del autor zschez@yahoo.com.ar
25 Mar 09

domingo, 22 de marzo de 2009

Algo inesperado


Amigos:

Esta es una de mis formas de adherir al Día del Niño por Nacer, un logro argentino que lleva la firma de un entrañable amigo de más de tres décadas, Carlos Menem. Seguramente más de un argentinito le debe la vida al riojano, no lo olvidemos nunca, que cada 25 de Marzo sea un día de fiesta y de orgullo nacional.

Lo escribí hace años habiendo vivido de cerca el suceso, tan real como el niño que hoy juega en la plaza del barrio. Vivió gracias al amor.

Sirva este cuento para que alguien que piense en matar por temor, reflexione.

JC

Algo inesperado

Por Juan Carlos Sánchez

— Pero... ¡Si no es tuyo...!
Él simplemente la miró. Giró sobre sus talones, encendió un cigarrillo, le dio una pitada y lo apagó en el cenicero de ónix recuerdo de unas cortas vacaciones en familia por las sierras de San Luis. Se miró en el espejo de la cómoda, ordenó su flequillo rebelde y con un giro teatral enfrentó el indisimulable e incontenible asombro de esa mujercita firme y sólida que era su prometida, con una leve sonrisa tristona en los labios. Ella estaba atónita. Había elaborado esa conversación durante varios días y preparado todas las repuestas posibles a las distintas actitudes menos esta. Esta era la inesperada. Había previsto todo, menos lo que estaba ocurriendo.
Inclusive había avisado a una vecina chismosa y comedida, una buena amiga a quien había tomado como confidente, de que esa noche conversaría con Joseph, de que le contaría todo y le pidió que estuviese atenta, que si gritaba era por miedo a algo y que si eso pasaba, que llamase a la policía y al rabino. Se arrepintió de haberlo hecho. Joseph nunca se descontrolaba. Era firme y fogoso como todo hombre joven que luchaba a brazo partido con la vida, seguro de sí mismo y capaz de enfrentar las peores vicisitudes pero no imponía sus ideas usando la violencia, nunca pendenciero, jamás golpeador. Pacientemente aguantó con ternura sus veleidades de niña casi rica, hija única de una familia de clase media acomodada y la soberbia autosuficiente de su parentela.
Cuando fue necesario servir, Joseph puso su corazón y sus hábiles manos de obrero al servicio de algunas reparaciones de emergencia en la casa paterna y hasta se ocupó con benevolencia samaritana de las pavadas histéricas de una tía solterona. Pero un poquito de miedo tenía. Un hombre es un hombre y su comportamiento puede ser impredecible ante circunstancias dolorosas. Además, la ley era la ley y la ley autorizaba el repudio y en ciertas circunstancias condenaba a muerte a una mujer en su situación. Claro que en estos tiempos modernos ya no se aplicaba.
Mirándolo ahora, una cálida ternura la ahogó. ¡Era increíble ese hombre! Capaz de lo imprevisible como si fuera lo más natural del mundo. Solamente los poetas y los locos eran capaces de vivir un ensueño con tanta galanura y sin perder la compostura. Los ensueños nunca se parecen a la realidad y quien puede sobrevivirlos es un predestinado o un extraterrestre.
— Pero... ¡Si no es tuyo...! — repitió Myriam como una cantinela — ¡No es tuyo...!
Meditó las siguientes palabras porque comprendía que en ellas se jugaba el futuro de ese hijo que llevaba en su seno; no se atrevió a mirarlo de frente y recurrió a la excusa de la ventana como si le interesara lo que pasaba en la calle. Clavando la vista en la nada, habló al fin.
— No tenés conmigo ninguna obligación. Es mi hijo y puedo arreglármelas sola. No es lo que quiero, pero lo acepto.
Joseph esbozó una leve sonrisa dolida y un tanto irónica. Miró la nuca de Myriam y se detuvo con deleite en su larga cabellera ondulada que bajaba casi hasta la cintura. Admiró su cuerpo elegante, su cintura esbelta y sus piernas de estatua griega. Por un momento sintió rabia, celos, envidia; una catarata de sentimientos contradictorios lo invadió. Deseó golpearla y acariciarla al mismo tiempo, protegerla y condenarla, perderla y a la vez perderse en ella.
— Todo lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. Esa fue nuestra promesa, la que nos hicimos hace mucho tiempo y yo cumplo mi palabra.
— Pero no es tuyo...
— ¡Pero es tuyo! ¡Por eso es mío! —La lógica cruel del concepto los inundó a ambos por igual de una profunda pena—. Lo tuyo es mío... Solamente vos puedes desposeerme de lo que es mío. Solamente tu voluntad puede romper la promesa. Yo no renuncio a lo mío...
— Entonces... —Myriam había superado los límites del asombro— ...entonces... ¿Vos me querés igual?
— ¿Te dije alguna vez que no te amaba?
— Pero yo...— la frase inconclusa dijo todo.
— Hasta tu pecado es mío, hasta tu pecado.
Cuando la vecina los vio salir abrazados camino al supermercado de la esquina supuso que Myriam le había mentido un poco en esa historia contada a medias con muchos silencios y lágrimas.
Gabriel Arcángel, un vecino nuevo que pasaba por allí haciendo un mandado, memorioso de una historia parecida ocurrida hacía mucho tiempo en otras circunstancias y por voluntad de Dios en la cual también el amor abrazaba todo, inclusive el pecado, apuró el paso tratando de doblar al final de la calle antes de que la incontenible carcajada brotase de su boca apretada en el esfuerzo por silenciarla.


Del libro "Bajo la Piel"

domingo, 15 de febrero de 2009

El alma mía


Busca salir de mí,
y su estrategia
es convertirse en lágrimas.

Cuando me doy cuenta
silenciosamente ha vuelto
y solamente quedan
escamas de las lágrimas y
plumas de su vuelo.

Y ella,
instalada otra vez
en el árbol de mi corazón
que sus raíces hunde
en
profundas tristezas.

Ella sale,
regresa y no sabe por qué:

porque até un cordel invisible
entre sus alas

y el otro extremo en
el florido corazón
de la mujer que amo.


César Actis Brú

Febrero de 2009
Santa Fe de la Vera Cruz
República Argentina

César I. Actis Brú – * 1942 - Casado - tres hijos - dos nietos
Escritor, poeta y ensayista (23 títulos publicados)

¡Ave César!
¡Brutus te saluda!

¿Por qué no estar juntos en mi blog personal? Quiero que estés a mi lado acá.
Eres mi prologuista, y amigo y desde los años mozos de ese barrio sur de Santa Fe con su Convento de Santo Domingo, el largo pasillo de la clausura, el viejo patio, la cancha de fútbol improvisada en la cochera, los frailes... Grases, Arizmendi, Correa, García Vieyra, Pambi Beltroco... ¡...Che... Se murieron todos...! Nosotros, ¿qué esperamos? Debe ser divertido allá arriba hacer teología ante la Visión Beatífica que ríe a carcajadas de nuestras pobres aproximaciones terrenas...

Su risa es de gozo porque de tanto equivocarnos logramos encontrar el camino hacia Su Casa, esa es Su alegría, ¿será así? ¿Que el Espíritu, escribiendo derecho sobre líneas torcidas nos reconoce como santos pifiadores? ¡Será divertido!
Preguntarle a Santo Tomás -ya más delgado por cierto luego del puchero- si escribiría de nuevo todo tal cual o discutir con Fray Vicente (Grases Millet, a quien acompañamos hasta el final en su andar hacia la Casa del Padre) cuál de los pecados es más grave. (Cuelgo arriba de este un cuentito mío donde Vicente también está).

¿Hay mate por esos pagos? ¿O solamente vino nuevo y pan casero?

Ojalá haya mate.

Un abrazo:

JC

15 Feb 09



sábado, 7 de febrero de 2009

San José Obrero



(A Manuel Ignacio Pereyra, in memoriam y Guillermo Gómez, curas de pueblo serrano.)

Mientras se revestía con los ornamentos sagrados para celebrar la Misa miró a la monja josefina de indefinible edad construida de espinillo y alambre conocida como Madre Ignacia que lo ayudaba en tales menesteres y con una sonrisa irónica casi imperceptible bailando en la comisura de la boca, le advirtió:
—Hermana, trátelo bien a este amigo, mire que es el hijo del Obispo.
La religiosa pegó un respingo y quedó inmóvil sin hacer comentarios. Aunque acostumbrada a los dislates jocosos del joven sacerdote, no cometería el error de desestimar a priori cualquier dato. Los tiempos modernos la apabullaban y el curita tenía la particularidad de ponerla nerviosa pese a considerarlo hombre de temple y profundamente espiritual hecho a los sinsabores y las sorpresas de la vida dura de las sierras y de sus gentes.
Eran sabidas las virtudes del Obispo Omar Colomé, irreprochable, humilde, abierto a la Gracia y entregado a su ministerio, pero... El diablo mete la cola en donde menos se lo espera y la monja era sabia en cicatrices. La carcajada del sacerdote le alivió el alma. Es broma, pensó la monja.
—Póngalo a cantar en la procesión, tiene una voz tremenda. — Dijo, satisfecho de la mala pasada.
Yo, el de la voz potente y sujeto de la broma, miraba todo con cara de estampita tratando de pasar desapercibido ante mí mismo, método que empleo cuando las circunstancias me superan y no se me ocurre algo gracioso o elegante y a tono para salir del paso.

Fui a celebrar el primero de Mayo, día de San José Obrero a la capillita de Las Calles, un pueblo del valle cordobés de Traslasierra que lo tiene por patrono acompañado de Marita. Marita era una garantía de buenas charlas y de encuentros insospechados con Dios.
La procesión de esa tarde seguida de Misa, de carrera de sortijas a caballo, empanadas criollas y vino tinto o Coca Cola serían una experiencia nueva para ella domada en las solemnidades de otra diócesis adicta a las formas. Salir a caminar siguiendo al Santo al cual hacían guardia los jinetes en sus caballos enjaezados para Domingo, sin altavoces, con el cura que tenía que rezar a los gritos, cantando cánticos preconciliares de los cuales los católicos de ciudad solo tenemos un remoto recuerdo, darle a pata entre piedras y arena sumergidos en un paisaje de maravilla era algo nuevo, un regalo para el alma que regocijaba la fe sencilla y devota del serrano y conmovía al pueblero.
Siguió la Misa y la bendición solemne presididas por el cura bromista, Guillermo y después la venta de empanadas, pastelitos de dulce, vino, gaseosas y cervezas hasta que se largaron las carreras de sortijas. A esta altura de la celebración yo ya estaba algo alegre por causa del tinto y ocupé el tiempo disfrutando de la compañía de Manuel Pereira, el cura párroco de Mina Clavero. Al rato y por mirar nomás, salí a caminar y a tomar fresco por la veredita de la capilla de San José Obrero.
Las Calles es un pueblito salido de un cuento. No es real. De ese tipo hay muchos en la serranía cordobesa o en las zonas linderas al Paraná, o en el norte de Brasil o enganchados en la cordillera. Simplemente se quedaron en el tiempo, humildes y llenos de gracia, sin televisión satelital ni teléfonos celulares. Por toda diversión anual tienen las fiestas patronales o el cumpleaños o el velorio de los vecinos y las fechas patrias. Todo iba bien en la fiesta hasta que alguien —todo se sabe en los pueblos— largó el rumor de que yo era el “hijo del Obispo” y de que había que tratarme bien. El chiste de Guillermo había trascendido los muros del templo y las fronteras de la prudencia y el pueblo tenía una historia para contar durante años y las viejas, motivos para relamerse a toda hora por generaciones. Yo, mientras tanto, ni enterado, como corresponde.
Me sorprendió un paisano al ofrecerme un vaso descartable lleno de ginebra y un viejo muy viejo me estiró, sonriente, un pastelito.
Los serranos son respetuosos, generosos y comedidos, atienden espléndidamente al visitante pero tienen orgullo y jamás son obsecuentes, así que tantas atenciones me hicieron sospechar algo raro, sobre todo teniendo en cuenta que los obsequios debían pagarlos porque la cantina y la feria de platos era a beneficio. Me encogí de hombros desentendiéndome del tema y seguí disfrutando de la fiesta. Marita, entre tanto, me observaba sonriente y de lejos.

Siempre respeté los silencios de Marita y temí sus iras. Acostumbrado a lidiar con mujeres, aprendí a dejarlas solas en sus treces cuando así lo prefieren y este era el caso. Marita flotaba místicamente. Algo la había impactado profundamente.
Es muy espiritual, eso se descubre fácilmente cuando se ora con ella o cuando se conversa en serio sobre su tema preferido: las cosas de Dios. Ella fue mi profesora en las cátedras de Doctrina Social de la Iglesia y de Catequesis en el Instituto Arquidiocesano de Ciencias Sagradas en el cual estudié y fue la única a quien, en los cuatro años de aprendizaje, los alumnos aplaudimos de pie y con lágrimas en los ojos luego de una charla de espiritualidad que nos dio. Cuando la vi arrimarse sonriendo con picardía supe que iba a cargarme, a hacerme objeto de alguna broma.
—Así que el hijo del Obispo —dijo—, ¡mirá que honor!
Caí en la cuenta al momento de mi situación en el pueblo. No soy rápido, todo lo contrario. No podría cruzar una calle y estornudar al mismo tiempo sin riesgo de ser atropellado por un auto o de llenarme de moco o ambas cosas pero esta vez entendí sin necesitar explicaciones.
—No me digas que la broma trascendió —pregunté ansioso.
—Seguro. ¿Qué creías?
—¿Cómo lo arreglo?
—Pedile al Guillermo que lo arregle. Vos no podés.
Fui hasta donde estaba el curita de zapatillas y vaqueros con una cerveza en la mano y varias en el estómago y le imploré:
—Arreglame esta. Se creyeron lo de hijo del Obispo.
—Mejor para vos —el desgraciado se rió, créanme, el desgraciado rió—, mejor. Te atenderán de lujo...
—Arreglala o se lo cuento a Colomé mañana mismo. —El matiz utilizado para decirlo cortaba un pelo en el aire.
El Guille me miró fiero. La amenaza era brava. Relojeó de costeleta a Marita que se había acercado y le habló casi entre dientes.
—¿Tu amigo tiene pocas pulgas hoy solamente o siempre es así?
Marita se puso muy seria, demasiado, temiblemente seria.
—Pensá en la mamá, Guillermo... y arréglala. Pensá en la mamá... Vos sabes... Con este —me apuntó con la mirada— no hay problema, es de plomo y no le entran balas, pero... ¡Pensá en la mamá...!
El argumento me atoró la empanada, era irreprochable y no se me había ocurrido, mamá estaba, como la mujer de César, más allá de toda sospecha. Simplemente me sorprendió la simpleza y profundidad del mismo y lo atribuí a la tenacidad con que Marita defiende a la mujer y su misión.
El curita se movió como si algo le apretara las verijas. Charló al oído de la chismosa del pueblo y antes de pasado un cuarto de hora vinieron a cobrarme la ginebra y el pastelito. Aprendí que hay dignidades de cuna y de las otras y que yo no las tenía y tuve que pagar.
Me quedaron grabadas esas insistentes palabras de Marita: “Pensá en la mamá...”.
Salimos de noche para mi casa en Villa Luján, en Mina Clavero. Apurado por llegar manejé la camioneta con prisa y descuido sin hacer juicio de las curvas del camino de sierras. Antes de bajar para el barrio fui hasta el centro a comprar cigarrillos. Justo, justito al pasar frente a la confitería de moda llena de parroquianos en plena calle San Martín, paseo obligado de todos los traserranos y turistas, Marita musitó ahogadamente:
—Para.
La miré. Estaba tan blanca como una sábana lavada y secada al sol por las monjas del Monasterio Gaudien María de San Antonio de Arredondo. Sudé.
—¿Qué te pasa...? —fue pregunta y gemido a la vez temiendo la respuesta.
—Quiero vomitar...
—¡Aquí no! —Aullé— ¡En el centro, no! ¡A la camioneta la re-conocen! ¡Me vas a hacer perder un montón de votos! —Yo aspiraba pelear la intendencia de Mina Clavero y las elecciones estaban próximas. Marita ni se inmutó y siguió con su apuro sin hacer juicios políticos del asunto.
—¿Afuera o adentro? —Preguntó la maldita, tajante y práctica y apretando los dientes.
Frené y le dije que abriera la puerta. Pensé que algunos votos valían menos que la costosa alfombra de la Silverado. Marita vomitó de todo: chocolate, pastelitos de dulce, empanadas de carne, pollo frito (del almuerzo), mate cocido (del desayuno), vino dulce y un par de ñoquis con crema y una torta frita que no se cuándo ni dónde comió y guardó para esa ocasión tan especial para mi honor. Jamás Mina Clavero olvidaría ese papelón.
Terminado mi holocausto público, me miró seráficamente y como si nada hubiera pasado.
—Ya podemos ir —dijo.
Yo maldecí por lo bajo y puse rumbo a casa.

Habiendo llegado y después que Marita se enjuagó la boca y se repuso, nos sentamos a tomar un tecito de peperina y toronjil preparándonos al sueño. La casa estaba en silencio, el matrimonio que la habitaba descansaba junto a sus chicos y mi tía Elma hacía tiempo que dormía. Era la hora de las charlas íntimas.
Yo tenía dos inquietudes. Una, olvidar la vomitada y otra, que ella como mujer y madre reflexionara el sentido de su frase ante el Padre Guillermo: “Pensá en la mamá, Guillermo... y arreglala” y el efecto que causó en el cura moviéndolo a actuar rápidamente. Olvidar los restos de comida desparramados en la calle central del pueblo manchando el pavimento por semanas a la vista de todos era imposible, así que me aboqué a lo segundo.
—¿Qué quisiste decir exactamente cuando le dijiste a Guillermo eso de pensá en la mamá?
Marita tomó un largo trago de te. Me miró, entrecerró los ojos —eso preanuncia una larga parrafada—, se relajó en la silla, hizo un corto silencio y comenzó a hablar.
—Hoy fue un día especial para mí. El mejor día de San José Obrero que jamás viví y que nunca olvidaré, te lo aseguro. Y no lo digo por el vómito. —Abrió los ojos y me miró riéndose de mí con la mirada. La asquerosa se reía sin mostrar una sonrisa, sólo mirándome— ¿Sabés por qué vomité? Estoy embarazada de nuevo...
Sin poder evitarlo, mis ojos se abrieron al doble de lo normal. Era increíble. Marita mamá de nuevo cuando ya tenía diez hijos. Intenté una felicitación porque un hijo es una bendición demasiado grande como para racionalizarla con pavadas, de esas de ...ya son demasiados... o que ...hay que pensarlo antes..., o etcétera. Un hijo es una vida, un sueño de Dios y basta.
Traté de hablar, pero Marita levantó la mano imponiéndome silencio. Ella también lo hizo durante algunos instantes y recién después de un suspiro continuó hablando.
—¿Sabés por qué argumenté poniendo a tu mamá en medio? Porque se lo que siente la mamá de un hijo de un cura... ¿Sabés por qué lo se? —Cerró completamente los ojos— Porque estoy embarazada de un hijo de un cura, de uno que vos conocés.
Ya el asombro me superaba totalmente y sentí un nudo en el estómago. No podía hablar ni se me ocurrió qué decir. Marita siguió hablando impersonalmente.
—¿Sabés por qué el Padre Guillermo se ocupó enseguida del asunto y la charló a la vieja chismosa? Porque me confesé con él. Él sabía. ¿Entendés ahora? Y si no entendés, no importa; jodete.
Claro que entendía. El cura tuvo el privilegio único y exclusivo de escuchar el arrepentido relato de Marita penitente. Me levanté, me serví un generoso whisky y lo bebí de un trago. ¡Que lo parió!
No bastó. Empiné la botella y bebí a pico hasta que el alcohol me ahogó. No necesito mucho, con un trago alcanza.
¡Que lo parió! —Pensé de nuevo.
—¡Que lo parió! —Dije en voz alta.
Marita seguía sentada e inmóvil, observándome. Habló muy suavemente, masticando las palabras.
—La que lo va a parir, mejor dirás... Una puta clerical.
Medité la respuesta. Había iniciado el camino de la furia interior y sabía que era mi obligación moral dominarla.
—De un calentón de sotana con bragueta, dirás. Me asusta esta historia Marita, me desconcierta. Vos sabés de categorías de pecado, las enseñaste... Él también las conoce y más aún… —mastiqué las palabras que me supieron amargas— Pero... ¿Es del cura...? ¿...Estás segura de...?
—¡No seas igual que ellos por favor...! —Me interrumpió— ¡Evitate a ti mismo pensar lo mismo que los otros curas que lo apañan al Quito! Hace mucho que no tengo relaciones con mi marido y no soy ninfómana ni loca.
—¡Ahhhh! —aullé— ¿Es del Quito? ¿Vos también...? —callé de golpe. Lo que estaba por revelar era demasiado duro para cualquiera pero ya había metido la pata hasta el cuadril. Marita no se inmutó.
—¿Ibas a decir que yo también, como tantas otras, no?
—¡Bueno...! ¡...Qué se yo...! —tragué saliva. De esta no salgo fácil, pensé.
—No seas cagón. Ya nada me puede hacer doler más... ¿De cuántas sabés vos? Yo, de cuatro.
Me lancé con todo.
—Yo de alguna más y de otros hijos... Muchos lo saben, incluso el Obispo, pero le teme o... lo ama y por eso no pasa nada... —Intenté cambiar de tema— ¿Se lo dirás a tu familia?
La maldita rió a carcajadas. No sé que le encontraba de divertido al asunto.
—¡Ya se lo dije! Lo conversamos anteayer. Vine a las sierras a digerir el mal trago. Por eso el vómito olía tan feo...
— Que... ¿Que pasó...?
—Imaginate.
—¡No quiero! Me sobrepasa. ¡En qué lío te metiste...!
—¡Chee! ¡Esto de vos tampoco lo esperaba! ¡Es una vida, una bendición!
—Si, con pañales y te aseguro, que en esos pañales habrá mucha caca.

Durante una hora larga dialogamos. Yo estaba teatralmente incómodo o sea, trataba de contener el nerviosismo y lo hacía mal, como en un ensayo de primerizos en esas cosas de tablas y telones. Marita le puso punto final.
—Estoy cansada y quiero dormir. Fue un día largo. Quiero dejarte una reflexión para cuando te acuestes.
Hizo una pausa que no osé interrumpir.
—Ubicate en el hogar de Nazareth integrado por un niño nada común, una mamá virgen y un papá que no lo es de veras... María, ¿cuánto se adentró en el misterio de su embarazo? ¿Cómo dialogó con su familia? ¿Qué les dijo? ¿Y a su esposo José? ¿Y a los vecinos y amigos? Quizá le vino bien el viaje a Egipto para enfriar las cosas aunque por lo visto no tanto ya que muchas veces le refregaron en la cara a Jesús ser hijo de pecado. Hoy, todavía hoy a dos mil años, hay quienes sostienen que Jesús es hijo de un soldado romano y de que María no tenía una conducta muy moral que digamos.
Nueva pausa.
—Mi hijo, cualquier hijo, es también un misterio —continuó diciendo Marita—, pero este es algo especial. Es fruto de un grave pecado, es sacrílego y sin embargo es bueno, santo. ¡Qué contradicción! Nuestro Padre Creador lo ve como muy bueno y lo ama como nos ama a nosotros, sus padres pecadores y sin embargo es el buen fruto del árbol malo... Un árbol que da frutos y que no merece ser cortado, que no es estéril como la higuera que secó Jesús... ¿Se contradice el Evangelio? ¿El árbol malo da buenos frutos? ¿O es que no es malo el árbol? Y algo más y ya termino...
Otra pausa. Se había adueñado totalmente de los tiempos.
—...¿Cómo crees que saborearán este fruto nuestros hermanos de la Iglesia? ¿Disfrutarán del fruto o será causa de escándalo solamente? ¿Servirá para penetrar aún más el misterio de la Iglesia...? Dios, que de lo malo saca lo bueno... ¿Qué quiere de este niño? Nadie nace para nada, porque sí, alpedamente. Nace llamado para la santidad que es la imitación de Cristo y por eso mismo es signo de contradicción, de enfrentamiento, de crisis, de tensión en la historia y en las estructuras... Cuando te acuestes esta noche, pensalo, rezalo. Reflexioná también sobre cuál es tu responsabilidad con respecto a este hermano tuyo que está por nacer y también hacia esta otra hermana tuya, embarazada del hijo de un cura.
Volví a picotear la botella de whisky en un trago largo y goloso.
—¡Dios mío! —Pensé— ¡Quilombo en puerta! ¡Este parto trae cola...!


No me equivoqué.
Al tiempo en el cual escribo este relato, todo lo que tenía que pasar pasó y con mayúsculas, pero eso es para otro cuento. Ya veremos.
Las palabras de Marita fueron proféticas y su hijo fue un acontecimiento de Gracia para ella, para su familia y para la Iglesia. La verdad se hizo presente y habitó entre nosotros.
Ese es otro misterio: el de un Dios de buen humor que juega sin trampas y respetuosamente este apasionante juego de la vida, que no es juego, pero que se le parece demasiado.

Un cuento de Juan Carlos Sánchez

viernes, 6 de febrero de 2009

Palabras desde el umbral


Derecha o izquierda

Mi amigo,
“el señor que mata los leones” (Hugo Mataloni),
me dijo que estos cuentos fueron escritos “…desde la sacristía... mirando hacia el prostíbulo.
Que Dios planeaba en todos ellos, pero... ...que...
...¡Vos escribís como hablás…! ¡Ese lenguaje...!
Podrías ser algo más educado para escribir...
Cada dos renglones hay una puteada, una... o una ...
o la... que te ...
o andate a la casita del molusco bivalvo de tu abuela...”.

Lo miré sonriendo.
“Podrías ser un poco más educado, vos, en tu crítica, Hugo, por favor” —le supliqué, (fraseándolo, como lo indican las comas).

Hugo Mataloni quedó pasmado.
Había entrado en el juego de las palabras sin darse cuenta.

Hugo tiene razón.
Están escritos desde la sacristía, pero mirando a la gente
que está afuera,
esperando que salgamos y las invitemos a entrar.

María Teresa Salera, mi comadre, aportó lo suyo.
“Vos despegás al hombre del barro” me dijo.
“Peronista tenías que ser…”
Vale Teresa, igual te quiero.

Les debo una explicación a Hugo y a Teresa y arranco con ella.
Nací con honores y fórceps en ya inexistente la maternidad Pujato y quizá los fierros apretándome la cabeza aportaron lo suyo a mi futuro racional. Hubiera sido mejor, dijo Pablo Fernando Spangenberg, mi psiquiatra, venir de nalga. No se bien por qué lo dijo o prefiero no entenderlo. Dejémoslo allí.

Hasta los cinco años viví en Avda. Freyre al 1400 de Santa Fe y por el ’55 nos mudamos a la casa que construyeron mis padres gracias al plan “Eva Perón” del Banco Hipotecario Nacional en 3 de Febrero al 3000, frente a la legislatura provincial a dos cuadras del Convento de Santo Domingo, a cinco de los franciscanos y a igual distancia de la Catedral y de los jesuitas cruzando la Plaza de Mayo. Eso, saliendo desde la puerta de casa hacia la derecha que es el Este.
Pero saliendo hacia el Oeste, hacia la izquierda, estaban y están los prostíbulos. ¿Para dónde creen que fui?
Acertaron.
¡Mal pensados...!
¡Terminé siendo monaguillo de los dominicos y fanático de las mujeres!

Por eso acepto que estos cuentos fueron escritos en la sacristía pero mirando hacia el prostíbulo. Desde la sacristía se sale hacia el altar para celebrar los sagrados misterios y a encontrarse con Dios y con la gente. En los prostíbulos la gente se encuentra. Dios está en todos lados.
Hasta en el pecado. Se hizo pecado.
Los cuentos que les cuento son pantallazos de la realidad, espacios que me permitieron conocer a la persona más allá de las definiciones y más acá de la mezquindad de los preconceptos, sin marcos que los limiten pero con códigos que las obligan. Y tales códigos no siempre son aceptados por los comunes, por la gente como uno que viene desde la cultura construyendo una realidad simplemente porque ellas, las personas que no son como uno, a contramano, vienen desde la realidad construyendo la cultura.

El hombre es así, quizá exactamente como no nos gusta desde las definiciones, pero así.

[Barro primordial en manos de un alfarero respetuoso de cada uno. (¿Te parece bien, Teresa?)]

Para no ser así fue creado y para mejorar, para madurar, crecer, para perfeccionarse. Es que la creación es un canto de esperanza.

No todos los personajes de estos cuentos son ficciones. Muchos de ellos existieron o existen aún o son modelos, muestrarios, arquetipos, paradigmas de una sociedad que no está dispuesta a contemplarlos como seres vivos y en marcha hacia su dignificación y concreción, ni madura para reconocerlos.

Vívanlos tal como ellos viven.
Se lo merecen.
Ellos se aceptaron.
Respetémolos.

J.C.

Prólogo del libro "Bajo la Piel"

domingo, 18 de enero de 2009

Vocación y Misión


Primero hay una llamada, una vocación. Es a la vida y a vivir la vida y toda vida tiene un por qué y un para qué, no hay vida porque sí ni para nada. Existir es tomarse en serio la justificación de la vida que es la mi­sión. Cumplir con la vida nos justifica o sea, nos hace justos; resuelve con categorías de justicia el interrogante inicial de para qué vivimos. Hay una justificación gratuita, universal y redentora: la de Cristo, que actúa por si misma y es eficaz, pero requiere de nosotros, para su aplicación particular, la aceptación y el compromiso, que es la conversión. En Cristo no puede haber indiferencia ni tonos grises: a los tibios los vomita Dios.

A esta altura de la reflexión se hace necesario precisar algunos conceptos para poder entender los que más adelante se desarrollan. La llamada a la vida no es meramente biológica, porque en el plano natural nadie elige nacer. Es a vivir en plenitud, en abundancia, o sea, a vivir la vida del espíritu, que es vivir en santidad; a imagen y semejanza del Creador.

Si abandonamos esta perspectiva, este punto de vista, no nos diferenciaremos de los animales y habremos renunciado a nuestra categoría humana que es irrenunciable y, por esa razón hacerlo es entrar en contradicción con nosotros mismos. Esta situación es deprimente y limitante para el hombre y genera todo tipo de conflictos internos que no tienen solución por la vía de la razón ni de la sicología. Cabe, entonces, modificar la línea escrita a principio de este párrafo y en lugar de decir “habremos renunciado” escribir “habremos vanamente intentado renunciar”, que es mas propio.

La llamada es personal y plural, la misión también. Siempre en la llamada y en la misión está incluido el “nosotros”, la comunidad, y en ese grupo humano late la esperanza de la respuesta de aceptación. La vida es gratis, nadie decide comenzar a vivir ni establece el tiempo de su vida, el consentimiento está excluído, pero a la vida en plenitud y a la misión hay que aceptarlas, es un compro­miso compartido con todos los demás a quienes afec­tará, cuyas vidas cambiará. El don de tu vida es para los demás y ellos, todos y cada uno, serán destinatarios de los actos que realices. La indiferencia o la tibieza restará al conjunto y te disminuirá. No hay mejor método para servir para nada que hacer algo sin pasión.

Apuntando hacia lo particular, durante el transcurso de nuestra vida, iremos escuchando otras llamadas que nos servirán para descubrir el camino que habremos de recorrer y que realizarán nuestro ser, configurando nuestra personalidad y haciéndonos pro­tagonistas de la historia.

A veces podemos consentirnos la negativa a ser tal como debemos ser. Siempre eso acarrea la desilusión, es el precio que pagamos aquí y ahora por negarnos la au­tenticidad y la dignidad que nos pertenece creacional­mente. Muchas otras veces, las más y por más que nos resistamos, la llamada es más fuerte que la ignorancia, que la cobardía o que la comodidad, y en algún mo­mento de nuestras vidas, casi sin pensarlo y hasta sin desearlo, comenzamos a SER con mayúsculas y a HACER lo que debemos. La Gracia actúa para nuestra realización.

No por ello dejamos de ser libres. Siempre la aceptación es totalmente voluntaria. Sucede que pode­mos no estar convencidos de su conveniencia pero, ¡oh maravilla, oh misterio!, por eso justamente procede del ejercicio pleno de nuestra voluntad y de la absoluta ra­cionalidad que le encontramos. La locura es curiosamente racional cuando incluye el amor. ¡Hagan memoria! ¡Cuántas veces hacemos locuras por amar! Y eso que es amor humano simplemente, amor que puede ser un grato recuerdo al poco tiempo o una experiencia para crecer, nada más. ¡Cuánto más cuando ese amor es Cari­dad! ¡Cuánto más cuando incluye la totalidad, que es Dios! ¿Hay locura mayor que la de la Cruz?

Podemos planificar toda nuestra vida minuto tras minuto y, de repente, un imprevisto nos la da vuelta sin contemplaciones. Puede ser negativo o puede ser posi­tivo. Si es lo último, seguro que el amor está presente. Si es lo primero, el amor no está ya que no hay creci­miento sin amor, no hay alegría sin amor, nada bueno hay sin amor.

El hombre miro desde la serranía el valle que se extendía a sus pies. Verdes laderas, arroyos cristalinos, sauces, acacios y espacios aptos para la siembra. Ima­ginó el hogar encendido y las castañas asándose al res­coldo, el queso fresco y el champán para acompañarlas y la esposa a su lado, compartiendo un sueño y la espe­ranza.
- He trabajado mucho y bien -pensó -, me lo me­rezco.
Como persona práctica que era, compró el te­rreno, plantó el castaño, construyó el hogar y se ena­moró. Todo estaba preparado de la forma en la cual él lo había soñado. Sacudió con fuerzas los pies en las pie­dras lajas del piso del frente de la casa para quitarse el barro de las botas y contempló complacido lo que había logrado. Todo era bueno.
Sabía lo que vendría. La paz, el goce y un cierto grado de molicie sin aburrimiento.
Jesús, que pasaba por el camino, lo miró y sim­plemente le dijo “¡Sígueme!”.


Por Juan Carlos Sánchez
De: "El Abbá, la Morada y el Acacio" - Capítulo 10
Ed. La Morada - 1999

domingo, 4 de enero de 2009

Tres cuentos cortos

V

El niño cerró el libro que estaba leyendo y miró a su papá con cara de preocupación.
— Papá — preguntó — ¿Es cierto lo que dice el Padre Farinello que la cárcel es solo para los pobres?
— No hijo, no es cierto. Solo para algunos. Hay pocas y desgraciadamente no entran todos.


VI

—¡No hay Dios! —gritaba el hombre llorando desconsolado ante el cadáver de su hijito— ¡No hay Dios! ¡Si Dios existiese, mi hijo estaría vivo!
Su esposa, la mamá del finadito de quien se había separado hace tiempo, se acercó con los ojos bañados en lágrimas y lo abrazó fuertemente. El hombre respondió el abrazo. Ambos estaban unidos por una fuerza irresistible que los atraía uno hacia el otro.
Tata Dios, invisible como siempre a los ojos humanos, rodeaba las cabezas de ambos con un abrazo lleno de amor y reparador como ninguno.
Cuando Tata Dios observó a los padres llorar serenamente y unidos, soltó su abrazo, los besó en el alma y dándose vuelta hacia donde el muertito lo miraba vivo y resucitado y alegre por el reencuentro de sus papás, extendió la mano hacia la otra mano pequeña, la tomó, la apretó suavemente y dijo:
—Vamos. Ya es hora. Has cumplido.


VII

Cuando Manolo llegó al Cielo lo recibieron sus abuelos que habían muerto algunos años antes y lo primero que hicieron fue presentarle al Padre, luego al Hijo y cuando quisieron hacer lo mismo con el Espíritu Santo no pudieron porque andaba por la Argentina llevándole la contra a Borges intentando la conversión de los peronistas.
Después conoció a montones de gentes que eran sus parientes, amigos de la familia, vecinos del pueblo y algunos curiosos.
Entre todos le explicaron cómo funcionaba el Cielo. Que la cosa allí no era aburrida, que por el contrario se divertían a lo lindo, pero que había algunas reglas que cumplir.
Por ejemplo, que al Trono del Anciano no llegaba cualquiera salvo los niños como él que siempre estaban autorizados. También que era parte de la misión de los santos pedirle insistentemente al Hijo por la conversión de los pecadores.
Le aconsejaron que intercediera por papá y mamá, para que se convirtieran, así Manolo los podría conocer y compartir juegos y mateadas en alguna nube y Manolo oró. También era muy conveniente darle charla a María, la mamá de Jesús, porque ella tenía muy buenas influencias y conseguía favores especiales tanto del Espíritu Santo como de su Hijo.
Fue justamente María la encargada de contarle su historia personal. De darle algunos datos necesarios y de explicarle por qué sus papás lo habían matado en un aborto.
—Amo tanto la vida —dijo María—, que me parece de locos abortar un niño. Pero tenés que saber que mientras vivimos en la tierra somos muy débiles justamente porque nos la tomamos con los más débiles. Eso nos hace débiles. Si fuésemos capaces de enfrentar a los fuertes, a sus actitudes, a sus miedos, a sus falsos dioses, vos estarías en tu familia en la tierra dentro de algunos meses.
—¿Qué son los meses, mamá? —preguntó Manolo.
—Una medida para contar el tiempo que pasamos caminando para llegar acá respondió María—. Estos chicos —pensó— cuándo no preguntando...
—Pero mami —dijo Manolo—, ¿si yo estuviese allá dentro de algunos meses, cuánto demoraría en llegar acá? ¿Esto no fue ganancia para mí?
María suspiró con resignación, era experta en eso —durante su vida terrena aprendió a rumiar y callar ante algunas incomprensibles actitudes de su Hijo— y cuando estaba a punto de hilvanar una respuesta, el Espíritu Santo que llegaba, la interrumpió.
—Manolo, te presento a tus papás.
Dos viejitos lo acompañaban algo avergonzados.
—Me llevó más de medio siglo de los de la Tierra su conversión, pero le pidieron perdón al Padre y ahora vienen a pedírtelo a vos, en persona.
Manolo sonrió con esa sonrisa que solamente los niños saben poner en sus bocas, estiró los bracitos abiertos hacia adelante y se pegó un vuelito medio despatarrado de angelito nuevo y se abrazó a los dos viejitos.
—¡Ahora si estamos toda la familia! —Gritó y un lagrimón se escapó de sus ojos, atravesó la nube y le cayó en la frente a un pibe que jugaba al fútbol en un campito de Rosario.
El pibe se secó la lágrima pensando que era un pájaro que había hecho de las suyas e inexplicablemente, comenzó a sonreír.
Dicen los que lo conocieron que jamás dejó de hacerlo y que pese a los problemas que soportó en su vida que no fue fácil, vivió sonriendo con alegría.
Algunos en el Cielo comentaban que ese niño fue el viejito que le devolvió agradecido y sonriente una lágrima a Manolo en algún momento de la eternidad.

De "Bajo la Piel" - Cuentos
De Juan Carlos Sánchez

domingo, 21 de diciembre de 2008

Chirolita


Hoy es 7º Domingo de Pascua, Solemnidad de la Ascensión del Señor del año jubilar 2000. Estoy llegando a Misa un tanto atrasado y ansioso.
Desde que empezó la Cuaresma espero una señal, un mensaje del Señor, sujeto como siempre estoy a sus manifestaciones ordinarias o extraordinarias, para conjugar mi vida y hacerla poema y acción.
No es que no las tuve. Fueron tantas que me apabullaron, pero sigo ansioso. Pasó de todo, desde ser papá de nuevo y hasta abuelo por primera vez casi al mismo tiempo. Papá y abuelo a la vez... “¡Qué detalle, Señor, que has tenido conmigo...!” canturreo bajito...
No me falta inspiración ni comida en la mesa y suelo tener seguidos diálogos cortos con mi Padre del Cielo a cualquier hora del día, que es una grata forma de orar.
Todo, señales de la presencia de Dios en la vida de las personas. Casualidades, como se les suele llamar comúnmente y que yo insisto en llamar diosidades, porque casualidad es el seudónimo que usa Dios cuando quiere pasar desapercibido. (Me cito a mí mismo, porque esa frase la inventé o se la copié a alguien en “El Abbá, la Morada y el Acacio”, mi opera-libro prima que fue editado en el ‘99).
Pero todas estas son otras historias y quizá a nadie les importen aunque me empecine en escribirlas.
Ya habrán observado que aunque tuve muestras de la presencia del Resucitado y de su Espíritu en mi vida, quería más. Pedía más. Estaba inquieto. Deseaba que esta Cuaresma y esta Pascua fuesen especialmente significativas. Y lo fueron.
Dios, que es un Dios de buen humor, finamente irónico cuando se expresa en la paradoja, me mostró Su Rostro en la fiesta de la Ascensión de su Hijo. Ya finalizando el tiempo pascual y cuando el creyente se extasía en la belleza del Resucitado que glorificado sube al Cielo para quedarse entre nosotros —pura paradoja—, lo hizo en la cara brutal y sucia de Chirolita, en quien habita por decisión propia, que también para elegir rancho es Dios y vive donde quiere.
Les contaba al iniciar el relato, que entré al templo algo atrasado al momento de la primera lectura y busqué un sitio libre en algún banco. En todas las iglesias los bancos son unas perversas e incómodas tablas semi lustradas y nunca del todo limpias que poco tienen que ver con los cómodos sillones de las iglesias de Miami o de los salones mormones.
Buscando discretamente a mamá y a mi esposa que habían entrado antes mientras yo estacionaba el auto, vi un buen lugar en la nave central y lo perdí casi en el acto, ocupado por alguien más joven que cruzó entre los bancos sin importarle que estaban en plena lectura de los Hechos. Durante el rezo del Salmo, hallé otro lugar.
En la nave izquierda, cerca del Sagrario, un banco para cuatro o cinco estaba casi vacío. Me lancé a la conquista de la sutil impiedad del asiento de madera dura y cuando llegué advertí que era un error pero ya era tarde. Un solo católico ocupaba el banco y realmente, con él era demasiado. Valía en aromas por una manifestación de peronistas a pleno sol de verano en Plaza de Mayo.
Morocho de chuzas piojosas, sucio y vestido con sobras, rechupadazo con tinto de oferta y con demasiados caramelos afuera del frasco o, lo que es lo mismo, con algunos patitos fuera de línea en la sesera, oliendo a sudor y mugre y parloteando a lo loco estaba un pobre. (Días después supe que su nombre es Beto).
Muchas veces teoricé ante quienes me invitaban a dar una charlita o a reflexionar en voz alta en un encuentro sobre la necesidad de sacar la celebración eucarística afuera, a las puertas del templo, en donde estaban los benditos del Señor pidiendo limosna o bien a invitarlos a entrar. Si los benditos del Señor están afuera, nosotros, los que estamos adentro, ¿qué somos...?
Ahora el bendito pobre estaba adentro y yo me senté al lado. Pensé en hacer un disimulado mutis por la puerta lateral pero por vergüenza y por un cierto pudor muy íntimo de conciencia, me dispuse a aguantar la compañía. Confieso que me distrajo y me llenó de asco el sólo pensar en el momento en el cual tendría que darle la paz, lo que significaba tocar esas manos mugrientas o abrazarlo y en el peor de los casos, besar su mejilla. Me esforcé en convencerme a mí mismo que ese negro afeitado a machetazos era Jesús.
Supongo que Jesús no andaba por Galilea llevando consigo una ducha portátil y un baño químico. Supuestamente olía fiero, pero el Beto no era exactamente la representación del Cristo de cabellos y barba cuidados por Giordano tal como cuelga el cuadrito de yeso que tengo en el comedor de casa. Claro está que Jesús es algo más que yeso chino y también admitamos que el Beto superaba todas las expectativas de miseria de aquél que “no tenía dónde apoyar la cabeza”. ¡Bueno...! Al menos y para mi consuelo, Jesús nunca fue visto rechupadazo... ni siquiera luego de las siete libaciones rituales de la Ultima Cena.

Mi vecino en el satánico banco —el modelo empleado por los carpinteros para uniformar los templos católicos con esos asientos puede ser la razón del crecimiento de las sectas a costa de nosotros, así que bien vale lo de satánicos— escuchó con atención, atronó cantando desafinado a lo Horacio Guaraní, puso algunas monedas en la bolsa de la colecta que sonaron como los cañones de la Heroica en los contabilizados y prudentes bolsillos de los ricos, se levantó y se sentó varias veces y opinó en alta voz. Calló gracias a mis codazos, método caritativo-psicológico derivado de los coscorrones que aprendí del Hermano Rafael, el prefecto de disciplina del Colegio La Salle-Jobson donde estudié y mediante tal expediente pude medianamente controlarlo de a ratitos.
No pude aguantar una sonrisa cuando el Beto sacó un jabón nuevo, envuelto y sin usar de su bolsillo y dijo más o menos “Lo voy a oler un rato, así huelo limpio...”, ni evitar un estremecimiento cuando se rascó con furia la cabellera y exorcizó en voz alta a los piojos. “¡Qué piojera...! ¡Qué piojera...! Esto no se aguanta más...” dijo.

Después de los piojos llegó el turno de la homilía del “Popu” Strina, un cura inquieto, escritor y capaz de hacerse amigo del juez con más facilidad que el Viejo Vizcacha.
Fue buena y es posible que hasta esos abyectos insectos se hayan cristianizado un poco si lo escucharon con atención. Algo de ella me perdí por pensar de nuevo en el dichoso momento de dar la paz a mi vecino de banco que ahora involucraba a los piojos. ¿Cómo hacer para estar a salvo de la invasión? ¿No acercarme demasiado? Inevitablemente si lo besaba, como suele hacerse en la celebración entre gente como uno, limpia y perfumada, alguno saltaría hacia mi cabeza. Darle la mano ya era algo sucio, pero acercarse a los piojos...
Mientras yo rumiaba sobre los piojos, el celebrante seguía hablando. El Popu es un cura mediático. Utiliza en sus sermones buenas figuras que llegan al corazón. Chirolita fue una de ellas.
Entre otros temas, predicó sobre la colecta destinada a Caritas que se realizaría el siguiente Domingo y lo hizo con lindura y sencillez pueblerina, tipo estocada al corazón de Mamerto (Menapace, mi hermano monje). Sacó de la galera dos personajes para ilustrar el tema: uno, el doctor de doble apellido que cree tener la salvación asegurada porque va siempre a Misa los domingos, porque comulga, porque aporta el diezmo, porque lleva el escapulario de Ntra. Sra. del Carmen, porque es lector de la Palabra, porque...
El otro personaje: Chirolita, el pobre. “Ese de quien —dijo el Popu— hay que hacerse amigo, porque en el juicio, en una de esas está junto al Señor y oportunamente, cuando le toca el turno al doctor de doble apellido, puede recordarle a Jesús ese sángüche y ese vaso de agua fresca que le dio una tardecita de verano, ...y salvarlo”.
Lo miré al Beto con más cariño. Como no conocía aún su nombre, lo llamé Chirolita para mi fuero interno y al momento de dar la paz apreté fuerte su mano e inicié el peligroso camino hacia su mejilla, bien que le pese a los piojos. Él, con dignidad de pobre, se escurrió del beso. No se si porque mi perfume importado de free shop de aeropuerto internacional le olía mal o porque no quería contagiarme los piojos. Prefiero pensar lo segundo. Lo primero estruja mi autoestima y la transforma en papilla para bebés. Si para el bendito del Señor huelo mal... ¿Para quién huelo bien...?
Y los dejo porque me está picando la cabeza. Me rasco y vuelvo.

Un cuento de Juan Carlos Sánchez


De: "Bajo la Piel"

martes, 9 de diciembre de 2008

El muerto



Ud. tendrá un funeral de lujo -le dijo.

Y el muerto sonrió.


De "En ocasiones de piedra"

Por Juan Carlos Sánchez


domingo, 7 de diciembre de 2008

La Clementina




“La Clementina ilumina
la callecita a su paso,
las flores de su cabello
huelen igual que en el campo.”

Teresa Parodi


Cuando escuché por primera vez la canción de Teresa no me dijo nada. Me gustó, pero nada más. Quedó allí.
Quedó allí hasta que conocí una Clementina.
Clementina era peluda, pequeña y suave como el Platero de Juan Ramón Jiménez; doméstica y poética.
Dura y esperanzada como un Pablo Apóstol ferviente y enamorado.
Callada y triste como un Cristo yerto.
Clementina era así. Como una espina, como una florecilla azul (la del verso de Teresa), como una roca, como agua que no queda, como viento, como nube.
Como una historia guardada, un silencio que grita, un dolor, una espera, una vida.
La Clementina que conocí era apenas adolescente y mamá, apenas mujer y niña, águila y polluelo, camino y descanso.
¿Cómo llenar una página con su historia tan breve y poco importante? Me resigno a un corto relato y arranco laxo con las palabras. No se que decir. Escribiré su vida como una rutina literaria, como un ejercicio más para rellenar un libro. No es importante ni novedosa, ocurre a la vuelta de cualquier esquina y a pocos le interesa.


Vino del campo a trabajar a la ciudad como sirvienta y consiguió buen conchabo. Una familia de profesionales con dos hijas pequeñas, cristianos de Misa dominical y generosos con los pobres y con la Iglesia la aceptó como una hija más. Trabajo y escuela, trabajo y catequesis y más trabajo era su rutina.
Conoció a Juan y se enamoró o se aferró a él, “algo de cada” como definió alguien sincréticamente. Se embarazó con placer e imprevisión y temiendo las consecuencias se lo contó a la patrona. Tuvo razón. La pusieron de patitas en la calle aduciendo el mal ejemplo a las niñas; que “eso no se hace”; que “el pecado se paga”, que “Dios castiga y no muestra la güasca” y que ya no serviría para el trabajo y que ellos no podían hacerse cargo de un bebé. Eso sí, le pagaron unos pesos de más por si los necesitaba y la anotaron en la Caritas parroquial por la ayuda futura.
La Clementina que conocí —como la de la canción de Teresa—, se encuentra en plazas y calles con Juan, se miman, se quieren, juegan con su bebé. Juan le regala flores silvestres —como en la canción de Teresa— y Clementina una sonrisa grande, un beso y una esperanza: esa berreante y siempre hambrienta que pone en los brazos del pibe-padre.
Sueñan.
Dentro de poco cuando sean mayores vivirán juntos en un rancho de paja y barro con techo de chapas de cartón y seguirán teniendo hijos. Recién entonces habrá bautizo y nombre cristiano para Juan Clemente Sosa, el hijo amado del Buen Dios que hace salir el sol para todos, hasta para los ex patrones de Clementina y para los escritores que economizamos palabras para contar su historia.

“La Clementina se enciente
como un farol en el campo
cuando se encuentra con Juan
y él le regala su ramo.

Y entonces sabe por que
se puede seguir soñando.
Se puede. Se puede.
Se puede. Se debe.
Se debe. Se debe.”


Teresa Parodi


Del Libro “Otros Relatos”

sábado, 22 de noviembre de 2008

Los viejos


(A la Hna. Josefina López CM)

“En ese anciano me miro,
en esa anciana me veo,
cruzo la línea del hambre,
cruzo la línea de fuego.
Ya nos quitaron futuro,
de la justicia ni hablemos,
no nos quedemos callados,
que no nos toquen los viejos.”

Teresa Parodi


— Son todos iguales —me dijo con rictus de asco—, sucios, malolientes, molestos. Que Dios me perdone, pero es injusto llegar a viejo así.
Lo miré sin comprender. Que una monja carmelita misionera se expresara de tal forma me pareció un sacrilegio y una incoherencia monstruosa. Si algún día la encontrase semidesnuda en un prostíbulo de Gualeguaychú me incomodaría menos.
— No podés negarlo —agregó—. Esto es asqueroso.
— Hermana —atiné a decir espantado—, hermana... ¿Hablas en serio?
Me miró haciéndome sentir un infradotado, aplazado en un test básico de incordura elemental.
— Seguro.
— Pero... —asumí mi tradicional papel de cristianucho instruido— ¿Y el Cristo que hay en ellos? ¿Y el amor? ¿Y el Evangelio? ¿Y tu vocación? ¿A dónde se fue todo eso? Los viejos... son... son... hay que darles mucho amor...
— ¡Dejate de macanas! ¡Soy una mujer! ¿O no, acaso?
De genio fuerte, manejaba las palabras como un garrote y las tiraba con gomera. Dura, de palo, era inaguantable cuando le brotaba el mal genio y eso ocurría demasiado a menudo para mi gusto. En esos momentos, deseaba estar lo más lejos posible de ella, del asilo de ancianos, del convento y de ser necesario de mí mismo, no sea que me tocara una perdigonada verbal.
Por supuesto no le contesté. Ella dio por terminada la cuestión con una mirada terrible sin apelación posible. Tomó unas vendas, un pote de crema, algunas jeringas descartables, medicamentos y no se cuántas porquerías más y salió al trote ligero rumbo a los cuartos de los ancianos.
— Vení —bramó—, dame una mano.
Cruzó el coqueto patio exuberante de flores y apuntó derecho hacia la habitación de un enfermo terminal de cáncer a quien tenía que inyectar y hacer curaciones. Titubeé. Era el cuarto más evitado del hogar al que casi nadie entraba. Claro... ¿A quién le gusta oler o ver eso que estaba en la cama...?
Entró casi de un salto y se plantó en medio de las dos camas, una vacía y la otra con el despojo moribundo. Sonrió. ¡Sí! ¡Sonrió! ¡La desgraciada sonrió! ¡Y de oreja a oreja! De la misma manera que lo hizo para la foto cuando visitó al Papa.
¡Sonrió...! ...Y habló cantarinamente, como si hubiese estado ensayando en el coro de la Catedral.
— ¿Cómo estás, viejito? —Empezó diciendo.
Siguieron muchas otras palabras, bromas, risas y más risas, mientras trabajaba las porquerías del enfermo.
De pronto se dio vuelta y me miró.
Yo estaba en la puerta, mitad dentro y mitad fuera, respirando apenas y con cara de mierda.
— Vos, que sabés tanta teología, vení, ayudame. Limpiale con gasa las babas al abuelo.
El abuelo no escuchó esas palabras. Fueron dichas para mí o, mejor dicho, para lo que quedaba de mí.
Me di vuelta y vomité.
Ha pasado mucho tiempo y todavía no se si fue de asco o de vergüenza.


De: "Bajo la piel" - Cuentos
Por Juan Carlos Sánchez

El Abbá, la Morada y el Acacio



Publico el capítulo 2 de mi libro del título.



2. La poda.

La sombra del acacio es algo pobre esta prima­vera, necesita de la poda para ser frondosa. Empero, sus largas varas llenas de hojas pequeñas que se ele­van muy por encima del techo de la casa proyectan una semi pe­numbra traslúcida y atrayente.

El viento inaugura una danza perezosa en el fo­llaje y, al igual que Elías, advierto en la suavidad de la brisa la presencia de Yahveh.

Elías subió al monte para encontrar a Yahveh. Vino un viento que desgajaba los árboles, pero Yahveh no estaba en el viento. Hubo un terre­moto, pero en él Yahveh no estaba. Luego vino el fuego, pero Yahveh tampoco estaba en el fuego. Cuando Elías sintió una suave brisa que lo acari­ciaba se cubrió el rostro con el manto porque allí estaba Yahveh. La presencia de Yahveh siempre es una caricia, un contacto suave y cálido, una tierna y amorosa presen­cia. (Cf. 1Re 19,11-13).

Miro las varas largas e imagino la cruz clavada entre macizos de flores en el patio trasero. Un lugar para detenerse y meditar y orar, para dejarnos po­seer por el misterio. Tendré que cortar las ramas del viejo acacio; heriré su forma y modificaré su copa. Será más pequeña durante algunos años pero crecerá renovada y será frondosa y fuerte.

Detengo la vista en la parra. Tiene, año más, año menos, la misma edad del acacio, unos treinta. También a ella le llegó el tiempo de la poda. Será el próximo in­vierno pues ya la savia corre ansiosa por sus ramas y dará pocos racimos de uvas pequeñas este verano; creció desordenada aunque sana. Nece­sita la poda. Si corto luego de la primera yema dará mucho fruto; si luego de la segunda, fruto y sombra; si luego de la ter­cera, sombra y muy pocas uvas; cu­brirá de hojas la can­cha y faltará el vino nuevo ese año.

Voy a hacer de podador este invierno. Po­daré la viña y el acacio. De este último sacaré la cruz que plan­taré en el patio y los sostenes del techo del quincho y los dos, acacio y vid seguirán creciendo y dando fruto y se­rán mejores cada año.
Me asocio a ti Padre, pienso. Voy a ejercer mi bendición, voy a dominar las cosas de la tierra, a modifi­carlas, porque heredo una bendición (Gen 1,28) y ese es mi destino, heredar una bendición. (1Pe 8,9b).
¿Padre, cuándo es el tiempo y cuál la forma de mi poda? ¿Qué deberé perder para dar fruto, para ser útil según tu medida?
Siempre será una herida que dolerá. Durante mi vida he valorado muchas cosas inútiles; por la poda aprenderé que no son importantes, pero dolerá. Quitaré de encima aquello que aprecio y que impide que tenga “vida en abundancia” como Tu quieres que tenga Padre, solamente por tu acción y tu Gracia será posible, yo solo soy incapaz de hacerlo, me re­sisto, me aferro a lo que nos aleja. Debo experimentar la pérdida de lo que no da fruto y confío en que Tu lo harás, (Jn. 15,2a.) para que dé más fruto. (Jn. 15,2b).

La perícopa de Juan de 15,2-3 utiliza un verbo griego cuya raíz designa a la vez, la poda y la pureza. Podemos leerlo de las dos maneras y mantiene su sen­tido: “...todo el que da fruto lo limpia (o lo poda) para que de más fruto...” y “...ustedes ya están lim­pios (o podados)...” y en la parra y las demás plantas sucede igual, podemos observarlo con claridad. Podar es lim­piar, purificar y es siempre traumático. Pese a todo tengo confianza en que el podador ejercerá su oficio con sabiduría y allí justamente, en esa con­fianza reside mi fe. Me abandono a Dios, me entrego en las manos de mi Abbá. Él me creó para que me plenifique, para que crezca y de fruto y hará todas las cosas “...para bien de los que le aman”. (Rm. 8,28)

Olvido la vid y vuelvo al acacio. Sacaré más de diez varas largas y duras que luego de un año de se­carse a la sombra serán casi imputrescibles. Dos, las más sóli­das, serán la cruz alta que clavaré en el patio trasero algo oculta de los simples curiosos que pa­san por la calle pero a disposición de los que entran, de los invita­dos.

Frente a ella cruzaré un tronco seco sobre las piedras lajas traídas de la sierra, de la cuesta de Al­tau­tina precisamente por donde pasó el Cura Bro­chero en su mula buscando árboles de quina y tiran­tes para la Casa de Ejercicios para sentarme no de­masiado cómodo y que me ayude a resistir la ten­tación de quedarme. Las Cruz invita a quedarse pero hay que partir.

A los pocos minutos de estar frente al signo de la vida y del escándalo uno comienza a sentir unas ganas íntimas, cálidas, de penetrar el misterio del Dios que se hizo hombre y que en ella murió y que luego resucitó. No por curiosidad para entenderlo, sino para interiori­zarlo en una acción de gracias sin fin. Al instante siento el deseo de orar, de conversar con quien me ama hasta el absurdo y a quien amo. Lo haré, pero lo justo. Lo ne­cesario para expresarle mi agradecimiento y para pe­dirle fuerzas para partir. Aunque la cruz me invite a quedarme, partiré.

Es durante esos minutos de contemplación en los cuales siento la brisa que contó Elías. Se que Yahveh está allí. Está en la cruz y en mí. Me siento pecado y Gracia, las dos cosas a la vez. Quiero pedir perdón por la cruz pero no conozco las palabras, me quedo en silen­cio. ¿Probaste?

¿Probaste de quedarte en silencio contigo mismo, buscándote adentro, en el lugar donde Yahveh quiso hacer su morada? (Jn 14,23) ¿Probaste de salirte de las inquietudes del mundo de afuera para conocer el de adentro, ese auténtica­mente tuyo?
Cuando lo hagas sentirás una voz serena y tranquilizante en tu oído diciéndote “Tú eres mi hijo amado en quien me complazco...”. Te sabrás acep­tado, amado, necesario para que el Padre celebre una fiesta por el hecho de estar contigo. Descubrirás que ya deja de importar cómo eres ni lo que tienes y que el Padre te ama porque Él quiere y tal como eres. Con tu pasado, con tus culpas, con tus pesadillas y tus horrores. El Padre te ama siempre en presente, siempre nuevo, siempre naciendo.
Enten­derás que no te pide nada a cam­bio salvo amor y Él te lo da para que se lo entregues de vuelta. Comprobarás que ni siquiera te exige expli­caciones. Ya te perdonó y está contigo. Calza tus pies desnudos, perfuma y viste tu cuerpo, adorna tus ma­nos con sus anillos y celebra con música y manjares tu presencia en su casa. (Lc. 15,11-32). Yahveh sabe de tu arrepentimiento sin necesidad de que se lo di­gas. Penetra en lo más profundo, escucha tu silencio, ve lo escondido.

Luego de un tiempo dejaré el patio trasero y la cruz, esa cruz. Tomaré la mía, que es el regalo más pre­cioso que me ha hecho mi Padre y saldré a cumplir con el Crucificado. Jesús me pide: “Si me amas, cum­ple mis mandamientos...”. Lo amo y tengo tres que cumplir, nada mas que tres, un número insignifi­cante. Me dice primero: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu cora­zón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas...”

Lo dice desde siempre, desde la eternidad, en el Deuteronomio: “Escucha Israel, el Señor Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...” (Dt 6,4ss.). No hay cambios, primero Dios, antes que nada Dios, solamente Dios. Parece que sólo me que­daré con Dios y me hacen falta tantas cosas... pero por esa escla­vitud de Dios a sus promesas y a su Pa­labra, todo lo demás será mío, todo me será dado por añadidura. (Sab 7,7-14).

Me dice después: “...Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes”. (Jn 14,34; 1Pe 1,22-23.25). Es el segundo manda­miento. No excluye a nadie con ese «ustedes»; lo dice para todos, para cualquiera que lo escuche, viva en el tiempo que viva, esté donde esté. No lo dijo, lo dice hoy. Lo está diciendo. Siempre la Palabra de Dios se pronun­cia ahora y para mí. Me dice que ame a mi prójimo.

¿Quién es mi prójimo? La parábola del buen sa­maritano (Lc 10,29-37) lo dice todo, no hay que expli­car nada, las parábolas no se explican.

Pero me cuesta aceptar que mi prójimo es aquél que me irrita contradiciéndome; el que robó en mi casa; el que atentó contra mi familia; el que tor­turó y mató desde la guerrilla o desde la dictadura.

Me cuesta aceptar que mi prójimo es ese desa­gradable borracho con olor a pobreza y vómito o aquél otro que está en la cárcel por violar una cria­tura o ese de ropa raída que duerme en una caja de cartón en la calle. Me cuesta aceptar que mi prójimo es ese enfermo que repugna o esa anciana que mues­tra la fragilidad de mi juventud. Prójimo es el pró­ximo, el que está cercano a mí, cerca del lugar que es­toy o por donde paso, o sea: todos, cualquiera, no tengo elección; me guste o no, me incomode o no, mi prójimo es ese otro.
Sin amor, todos los prójimos son insopor­ta­bles.

Pero todavía me dice algo más, un tercer man­damiento que tengo que cumplir si lo amo. Merece una introducción para entender su profundidad e impor­tancia. Jesús no quiere hacer de mí un privile­giado. No desea que me quede en la satisfacción de conocerlo, de amarlo. Quiere que lo comparta para que todos y cuando digo todos digo la creación en­tera, vivamos el Reino del Amor.

Por eso, como preámbulo para enunciar este ter­cer mandamiento, Jesús alude a la plenitud de su divini­dad. Dice: “Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra...”.

Los profetas hablaban en nombre de Yahveh y lo hacían saber invocándolo de distintas maneras. Decían: “Oráculo de mi Señor...” o “Yahveh me dijo...” o “Yahveh me habló en sueños...” y luego pronuncia­ban la Palabra que venía de Yahveh. Esa Palabra no les era propia, te­nía autoridad, venía de Dios.

Jesús invoca su propia autoridad, confiesa su di­vinidad, reconoce su poder, el que le dio el Padre pero que le pertenece porque ambos son una misma cosa; habla por sí mismo, lo más alto sobre la tierra, y dice: “...vayan y hagan que todos los pueblos sean mis dis­cípulos bautizándolos en el nombre del Pa­dre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mt. 28,18ss.)

O sea que tengo que partir amando a diestra y siniestra, arriba y abajo, dando testimonio de amor para que “...vean como se aman” y por eso crean, por­que «obras son amores y no buenas razones». Tengo que partir a comunicar la Palabra, a proclamar la Buena Noticia. No la puedo guardar para mi gozo y mi salva­ción porque no hay salvación para los egoístas ni hay gozo si no es en el Espíritu misionero del Señor. Tengo que partir porque la Cruz es dinámica, inquieta, celosa, abarcadora, excluyente...

Yahveh es un amante celoso y exige toda mi vida. No un poquito o un rato de tiempo libre de ocupaciones más importantes, sino todos y cada uno de los instantes de mi vida. Quiere que “velando o durmiendo esté siempre con Él”. Él me amó desde antes de los tiempos, desde que me pensó y amó a mi prójimo. Nos amó y nos ama tanto que quiere que habitemos en las moradas que nos tiene preparadas con nuestro nombre escrito en su portal.

Tengo que partir aunque deseo quedarme cómodo y satisfecho conmigo mismo, con la brisa y el lugar. Tengo que salir a buscar el rostro de Cristo, que no dejó nin­gún retrato ni escultura solamente para que lo encon­tremos en cada prójimo y en el espejo, cuando nos mi­ramos. Tengo que salir a buscar al dueño de ese rostro y traerlo hacia la cruz de ramas de acacio para escuchar así la voz del Padre que me susurra: “Tu eres mi hijo amado en quien me com­plazco”.

Este invierno podaré el acacio que quedará sin ramas. Plantaré la cruz y partiré. Vendrán luego una pri­mavera y un verano y habrá sombra, ahora es­pesa y corta. Seguramente las ramas ya no ensaya­rán esa danza elegante que ahora me admira, sino que será in­quieta y algo más ruidosa, de hojas jóve­nes y follaje an­sioso.
La cruz quedará plantada y vacía. Saldré a bus­car a Cristo en las calles, las fábricas, las escue­las, las iglesias para traerlo a la cruz.
La cruz está vacía y espera. No es el cuadro macabro de un agonizante clavado e inmóvil, sino la del Resucitado que anda entre nosotros; que come, que explica las Escrituras, que parte el pan (Lc 24,13-35. 41-43).
Es la cruz del triunfo; la del Dios que aceptó la poda para hacerse servidor, para estallar en brotes nue­vos, para crecer con un Cuerpo renovado.
Es la cruz de acacio luego de la poda. Ahora el árbol es más mistérico que nunca; ahora es madera vieja para una nueva primavera.

sábado, 18 de octubre de 2008

Bajo la piel


En homenaje a todas las madres, a las que sintieron la vida, a las que aman la vida, a las que no son madres pero se hacen mamás por amor.

A todas las mujeres que alguna vez acariciaron un niño.

A las que luchan por defenderlos de la muerte infame del aborto.

Mi respetuoso abrazo.

JC


Bajo la Piel

Un cuento de Juan Carlos Sánchez

La conocí apenas nacido, ¡bah!, es un decir.
En realidad, piel de la panza de mamá de por medio, la conocí bajo la piel; escuché su voz y sentí su cariño desde los primeros días de mi vida y mucho antes de nacer, no recuerdo desde cuánto exactamente, pero es irrelevante.
Ella me contó trozos de historia que compartimos y sus hermanas, hermano y amigas y papá la ratificaron. Nada anormal, nada diferente, simplemente una pequeña y cortita historia de amor, la de un bebé llorón que tuvo quien lo acune.

Mis primeros años fueron buenos a su lado, no tengo reproches.
Me mantenía limpio y bien alimentado, me enseñó a hacer la señal de la cruz, a rezar el padrenuestro y a leer antes de que me mandaran a la escuela. Mientras tanto y mientras yo iba creciendo, ella limpiaba la casa, cuidaba de la ropa, siempre impecable de papá y mía, cocinaba y siempre le quedaba tiempo para jugar conmigo o sacarme a pasear. Esos años fueron perfectos.

Estaba siempre dispuesta a alguna tarea extra, como cuidar de mis abuelos que eran viejitos o preparar la cena de fin de año en la casa-templo de la familia, que era por supuesto, la de los abuelos.
Yo sentía adoración por ella. Solía refugiarme en sus brazos ante cualquier contratiempo y ella me consolaba hasta que me calmaba o me dormía.
Confeccionó con la ayuda de una hermana costurera el primer disfraz que usé para un 25 de Mayo, un uniforme de granadero con espada de cartón e hizo que me sacaran una foto que aún anda por allí en la caja de recuerdos que siempre se dejan olvidados en cualquier hogar.
Cuando estrené el primer guardapolvo blanco con el que inicié mi vida escolar, lloró. Su corazón de maestra jubilada se sacudía estremeciéndole el pecho y derramó algunas lágrimas. Me acompañó hasta la puerta del Colegio y durante todo el año me llevó y me fue a buscar a la salida. Regresábamos a la casa charloteando y contándonos historias simples, jugando o recordando algún episodio familiar, algún cumpleaños o episodios comunes que a nadie interesan ahora pero que me gustaría poder revivir aunque sea en sueños.
Fue siempre una buena aliada y muy respetuosa de papá.

Papá era un hombre ocupado y muy trabajador que solamente disponía para mí de alguna hora a la siesta y otra por las noches y gran parte de los sábados y domingos. El resto de los días y horas era ella quien me atendía hasta los mínimos caprichos. Jamás me pegó pese a que papá le pidió que lo asistiera en disciplinarme y que si era necesario algún chirlo, no me lo negara, que era por mi bien.

Los primeros quince o dieciséis años de mi vida rondaron la suya y la suya giró alrededor de la mía. De pronto y casi sin darme cuenta comencé a dejar de verla. Comenzó a desaparecer paulatinamente, con resignación.
Coincidió con mis primeros amores con una rubia de ensueño, amores platónicos por cierto pero que me distrajeron de sus ausencias al principio ocasionales y cada vez más reiteradas que no me molestaron demasiado.
Yo buscaba nuevas experiencias, estaba aprendiendo a vivir según creía por entonces y comenzando a sentirme sabio en todo. Mi adolescencia fue turbulenta en amores y en ideales y ella prácticamente desapareció de mi vida. Bueno, papá y la familia también y prácticamente todo lo que no fueran los importantes asuntos que consumían mis horas. Nos reencontrábamos los fines de semana y charlábamos un rato.
Yo había terminado mis estudios secundarios y estaba en la universidad, aprendía a hacer política y a tocar la guitarra y obtuve mi primer trabajo serio.
Me casé y ella lloró casi tanto como cuando me separé poco tiempo después. Volvió a llorar con alegría cuando volví a hacer yunta y nacieron los hijos.
La veía diariamente visitando la casa paterna. Pero Bajo la piel sentía la sensación de que por haber madurado o crecido, que no es lo mismo, la había superado. Ella era el pasado, un pasado bello pero recuerdo al fin.

Pasaron los años y papá enfermó y finalmente murió.
Por mi dolor no observé el de ella que estaba presente y firme y me limité a mostrar dureza, a esconder las lágrimas. La visitaba todos los días un rato por la noche más que por estar, por gozar de su sonrisa, de su voz cristalina y fuerte, de su alborozo. Siempre fue inquieta, provocadoramente movediza y lo seguía siendo pese a los años.

Envejeció y un día consideré conveniente llevarla a vivir conmigo, con mi familia, con los chicos.
Bajo la piel, despacito, volví a sentir esa rara sensación de complicidad, de seguridad, algo inexplicable. Me regocijaba verla todos los días y a todas horas.
Lentamente se fue acercando a la muerte. Yo sabía que debía ocurrir pero no me lo consentía. Ella oraba, oraba a toda hora. Estoy absolutamente seguro de deberle mucho de lo que soy o pueda ser a su oración.
Buscaba llamar la atención, quería mimos, ser tenida en cuenta más allá de sus limitaciones.
Un día murió.
Sin molestar, sola y desnuda bajo la sábana anónima de la terapia intensiva. Horas antes, cuando la visité y los médicos consideraban que ya podía ser trasladada a la sala, pregunté la razón por la cual le habían desconectado los cables del monitoreo cardíaco. “No hacen falta, está bien”, me dijeron, “además —agregaron— los manoseaba y cuando le preguntamos qué estaba haciendo, nos respondió que rezando el Rosario...”
Pero se murió.

Cuando retiré del cadáver aún tibio el anillo de matrimonio que papá le entregó frente al altar 57 años atrás y que jamás se quitó, sentí bajo la piel la sensación de que estaba tocando un sacramento.
Fueron uno, son Uno, me dije para mí mismo.
Puse los dos anillos juntos, el de ella y el de papá en una pequeña caja de cerámica. Debía ser así.
Y enterré a mamá.


*****

No puedo abordar este relato sin lágrimas, lágrimas de una ternura infinita.
Lágrimas de soledad aunque esté rodeado de vida, vidas para quienes soy ahora el tronco y no me queda otro donde apoyarme.
Aprendí de esa anciana tanto... Y después de su muerte sigo aprendiendo.
Bajo la piel siento su presencia y la de papá y la de todos aquellos que son mi mos maiorum, mi pasado que fue como debe ser mi futuro y el futuro de esas vidas, mis hijos, su trascendencia aquí a quienes espera con amor en su trascendencia de Allá.
Aprendí que no hay amor más grande que dar vida y cuidarla.
Que entregar todo hasta quedar desnuda, hasta morir desnuda, por todo adorno solamente el sacramento del amor, el anillo nupcial, significado de entrega al que fue fiel siempre y para siempre.
Entendí que tengo que transmitir de alguna forma esa enseñanza, involucrar a mis hijos en la entrega, en el desprendimiento, en defender la vida, en el cuidado escrupuloso de la familia, en la oración como vocación relacional para vencer la muerte, en el amor.
Porque no es la sangre lo único que nos transmiten nuestros viejos sino valores, conductas, formas de vivir la vida, sentimientos que bajo la piel son los motivos para vivirla. Que sin esas sensaciones íntimas, el invierno se apodera de las flores y no habrá frutos la siguiente primavera. Que no habrá gozo ni esperanza.


Mamá murió el 1º de Mayo de este año 2004. Me cuesta el punto final, lo demoro como si me estuviera desprendiendo de algo propio a sabiendas que nunca fue mío sino de quienes lo habrían de leer.
Es que estoy despidiendo la intimidad que tuvimos. Le leí algunos cuentos en las tardes de invierno y gozó con ellos, opinó y corregí más de un párrafo según su consejo.
No puedo dedicarle este libro como hice con otro anterior cuando cumplió 90 años, cinco atrás. Ya no está sola, está en el Amor al que amó por sobre todo y con quien amó sobre todos los hombres, su esposo, mi padre; fueron uno, ahora son UNO.
Se lo entrego a ellos dos, soy su obra, este libro también es su obra.

Del libro "Bajo la Piel"
E-mail del autor zschez@yahoo.com.ar
Imagen: Paul Cézanne - Vieja Rezando